miércoles, 20 de febrero de 2013

ENTRE GALLOS Y YACARÉ



¿Hasta dónde puede llegar la picardía de los empresarios artísticos de Salta? En los años setenta, dos ejemplos que resultaron un clásico y, que hoy, pasado el tiempo se los puede recordar inclusive con humor, en tantas conversas, asado de por medio, o en algunas piezas musicales que los recuerdan… Dos actores sociales, Cristóbal Capó el famoso “Doctor Chalita” y Américo Sosa, ninguno quiso perder la oportunidad de hacerse un dinerillo a costa del público.


En los primeros tramos de la Salta setentera, término nuevo si los hay, se acomodaba el Politeama Park, en el predio municipal enfrentado al estadio del Club Juventud Antoniana. Allí desparramaba su calesita de tachos de 200 litros partidos por la mitad, la tumba-lata, las cogotudas botellas y sus esquivas argollas, la lotería y un pequeño escenario donde se ofrecían espectáculos artísticos de poca monta y el número especial de la noche: “El Consultorio del Doctor Chalita” donde Capó atendía problemas del corazón, no desde el punto de vista de la Cardiología, sino de desengaños y males de amores. Era muy popular y cada vez que venía a nuestra ciudad, su parque se llenaba de parroquianos en busca de diversión y esparcimiento colectivo. Los mozos iban a “tirar el anzuelo” a ver si “enganchaban algo” y las buenas mozas iban a mostrarse en risueños y divertidos grupos con similares intensiones; también iban los matrimonios y  las familias en general. Había mucha confianza en “Chalita” y, en esa Salta pequeña donde todos se conocían, no había tantos problemas de seguridad ni defraudaciones como en nuestro triste presente; pero como decía mi abuela Coya: “ojo al piojo”, por ahí a alguno “se le salía la cadena”, (esto último lo digo yo).

  
 Un día cualquiera, “Chalita” anunció que en horas de la noche, en su Politeama Park, actuarían nada más ni nada menos que los populares y queridos Cantores del Alba. La noticia corrió como reguero de pólvora: “-Che, ¿vas a ir a ver a Los Cantores del Alba?” “-¡Claro, no me los pierdo por nada del mundo!” El boca a boca fue interminable. Toda Salta se presentaba en el predio del Doctor Chalita. Solo en una oportunidad se había visto algo así, cuando vino el cantante de tangos Hugo Del Carril, y en las puertas de la Sociedad Española se había llenado de gauchos a caballo y paisanas en ancas, atraídos por las mal interpretadas propagandas de la “L.V.9 Radio Güemes” que según ellos decían: “Esta noche canta UNO DE EL CARRIL”.


 Chalita transpiraba la “gota gorda”. No había tenido en cuenta el alcance de su “chicana” en busca de clientes. El tenía preparada una tonta broma; pero la cosa había llegado a mayores. La cantidad de público desbordaba sus expectativas. Las once de la noche y nada. La gente comenzaba a impacientarse. “-¡Que salgan Los Cantores del Alba!” gritaban. En una de esas Chalita se anima y sale al escenario e informa: “-Están un poco retrasados. Tengan la amabilidad de esperar”. La medianoche y nada. Los gritos no se hicieron esperar. Los ánimos estaban caldeados, cuando a no se que hora de la madrugada, Chalita presenta cuatro gallos paraguayos, medio asustados por la presencia del público intolerable…

-Damas y caballeros… ¡Los “Cantores del Alba”!

El alba encontró a un Chalita con el parque destrozado y toda una sociedad en su contra, defraudada, malhumorada… pero Salta sabía perdonar. Hacia 1974 Chalita vuelve con un espectáculo nuevo, un grupo de enanos llamados “liliputienses” por mantener la armonía corporal pero que no llegaban al metro de altura. Los mismos manejaban una Estanciera Jeep I.K.A. con pedales de freno, embrague y acelerador adaptados “largos” y asientos especiales para que sus pequeños conductores lo hagan sin problemas. Ya nadie hablaba de aquellos gallos cantores del alba.

Hacia 1978 se presentaba en nuestra ciudad toda la troupe que encabezaba el famoso yacaré correntino “Margarito Tereré” y la cantante Jovita Díaz, y compuesta por Misia Petaca, el Mono Capote, Doña Dulzura, el pato Corbatacuá y Alfajor. El productor de este espectáculo era el músico Waldo Belloso y su representante en Salta, el empresario y entrenador de fútbol Bruno Iezzi.


Aprovechando la oportunidad de que el espectáculo se montaba en la ciudad capital, otro empresario del medio, Américo Sosa, ni lerdo ni perezoso, arguyó la idea de presentar un falso espectáculo, con personajes “truchos” en la ciudad de General Güemes. Para lograr que el público en general concurra a su espectáculo, realizó publicidad por intermedio de la radio A.M. “Libertador General San Martín” de Ledesma (Jujuy) y por medio de bocinas altoparlantes de publicidad callejera en la propia ciudad de Güemes, pensando que en Salta esta novedad no trascendería. Pero ocurrió lo peor.

Bruno Iezzi radicó una exposición en la comisaría de Güemes y, al mismo tiempo, se comunicó con Belloso –apoderado del grupo Margarito Tereré y su espectáculo- para que realice la denuncia correspondiente ante la Policía Federal Argentina en Buenos Aires, donde el grupo había regresado para seguir actuando y cumplir compromisos firmados con la televisión argentina. Iezzi, que a la postre era representante legal para Salta y provincias del norte del país, se había llegado hasta la redacción del diario El Tribuno para terminar de incinerarlo al audaz Américo Sosa, manifestando que venía a “poner en conocimiento de la opinión pública que el grupo que se presentó en la ciudad de General Güemes el día 9 de noviembre no es el de Margarito Tereré, sino un compuesto por disfrazados que emularon a todos los personajes”. Asimismo agregaba que las autoridades policiales se encontraban investigando por constituirse en una estafa al público “y, en especial, a los niños que asistieron en buen número al espectáculo”. Contó que el empresario Sosa había disfrazado a su esposa, una cuñada y otros familiares para concretar la ilegal presentación. Que también el señor Sosa había anunciado la presencia de Jovita Díaz, pero le dijo al público que no pudo llegar al escenario por haber sufrido una lesión en una mano.

Por otra parte el señor Bruno Iezzi aclaró que tanto los empresarios responsables como los integrantes reales del conjunto que dirige Margarito Tereré “desconocían las maniobras de los inescrupulosos anoticiándose del accionar de los mismos a través de informes recibidos en la víspera”.

Al día siguiente había un infierno entre Salta y General Güemes. La noticia se paseaba oronda por Buenos Aires. El conocido músico argentino Waldo Belloso, junto con Zulema Alcayaga, creadores del espectáculo: “Jovita Díaz y las Aventuras de Margarito Tereré”, visitaron la agencia de El Tribuno en Buenos Aires, afirmando que el representante en el Norte del país era Bruno Iezzi y que había iniciado acciones legales en contra de Sosa por su acción deshonesta e ilegal, tendientes a resarcir daños y perjuicios y sancionar a quien a defraudado la buena fe del espectador.
Waldo Belloso

Los gallos del Dr. Chalita y el yacaré trucho de Sosa son imágenes típicas de la picardía local. Siempre resultó difícil “vender buzones” en Salta, tal vez por que aquí “no se comen vidrios”. Ahí andan los recuerdos salteños meta “kikirikis” y “¡Chaaaqueeee! ¡No me pisen la cola!”

domingo, 17 de febrero de 2013

LANÚS RESA



Llego como siempre a Buenos Aires con esa sensación de ruidos sordos, pisadas en silencio y montañas de cemento acechando al sol que al fin, quedará atrapado en alguna piscina de un escondido y distinguido pent house. Me encanta perderme en el mundo de los subtes; pero esta vez no cederé a esa experiencia. Me acerco a la parada del colectivo que me llevará a Lanús desde la plaza Miserere, que no es otra que la plaza Once (de Setiembre) y que bien podría haberse llamado Rivadavia; aunque por las curvilíneas y fusiladas muchachas de ébano que pululan por sus veredas y fuente, podría llamarse plaza dominicana. En fin, después de evocar a tanguito en la “Perla” me zambullo en el micro con mis únicas monedas que, no sé por qué, escasean y me voy para Remedios de Escalada.


Creo que la avenida Irigoyen es “La Avenida” en Lanús Oeste y ahí, precisamente en un shop de una estación de servicio, me viene a buscar algo dormido, el escritor Pablo Resa. La sombra de los plátanos nos traga en una calle de casas antiguas y veredas de viejos y desprolijos mosaicos. 


En pocas cuadras nos ponemos al tanto de todo el anecdotario de la literatura argentina, me refiero a nosotros, a los poetas vivos que habla Whitman, que aun andamos aprendiendo y que tratamos de crecer día a día. Resa es muy querido y mejor conocido en su barrio. En una panadería, después de las presentaciones con tantas honras hacia mi persona por parte del poeta, nos vamos con tortillas y biscochos para el infaltable mate que nos sumergirá en lo que yo llamo: “El Taller de Pablo Resa”, pues enriquece tanto una charla con el mismo que es como un curso acelerado de poesía y escritura. Claro, este loco marplatense tiene medio Sudamérica visitada y casi toda la República Argentina conociendo escritores, escritoras y poetas en todos los encuentros habidos y por haber.


 Su casa es de principios del siglo XX, con altas puertas con postigos de madera, un patio interno con murales pintados por Noelia Ferradas con mares turbulentos y un faro en medio de la noche azul. Dos excelentes bicicletas para largos recorridos con alforjas, cañas de pescar, macetas con plantas desconocidas, reposeras blancas y mesas con pinturas para otra pared que espera.

 
-“¡Pasá!” Me invita abriendo una puerta dentro del patio. Ingreso en una habitación llena de testimonios de sus premios literarios, estatuillas de sus viajes por Chile, instrumentos musicales de los pueblos primitivos, un placard y una cama preparada para mi estadía. Dejo mi bolso e ingreso a un living comedor con muebles y sillones Luis XV y un enorme espejo biselado donde se reflejaba su gran biblioteca alimentada durante años y años de lectura. De los estantes me miran Cortázar, Neruda con su mujer caminando en la playa, y otras fotografías de consagrados poetas muertos que resultan imposibles desconocerlos en nuestro camino de las letras. Los libros de Fijman, Pizarnic y otros emblemas de las metáforas inalcanzables.


Mate de por medio, Resa de Lanús, comienza el ritual de deshacerse de sus cosas y regalar presentes tras presentes: libros, estatuillas, fotografías, lapiceras, etc., etc., etc., Resa de Lanús no me deja gastar ni en el almuerzo ni en las otras comidas del día. No mezquina conversación, conocimiento, dinero, ni cariño de hermano. Me presta su SUBE para que no ande nervioso buscando monedas para moverme. Lanús Resa. ¡Que buena gente carajo! Y yo debiendo favores a Marina Kohon en Bahía, a Gonzalo Zurano en Haedo, a Alberto Feldman en la Capital. Las horas de atenciones que le debo a Aldo Luis Novelli que se vino a Salta, justo cuando andaba a full con las cuestiones del encuentro “Salta Nuestra Cultura”. 


Nos despedimos una tarde de lluvia de diciembre. Lanús Resa iba a realizar su trabajo de fin de clases en su carrera de Psicología Social; yo a tomar el micro que me traería a Salta. La amistad ya estaba sellada hace tiempo.



El recuerdo de Quebracho.


viernes, 15 de febrero de 2013

EL LOCO WILDE de José Palermo Riviello*




 Había en Salta un personaje excéntrico, de raro carácter, que tomaba la vida en broma. Lo llamaban el “loco Wilde”. Yo no recuerdo su nombre pero sé que este humorístico salteño pertenecía a la rancia sociedad y se decía que era ilustrado. El mismo caso que el de Honorato Oliva, que también tenía fama de “loco” porque en invierno vestía traje de seda espumilla y “panamá”; y cuando llovía se daba duchas en la calle con traje y todo, bajo los chorros de agua que desagotaban los techos por las características canaletas de lata del XIX, hasta la calzada, que aún existen en las antiguas casas de Salta.


 Wilde se titulaba “Presidente del Club de los Muertos” y los asociados de esta curiosa institución eran todos los que habían sido dados por muertos en los periódicos, o los que figuraban equivocadamente en las listas de las víctimas del cólera, sin que por supuesto ni unos ni otros hubieran dejado de existir.

El Club celebraba anualmente el aniversario de la “muerte periodística” de sus componentes y éstos brindaban alegremente con el célebre “bitter” Zapana recordando al “Tenorio” de Zorrilla: “Los muertos que vos matáis, gozan de buena salud”.

Se cuentan tantas cosas curiosas de la extravagante modalidad del mencionado Wilde que, entre otras travesuras, se dice que un día se puso en traje de Adán y se colocó en el torno del Monasterio de las Carmelitas. Luego llamó, tirando de la campanilla.

Las monjas dan vuelta al torno con el espanto consiguiente, atinando solo a echar a vuelo las campanas pidiendo auxilio.


La policía detuvo al “loco” y después de unos días de arresto, lo puso en libertad.

Wilde, por sus continuas travesuras, era citado con frecuencia a la comisaría, y un inesperado día, cuando nada tenía que hacer la policía con él, se presenta a la jefatura con dos carros cargados con sus muebles, manifestándole al jefe que había resuelto instalarse permanentemente allí para “ejemplarizar a los locos comisarios de obsesión wildeana” en las sistemáticas citaciones y arrestos de que era víctima…


Requisando los recuerdos de mi memoria, en la rebusca encontré el nombre de Wilde y no creo equivocarme que era Wenceslao, que fuera por muchos años profesor del Colegio Nacional y hermano del ministro y literato, Eduardo Wilde, en la presidencia del general Roca…
 (De reminiscencias salteñas)



*        José Palermo Riviello. 1882-1958. Nacido en Salta y radicado en Buenos Aires a partir de 1921, publicó en prosa los libros: “Firmas Ajenas”, “Filípicas Argentinas”, “Pueblos y Religiones” y “Reminiscencias Salteñas” (1935). Es además autor de “El Defensor Jurídico” y otros trabajos de esa especialidad.

FUENTE:
*        El presente trabajo fue extraído de “Cuatro Siglos de la Literatura Salteña 1582-1981” Volumen I, 2da. edición, pp. 190/91 del poeta y escritor Walter Adet, Ediciones del Robledal. Salta-2007.


miércoles, 13 de febrero de 2013


¿QUE PASÓ EL 13 DE FEBRERO DE 1813?



Hay mucha confusión con respecto a lo que pasó en aquella jornada. Algunos hablan de que hubo un juramento de obediencia a la Asamblea General Constituyente y Soberana del año 1813 y no a la Bandera de Belgrano; pero ¿qué hay de cierto en esto? Veamos…


El general, luego presidente e historiador Bartolomé Mitre al respecto realiza una crítica escribiendo que “tres contemporáneos, y dos de ellos actores en esta escena, han dado distintos significados a este acto, sin que hasta ahora nadie se haya tomado el trabajo de ilustrar este punto tan dudoso. Según el coronel José Arenales en sus Noticias Históricas sobre el Chaco (pág.67), este juramento fue la solemne declaración de la independencia hecha por el ejército. Según el general Paz en sus Memorias Póstumas (tomo 1, pág. 72), lo que se juró en ese día fue la bandera que se les presentó y añade que así lo entendieron sus compañeros. Según el coronel Lugones en sus Recuerdos Históricos (pág.34) considera que aquel acto fue simplemente la inauguración de la bandera azul y blanca… … para aumentar las dudas -sigue Mitre- que había respecto del significado del juramento en el río Pasaje, el senador de la Confederación Argentina don Marcos Paz, con motivo de una moción que presentó al Congreso, dijo que él, (esta ceremonia), importó nada menos que la declaración de un acto de verdadera independencia, lo que es cierto en cuanto a la bandera; pero que no lo es que ese fuera el objeto principal del acto. Los documentos con que apoyaba su aserto el señor Marcos Paz los publicó en el Nacional Argentino del 2 de Setiembre de 1857, tomándolos de la Gaceta Ministerial de 1813; pero desgraciadamente no se fijó que el documento principal que se publicó en el núm. 48 de la mencionada Gaceta, salió trunco por un error de imprenta, hallándose la rectificación de este error en el núm. 57 de la misma, a petición de Belgrano. La causa de estas contradicciones –dice Mitre- es no haberse publicado hasta ahora el oficio en que el Gobierno prescribía la forma en que debía hacerse el juramento a la Asamblea, y que es de fecha 1° de Febrero de 1813. En él se le decía: que se sujetase a las fórmulas de los juramentos que se acostumbra a tomar a los reclutas, lo mismo que se ordenó con igual fecha a Sarratea, jefe del ejército de la Banda Oriental. Así, pues, lo que se juró en este día, fue la Asamblea General, con la fórmula del juramento de banderas, aprovechando Belgrano esta oportunidad, para enarbolar nuevamente el pabellón celeste y blanco, que había prometido no volver a desplegar sino después de una gran victoria, y en víspera de otra”.



Claro, en realidad el juramento tenía que realizarse a la Asamblea General Constituyente; pero el general Belgrano que en esos días se encontraba vadeando el río Pasaje, siendo autorizado por fin a utilizar la bandera azul celeste y blanca, realizó un doble juramento lleno de júbilo por poder cumplir su ansiado sueño de la bandera de su creación. Ese 13 de febrero de 1813 bautiza por tercera y última vez al histórico río que nació llamándose Salado, para ser rebautizado como Pasaje, por la existencia del paso que existía en el lugar de los hechos que nos ocupan y ahora Juramento. No solo a la Asamblea, sino como muchos apuntan a la que a la postre será nuestra enseña patria. Veamos como fue el acto…

Las tropas de Belgrano cruzaron desde la banda sur a la norte del río Pasaje, entre los días 9, 10 y 11. No fue una tarea fácil a pesar del paso existente, pues recordemos que en febrero aun son fuertes las lluvias en esta región y que el río venía crecido por los aportes de sus afluentes que venían desde el valle Calchaquí y el de Lerma, en la región de las Sierras Subandinas.



El 13 de febrero el ejército formó un gran cuadro en la orilla norte del río. Belgrano pasa revista a sus hombres y luego, en el centro de la formación, con una breve arenga, les comunica las razones del acto. Manda a leer en voz alta la circular del gobierno declarando la supremacía de la Asamblea General y ordenando que todos le jurasen obediencia. Posteriormente se presenta el coronel Eustaquio Díaz Vélez, mayor general del ejército, trayendo al compás de la banda de música, escoltada por una compañía de Granaderos, una bandera azul y blanca. Era la misma bandera que había enarbolado en Rosario en 1811 y que había bendecido en Jujuy en 1812 y que había tenido que arriar por orden del gobierno que dispuso que la guarde para cuando ocurra una gran victoria. La victoria ya había tenido lugar, por lo que esta vez, con la seguridad de que ya no le prohibirían su uso en las batallas, aprovechó la oportunidad para jurar a la Asamblea y a la bandera bicolor al mismo tiempo.

Entonces debemos recordar que si hubo juramento a la Asamblea General Constituyente; pero al mismo tiempo hubo un juramento a la bandera también. ¿Y cómo fue esto? De la siguiente manera…

El general, desenvainando su espada, dirigió a sus hombres formados las siguientes palabras, señalando la bandera: “Este será el color de la nueva divisa con que marcharán al combate los defensores de la Patria”. Acto seguido prestó, en presencia de las tropas el juramento de obediencia a la Soberana Asamblea para luego tomarlo individualmente a los jefes de cuerpo; interrogó nuevamente a las tropas con las fórmulas prescriptas por el gobierno y tres mil voces respondieron a coro: ¡Sí, juro!

La fórmula dispuesta podría haber sido más o menos formulada de la siguiente manera: “Formación 13 de febrero de 1813. ¿Juráis por Dios y los Santos Evangelios, obedecer y respetar fielmente, aún a costa de la propia vida, las órdenes y disposiciones emanadas por la Asamblea General Constituyente reunida en la ciudad de Buenos Aires?”

Seguidamente, colocando su espada en forma perpendicular al asta de la bandera, entonces desfilaron sucesivamente todos los soldados y besaron uno a uno esa cruz militar, sellando con un beso el juramento que acababan de prestar, en las propias palabras de Bartolomé Mitre. Concluido el acto, se grabó en un árbol gigantesco esta inscripción: “Río del Juramento” .

El general, al dar cuenta al gobierno de este solemne acto, informa: “Todos se felicitan por considerarse revestidos con el carácter de hombres libres, y las más ardientes protestas de morir antes de volver a ser esclavos, han sido las expresiones con que han celebrado tan feliz nueva, y que deben afianzar las esperanzas de cimentar muy en breve el gran edificio de nuestra libertad civil”.

Esa misma tarde el ejército siguió su marcha silenciosa a Salta, en busca del triunfo del día 20. Quedaban 26 leguas y el enemigo no lo había sentido todavía.




FUENTE:
MITRE, Bartolomé. “El Juramento de la Bandera. Capítulo XXI. Salta. 1813”. pp.166 a 168 en HISTORIA DE BELGRANO Y DE LA INDEPENDENCIA ARGENTINA. Tomo 2. Ed. Félix Lajouane. Buenos Aires. 1887.