Era el año 2006, cuando cercana ya la conmemoración de un nuevo aniversario de la Policía de Salta y, encontrándome involucrado en la organización de la muestra anual de elementos policiales en las galerías del patio “J. M. Quiroz” del edificio central, llegó a mis manos un viejo “Cuaderno 1810”, tapa dura, de 32 hojas rayadas y amarillas por el tiempo.
Al hojearlo, supe que era una especie de hoja de ruta, llevada a cabo a mediados del año 1953, por el entonces Cabo de Policía, don Atilio Ontiveros quien, en un raid en bicicleta, había unido la ciudad de Salta con la localidad de Santa Victoria Oeste, en memoria de la ex primera dama, doña Eva Duarte de Perón, quien había fallecido un año antes, el 26 de julio de 1952.
Este fue el primer artículo publicado en el Rotativo Policial, dentro de una serie que denominé: Cuaderno 1810. Artículos que continuaré publicando en Salta, Nuestra Cultura.
Las Palabras del Jefe de Policía
En la primera hora y fechado en Salta, el 16 de julio de 1953, el entonces Jefe de Policía, don Herman Díaz Pérez, escribe bajo el título: “Homenaje a la Memoria de la Jefa Espiritual de la Nación: Señora Eva Perón” lo siguiente: “Dado los loables propósitos que han inducido al Cabo Atilio Ontiveros, perteneciente a esta Repartición, el de realizar un raid en bicicleta desde la ciudad de Salta hasta la localidad de Santa Victoria, es altamente satisfactorio para el suscripto, exhortar al raidista a no flaquear en su empresa, ya que su acción personal al verse coronada por el éxito ha de prestigiar a los hombres de la Policía de Salta, que como él, saben forjar un propósito y poner para ello, su voluntad y corazón, tendiente a cristalizar el mismo”.
El Partido Peronista
Por su parte, el Interventor del Partido Peronista de Salta, don Guillermo S. Manzione, escribe: “Esta Intervención Partidaria felicita al Cabo de Policía don Atilio Ontiveros, por la noble iniciativa de rendir el homenaje del esforzado raid en bicicleta en memoria de Eva Perón, Jefa Espiritual de la Nación, demostrativa del hondo fervor partidario que anima al autor y su gran amor por la ilustre Mártir del Trabajo y Luz de los Humildes y Desamparados de la Patria. Con el íntimo deseo de que el loable gesto sea coronado por el mayor éxito, se le extiende esta constancia a los diez y seis días del mes de julio de mil novecientos cincuenta y tres”.
El Raid
Desde la entonces Comisaría de Vaqueros, con fecha 17 de julio de 1953, el Comisario Titular de la dependencia don Gregorio R. Jurado Nafle, le certifica que en ese día, siendo las horas 10,20 pasó el Cabo de Policía “de la Capital - Salta” don Atilio Ontiveros.
A la Comisaría Departamental de El Carmen, provincia de Jujuy, arriba a horas 15,20 del mismo día; continuando viaje a la Seccional Primera de San Salvador de Jujuy, a la que llega a horas 18,30.
Al pueblo de Yala arriba a las 10,10 del día 18 de julio, a León a las 11,00. El mismo día pasa por los pueblos de Volcán, Tumbaya, Maimará y Tilcara.
El día 19 -a las 08,20- arriba a Huacalera y sigue hasta Humahuaca donde llega a horas 12,00.
El día 20 –a horas 10,10- arriba a Tres Cruces. Más tarde en Abra Pampa, departamento de Cochinoca, Jujuy, los colegas de la Comisaría Departamental lo felicitan y entusiasman para que continúe con su empresa, dejando constancia que pasó por el lugar a horas 13,00. A horas 15,45 pasa por la Subcomisaria de Puesto del Marqués (Jujuy), posteriormente por la de Pumahuasi, hasta llegar a la Comisaría Departamental de La Quiaca, donde pasa la fría noche de invierno del altiplano argentino – boliviano con temperaturas bajo cero.
El día 21 de julio pernocta en La Quiaca, donde es homenajeado por el Intendente Municipal don Luis Wayar.
El 22, tras su paso por la localidad, recibe las felicitaciones del Jefe del Grupo “Yavi” de Gendarmería Nacional, Ayte. 5º (legajo nº 10.206) don Francisco Romero. Lo mismo ocurre cuando pasa por el “Puesto Lajas” de G.N., donde el Jefe, Dámaso Degón lo recibe y felicita. Después, a horas 19,00 llega a la Subcomisaria de Lizoite, ya en nuestra provincia, donde es recibido por el Subcomisario Salvador D. Casasola “y personal felicitan a su colega por su esmerado esfuerzo de unir Salta con nuestro lejano pueblo de Santa Victoria, en homenaje a los líderes de la Patria Eva Perón y Juan D. Perón”.
La Meta
A Santa Victoria arriba el 23 de julio de 1953 a horas 13,15 donde es recibido por la comunidad y, como autoridad local, el Receptor de Rentas Aduaneras, don Julio C. Aparicio, quien expresa a Ontiveros que “por esta hazaña, reciba su autor mis emotivas felicitaciones, siendo digno destacar el gesto de este hijo de Santa Victoria, por ello, me permito recomendar a la consideración de las autoridades superiores, porque ha sabido cumplir con abnegación su propósito, venciendo todas las dificultades del terreno y coronando con el éxito su empresa, ayudado en los momentos más apremiantes por la exhortación que le hiciera su Jefe”.
Por su parte, el Comisario Rafael Aparicio, Jefe de la Comisaría Departamental de Santa Victoria, expresa entre otros conceptos, que “…nuestro colega, venciendo toda clase de inconvenientes, en el recorrido de tan largo y penoso camino, unió la ciudad de Salta, con su viaje a este lejano y olvidado departamento, llegando así en su bicicleta”.
De Regreso a Salta
Al regresar a nuestra ciudad, todas las autoridades locales lo felicitan por escrito. Entre ellos el Vice Gobernador, don Jesús Méndez le expresa: “Valoro en toda su magnitud el esfuerzo realizado por el compañero Atilio Ontiveros y la exquisita sensibilidad peronista puesta de manifiesto al rendir tan justo homenaje a la Jefa Espiritual de la Nación, Señora Eva Perón. Al reiterar mis sinceras felicitaciones me permito recomendarlo a la reconsideración de sus superiores y señalarlo como un digno ejemplo para sus compañeros”.
También el Gobernador, Dr. Ricardo Joaquín Durand, escribe: “Que el fervor peronista puesto de manifiesto en este raid se mantenga siempre en el cumplimiento del deber, única forma de consolidar la causa de los humildes por la cual diera su vida Eva Perón”.
La Prensa
La prensa salteña no fue ajena a este hecho. El Diario El Tribuno siguió de cerca el derrotero del Cabo Atilio Ontiveros, con titulares como los siguientes: “En Homenaje a Eva Perón se Inicia Hoy el Raid hasta Santa Victoria”; “Unirá Salta con Santa Victoria en Bicicleta en Honor a Evita”; “El Recorrido que hará el Raidista Atilio Ontiveros”; “Llegó a La Quiaca el Raidista A. Ontiveros”; “Visitó El Tribuno Ayer el Raidista Atilio Ontiveros”.
El Policía
Es obvio pensar rápidamente que el Cabo don Atilio Ontiveros le fue fácil esta aventura deportiva; que contaba con buenas relaciones institucionales y políticas que le allanaron el camino para dejar de lado el servicio y poder lograr su cometido, pero en realidad no fue así.
La misma prensa se encarga de aclarar esto, cuando publica que “El ciudadano Atilio Ontiveros, domiciliado en calle Gorriti 56 de esta ciudad…” “…es Cabo de la Policía de Salta, desempeñando sus funciones en la Seccional Tercera y ha pedido licencia para poder cumplir con este dictado de su corazón…”
Este raid en bicicleta, sobre un recorrido de alrededor de 400 kilómetros, en camino de montaña, sin asfalto y con todo tipo de inclemencias climáticas, lo hizo en circunstancias de usufructuar licencias para no entorpecer el normal desenvolvimiento de su servicio.
Y fue así como un policía, en bicicleta, logró unir la ciudad de Salta con la localidad de Santa Victoria Oeste.
domingo, 13 de diciembre de 2009
sábado, 12 de diciembre de 2009
LOS ELEGANTES DEL PASADO
El día 29 de octubre de 1999, mientras leía la columna que escribe diariamente en el diario local un querido amigo que me permite publicar algunas zonceras del quehacer salteño, recuerdos, aniversarios, felicitaciones y otras veces quejas, como aquella vez que la obra social provincial nos llegó a deber una “parva” de meses, que luego se abonaron con bonos. Pero dejemos de lado estos tragos amargos, y sigamos con los Elegantes, aquel día, era del Sastre, y me puse a teclear la Remington, tratando de hacer memoria de aquellos artesanos de la tijera, y del atuendo de los distinguidos comprovincianos.
Comenzaré por la cabeza: El sombrero. El sombrero que más recuerdo es el que usaba el Ex Presidente Yrigoyen, el honguito que aquí lo titularon “carajito”. Otros preferían los clásicos, que aún están vigentes, los jóvenes cubrían sus “ceseras” con un modelo de copa más baja y de ala más corta, como el que llevan los bailarines gitanos, a estos los llamaban “sombreros plato”. Llegaba el verano y se cubrían con sombreros blancos, cambiaban los de fieltro por los de Panamá (?) Algún pudiente alternaba el de panamá por el “rancho i paja”, un modelo único, sin dobleces y como dice su nombre, de color pajizo, desde un amarillo claro a un “té con leche”. Parecidos a los que usan los yanquis en sus campañas políticas, ahora están de moda en las fiestas, basta recordar el casamiento de Maradona. Vaya una anécdota, jugando a la pelota en la calle de mi barrio, aquellas pelotas caseras ,con trapos y medias viejas, pasó por el lugar un “elegante” luciendo su rancho en el instante en que la pelota “volaba” por el aire, con tan mala suerte que rozó el ala del sombrero sacándole un pedazo, como un trozo de bizcocho. Eran duros y frágiles. Debo aclarar que era época de “trajeados”, el color del sombrero tenía que estar a tono con el color del ambo, los más comunes eran el gris, desde el claro al oscuro, azul o marrón, lisos o a rayas. En los meses de calor, aparecían los trajes blancos de hilo. Las camisas lisas eran las preferidas, rayadas, menos, el color blanco predominaba, diría que indicaba súper elegancia. A las rayadas les adjuntaban un cuello y puños postizos de color blanco, estos suplementos en las familias “bianudas”, los acartonaban con almidón que habilidosas planchadoras se encargaban de endurecer. ¿Como sujetaban cuello y puños? La camisa llevaba dos ojales, uno posterior y otro anterior en lo que hace al cuello, y con una especie de botón metálico lo ubicaban en su lugar, pero antes de realizar esta tarea, se procedía a colocar la corbata en el endurecido suplemento, evitando que se arrugara y una vez que este paso se cumpliera, se anudaba la corbata. Con los puños, que eran dobles y con ojales, la tarea era más sencilla, se sujetaban mediante “los gemelos”. Este accesorio, se componía de un sello que quedaba hacia arriba de la manga, unido por una cadenita a otro trocito del mismo metal, que se llama “submarino”. Según el nivel económico del portador los gemelos llevaban en el sello las iniciales del elegante, podían ser de oro y los había con piedras preciosas, para lucimiento del pudiente en fiestas de la “jait societi”.
Sigamos con las corbatas: la clásica que llevamos en nuestros días y la de moño, que en aquella época sería para habilidosos, hoy las hicieron más fácil: está armada y la sujetan con un elástico. Mozos de bares y restaurantes, en los señores que “visten de etiqueta” en cenas palaciegas y en los niños que toman la primera comunión.
Continuemos con los accesorios de la vestimenta: tiradores, cinto y ligas. Llama a risa porque alguien asociará a las sensuales portaligas, pero todavía no se había inventado el “nailon” y las medias que eran de seda se sujetaban con ligas para tenerlas estiradas y no cayeran al estar sentados en una reunión y mostrar sus “peludas” piernas. Los pantalones además de cinto les acompañaba el tirador- aún se usan –tanto las ligas como el tirador tenían un adminiculo metálico que regulaba la altura. Seguimos con el ropaje íntimo: calzoncillos, el de verano, sigue siendo corto, pero aquellos llevaban una serie de botones y ojales, que permitían regular el diámetro de la panza, luego vinieron con elástico, y llegado el invierno los de frisa, cubriendo las piernas, les quedó el nombre de “escopeta”, siguen en venta junto a “su compañera” la camiseta, como si fuera un bebé con osito. Esta prenda al llegar los días cálidos, se cambiaba por “LA MUSCULOSA”. Hubo una prenda masculina, de uso juvenil, la rotularon con el nombre de Casi, una faja elástica ancha, y a continuación el calzoncillo que ahora se llama slip. Los jóvenes usaban esta prenda, al concurrir a bailar, época de boleros, al estar apretaditos no hacer papelones, cuanto recato.
Los zapatos no cambiaron mucho, salvo los elegantes del treinta con sus botines abotonados, los clásicos con trenzas, el cómodo mocasín, de gamuza o de charol, que los veremos acompañando un smoking o en la primera comunión del varoncito. Por abrigo, continuamos con el sobretodo, el gris oscuro, que no venía solo, un pañuelo de seda blanco se ponía en el cuello o una bufanda de lana; los guantes, eran parte del “ropero”, por supuesto de variada calidad pecarí, cabritilla, por el cuarenta la moda incorporó el de “pelo de camello” de color “café con leche”, pero su vida fue efímera. No hace mucho caminando en Bs. As., cerca de la Iglesia de La Piedad, me reencontré con aquella casa de ropa para hombres: “Casa Perramus”, que tuvo sucursal en Salta, por el año 40, inmediatamente recordaba la prenda que alternaban como abrigo: el perramus, que los elegantes lo abandonaron al llegar el piloto, para los días de lluvia. El prendedor o el alfiler de corbata, pensaría “el elegante” que le cambiaba el look como dicen ahora. Como “broche de oro”, apareció en escena: las galochas, aquel estuche de goma donde introducían el pie ya calzado en los días de lluvia, evitando estropear los zapatos.
Así llegamos a las SASTRERIAS PARA HOMBRES, cuando los salteños concurrían buscando el traje oscuro para su casamiento, para incorporarse a la función pública, padrino, egresado y aquí en Salta, para las Fiestas del Milagro en que se acostumbraba estrenar. Larga es la lista de sastres y sastrerías que tuvo mi ciudad, y volviendo al artículo que mencioné, debo confesar que gracias a un vendedor de casimires, que hizo de apuntador, “confeccioné” la lista. Pero quiero relatar la visita al “maestro” – como la embarazada a su médico- En la primera , nos presentaba un cuadernillo con pequeños rectángulos de tela (el muestrario), casimires nacionales o importados, Príncipe de Gales, espigados, ojito de perdiz, fil a fil, gabardina, camper inglés, según decían “con la marca en el orillo”. Elegida la tela, presentación que la efectuara el vendedor, aparecía en escena “el maestro”: el sastre, con su cinta métrica colgando de su cuello, como un estetoscopio, y acompañado por su ayudante, el “pompier” (?), quien tomaba nota de lo que iba cantando el sastre: manga: tanto; cintura: tanto, ¿con o sin botamanga? ¿Dos centímetros o más? ¿Saco cruzado o derecho? ¿De dos o tres botones? ¿Usa chaleco? Cómo no usar chaleco si los elegantes llevaban en uno de sus bolsillos el reloj de varias tapas y sujeto por una cadena que cruzaba su estómago. Si alguien le preguntaba la hora, sentirían una enorme satisfacción de poder sacar esta joya de tapas de oro y responder. Y llegaba la pregunta indiscreta cuando medía el largo del pantalón desde la entrepierna: “¿Para dónde carga”?
Varias visitas continuaban. El maestro ya había efectuado los cortes mágicos, sobre una larga mesa y una enorme tijera que sostenía entre sus dedos, como un partero, sin olvidar la almohadilla que portaba en una de sus muñecas cubierta de alfileres, a veces los llevaba a su boca y los sacaba con una habilidad de faquir. Su compañero descabezado: el mannequin, estaba cubierto con lo que pronto se convertiría en saco, y así llegaba la tercer visita, aquí la prueba ya mostraba un saco cortado pero lleno de hilvanes, y comenzaban las correcciones, tiza en mano- una tiza muy particular, rectangular y chata- trazaba líneas, mientras quitaba mangas, colocando hombreras y entretelas a gusto del consumidor, como para armar “un pato bica”. Este montón de telas cortadas, de aquí partían a las pantaloneras, las “saqueras” y las “chalequeras”, para regresar a la planchadora y luego al consumidor.
Que felicidad y alegría nos daban estos profesionales al entregar “el fruto maduro”. Y me queda la imagen de un sastre vecino que aún lo veo al pasar frente a su taller, sentado con un saco en sus rodillas, tijera en mano, aguja y el dedal.
Y terminando, envío mis felicitaciones a la Congregación Salesiana que en sus talleres enseñaron esta noble profesión.
Aclaraciones:
Pompier: Costurero especializado.
Mannequin: Maniquí en francés.
Jait societi: De high society, “alta sociedad” en inglés.
Panamá: Sombrero Panamá o jipijapa es un tradicional sombrero con ala que se hace de las hojas trenzadas de la palmera del sombrero de paja-toquilla (Carludovica palmata). A pesar del nombre, los sombreros genuinos son originarios y fabricados en Ecuador, no en Panamá (fuente Wikipedia).
Bianudas: Palabra "divertida" que viene de un afrancesamiento de "gente bien". "Bien" en español con sonido afrancesado es "Bian" y "Bianuda" es un argentinismo con terminación "uda" que hace a la idea de "mucho"... o sea "muy bien". En su contexto es "familia muy bien" (dinero, apellido, etc.)
José Antonio Gutiérrez.
E-mail – jagutierrez@yahoo.com.ar
Comenzaré por la cabeza: El sombrero. El sombrero que más recuerdo es el que usaba el Ex Presidente Yrigoyen, el honguito que aquí lo titularon “carajito”. Otros preferían los clásicos, que aún están vigentes, los jóvenes cubrían sus “ceseras” con un modelo de copa más baja y de ala más corta, como el que llevan los bailarines gitanos, a estos los llamaban “sombreros plato”. Llegaba el verano y se cubrían con sombreros blancos, cambiaban los de fieltro por los de Panamá (?) Algún pudiente alternaba el de panamá por el “rancho i paja”, un modelo único, sin dobleces y como dice su nombre, de color pajizo, desde un amarillo claro a un “té con leche”. Parecidos a los que usan los yanquis en sus campañas políticas, ahora están de moda en las fiestas, basta recordar el casamiento de Maradona. Vaya una anécdota, jugando a la pelota en la calle de mi barrio, aquellas pelotas caseras ,con trapos y medias viejas, pasó por el lugar un “elegante” luciendo su rancho en el instante en que la pelota “volaba” por el aire, con tan mala suerte que rozó el ala del sombrero sacándole un pedazo, como un trozo de bizcocho. Eran duros y frágiles. Debo aclarar que era época de “trajeados”, el color del sombrero tenía que estar a tono con el color del ambo, los más comunes eran el gris, desde el claro al oscuro, azul o marrón, lisos o a rayas. En los meses de calor, aparecían los trajes blancos de hilo. Las camisas lisas eran las preferidas, rayadas, menos, el color blanco predominaba, diría que indicaba súper elegancia. A las rayadas les adjuntaban un cuello y puños postizos de color blanco, estos suplementos en las familias “bianudas”, los acartonaban con almidón que habilidosas planchadoras se encargaban de endurecer. ¿Como sujetaban cuello y puños? La camisa llevaba dos ojales, uno posterior y otro anterior en lo que hace al cuello, y con una especie de botón metálico lo ubicaban en su lugar, pero antes de realizar esta tarea, se procedía a colocar la corbata en el endurecido suplemento, evitando que se arrugara y una vez que este paso se cumpliera, se anudaba la corbata. Con los puños, que eran dobles y con ojales, la tarea era más sencilla, se sujetaban mediante “los gemelos”. Este accesorio, se componía de un sello que quedaba hacia arriba de la manga, unido por una cadenita a otro trocito del mismo metal, que se llama “submarino”. Según el nivel económico del portador los gemelos llevaban en el sello las iniciales del elegante, podían ser de oro y los había con piedras preciosas, para lucimiento del pudiente en fiestas de la “jait societi”.
Sigamos con las corbatas: la clásica que llevamos en nuestros días y la de moño, que en aquella época sería para habilidosos, hoy las hicieron más fácil: está armada y la sujetan con un elástico. Mozos de bares y restaurantes, en los señores que “visten de etiqueta” en cenas palaciegas y en los niños que toman la primera comunión.
Continuemos con los accesorios de la vestimenta: tiradores, cinto y ligas. Llama a risa porque alguien asociará a las sensuales portaligas, pero todavía no se había inventado el “nailon” y las medias que eran de seda se sujetaban con ligas para tenerlas estiradas y no cayeran al estar sentados en una reunión y mostrar sus “peludas” piernas. Los pantalones además de cinto les acompañaba el tirador- aún se usan –tanto las ligas como el tirador tenían un adminiculo metálico que regulaba la altura. Seguimos con el ropaje íntimo: calzoncillos, el de verano, sigue siendo corto, pero aquellos llevaban una serie de botones y ojales, que permitían regular el diámetro de la panza, luego vinieron con elástico, y llegado el invierno los de frisa, cubriendo las piernas, les quedó el nombre de “escopeta”, siguen en venta junto a “su compañera” la camiseta, como si fuera un bebé con osito. Esta prenda al llegar los días cálidos, se cambiaba por “LA MUSCULOSA”. Hubo una prenda masculina, de uso juvenil, la rotularon con el nombre de Casi, una faja elástica ancha, y a continuación el calzoncillo que ahora se llama slip. Los jóvenes usaban esta prenda, al concurrir a bailar, época de boleros, al estar apretaditos no hacer papelones, cuanto recato.
Los zapatos no cambiaron mucho, salvo los elegantes del treinta con sus botines abotonados, los clásicos con trenzas, el cómodo mocasín, de gamuza o de charol, que los veremos acompañando un smoking o en la primera comunión del varoncito. Por abrigo, continuamos con el sobretodo, el gris oscuro, que no venía solo, un pañuelo de seda blanco se ponía en el cuello o una bufanda de lana; los guantes, eran parte del “ropero”, por supuesto de variada calidad pecarí, cabritilla, por el cuarenta la moda incorporó el de “pelo de camello” de color “café con leche”, pero su vida fue efímera. No hace mucho caminando en Bs. As., cerca de la Iglesia de La Piedad, me reencontré con aquella casa de ropa para hombres: “Casa Perramus”, que tuvo sucursal en Salta, por el año 40, inmediatamente recordaba la prenda que alternaban como abrigo: el perramus, que los elegantes lo abandonaron al llegar el piloto, para los días de lluvia. El prendedor o el alfiler de corbata, pensaría “el elegante” que le cambiaba el look como dicen ahora. Como “broche de oro”, apareció en escena: las galochas, aquel estuche de goma donde introducían el pie ya calzado en los días de lluvia, evitando estropear los zapatos.
Así llegamos a las SASTRERIAS PARA HOMBRES, cuando los salteños concurrían buscando el traje oscuro para su casamiento, para incorporarse a la función pública, padrino, egresado y aquí en Salta, para las Fiestas del Milagro en que se acostumbraba estrenar. Larga es la lista de sastres y sastrerías que tuvo mi ciudad, y volviendo al artículo que mencioné, debo confesar que gracias a un vendedor de casimires, que hizo de apuntador, “confeccioné” la lista. Pero quiero relatar la visita al “maestro” – como la embarazada a su médico- En la primera , nos presentaba un cuadernillo con pequeños rectángulos de tela (el muestrario), casimires nacionales o importados, Príncipe de Gales, espigados, ojito de perdiz, fil a fil, gabardina, camper inglés, según decían “con la marca en el orillo”. Elegida la tela, presentación que la efectuara el vendedor, aparecía en escena “el maestro”: el sastre, con su cinta métrica colgando de su cuello, como un estetoscopio, y acompañado por su ayudante, el “pompier” (?), quien tomaba nota de lo que iba cantando el sastre: manga: tanto; cintura: tanto, ¿con o sin botamanga? ¿Dos centímetros o más? ¿Saco cruzado o derecho? ¿De dos o tres botones? ¿Usa chaleco? Cómo no usar chaleco si los elegantes llevaban en uno de sus bolsillos el reloj de varias tapas y sujeto por una cadena que cruzaba su estómago. Si alguien le preguntaba la hora, sentirían una enorme satisfacción de poder sacar esta joya de tapas de oro y responder. Y llegaba la pregunta indiscreta cuando medía el largo del pantalón desde la entrepierna: “¿Para dónde carga”?
Varias visitas continuaban. El maestro ya había efectuado los cortes mágicos, sobre una larga mesa y una enorme tijera que sostenía entre sus dedos, como un partero, sin olvidar la almohadilla que portaba en una de sus muñecas cubierta de alfileres, a veces los llevaba a su boca y los sacaba con una habilidad de faquir. Su compañero descabezado: el mannequin, estaba cubierto con lo que pronto se convertiría en saco, y así llegaba la tercer visita, aquí la prueba ya mostraba un saco cortado pero lleno de hilvanes, y comenzaban las correcciones, tiza en mano- una tiza muy particular, rectangular y chata- trazaba líneas, mientras quitaba mangas, colocando hombreras y entretelas a gusto del consumidor, como para armar “un pato bica”. Este montón de telas cortadas, de aquí partían a las pantaloneras, las “saqueras” y las “chalequeras”, para regresar a la planchadora y luego al consumidor.
Que felicidad y alegría nos daban estos profesionales al entregar “el fruto maduro”. Y me queda la imagen de un sastre vecino que aún lo veo al pasar frente a su taller, sentado con un saco en sus rodillas, tijera en mano, aguja y el dedal.
Y terminando, envío mis felicitaciones a la Congregación Salesiana que en sus talleres enseñaron esta noble profesión.
Aclaraciones:
Pompier: Costurero especializado.
Mannequin: Maniquí en francés.
Jait societi: De high society, “alta sociedad” en inglés.
Panamá: Sombrero Panamá o jipijapa es un tradicional sombrero con ala que se hace de las hojas trenzadas de la palmera del sombrero de paja-toquilla (Carludovica palmata). A pesar del nombre, los sombreros genuinos son originarios y fabricados en Ecuador, no en Panamá (fuente Wikipedia).
Bianudas: Palabra "divertida" que viene de un afrancesamiento de "gente bien". "Bien" en español con sonido afrancesado es "Bian" y "Bianuda" es un argentinismo con terminación "uda" que hace a la idea de "mucho"... o sea "muy bien". En su contexto es "familia muy bien" (dinero, apellido, etc.)
José Antonio Gutiérrez.
E-mail – jagutierrez@yahoo.com.ar
miércoles, 9 de diciembre de 2009
CENTENARIA INSTITUCION SALTEÑA
Enviado por: José Antonio Gutiérrez
Desde: Salta
Mail: jagutierrez02@yahoo.com.ar
La Biblioteca Popular Bartolomé Mitre fue fundada el 1º de febrero de 1891, según consta en el Acta redactada a puño y letra por el dueño de casa, Don Gabril Cano. Ese día nació esta incipiente “Obra Social”, con la finalidad de brindar a la clase trabajadora desamparada “el socorro”.
El primer Estatuto de 1891 establece crear un fondo general y común destinado a socorrer a los socios inscriptos en ella en los casos de enfermedad o falta de trabajo (siempre que estos sean comprobados).
A pesar de los años difíciles que les tocó a sus dirigentes, esta sociedad fue creciendo con el aporte de sus socios y lograron adquirir una sede propia, con un amplio salón multiuso: para reuniones sociales, bailes y charlas literarias y musicales, según relataron antiguos socios de la entidad. Así llegaron a 1917, un 24 de junio cuando se habilita la Biblioteca Popular: “Gral. Bartolomé Mitre”, cubriendo una necesidad barrial.
Hasta no hace mucho la misma tenía apoyo nacional pero, al no cumplir con exigencias de CONADIP, le fue retirado el subsidio y actualmente es el socio quien colabora para que la biblioteca continúe con la misión que le dieron sus fundadores.
No sólo cumplió con esa misión sino que incorporó la enseñanza con una escuela nocturna con sus tres grados.
En los años que visitaba el Centro, a esta biblioteca concurrían lectores como Julio Espinosa (autor de Vidala para mi sombra), Jacobo Regen (joven escritor salteño), José Ríos (ocupó la presidencia del Centro y es autor de numerosas letras folklóricas) y no puedo dejar de lado a un ilustre vecino: el “Barba” Manuel J. Castilla.
Publicado por el autor en: blogpuebloapueblo@gmail.com
Reenviado a SALTA, Nuestra Cultura en Diciembre 08, 2009
JOSE ANTONIO GUTIERREZ
Desde: Salta
Mail: jagutierrez02@yahoo.com.ar
La Biblioteca Popular Bartolomé Mitre fue fundada el 1º de febrero de 1891, según consta en el Acta redactada a puño y letra por el dueño de casa, Don Gabril Cano. Ese día nació esta incipiente “Obra Social”, con la finalidad de brindar a la clase trabajadora desamparada “el socorro”.
El primer Estatuto de 1891 establece crear un fondo general y común destinado a socorrer a los socios inscriptos en ella en los casos de enfermedad o falta de trabajo (siempre que estos sean comprobados).
A pesar de los años difíciles que les tocó a sus dirigentes, esta sociedad fue creciendo con el aporte de sus socios y lograron adquirir una sede propia, con un amplio salón multiuso: para reuniones sociales, bailes y charlas literarias y musicales, según relataron antiguos socios de la entidad. Así llegaron a 1917, un 24 de junio cuando se habilita la Biblioteca Popular: “Gral. Bartolomé Mitre”, cubriendo una necesidad barrial.
Hasta no hace mucho la misma tenía apoyo nacional pero, al no cumplir con exigencias de CONADIP, le fue retirado el subsidio y actualmente es el socio quien colabora para que la biblioteca continúe con la misión que le dieron sus fundadores.
No sólo cumplió con esa misión sino que incorporó la enseñanza con una escuela nocturna con sus tres grados.
En los años que visitaba el Centro, a esta biblioteca concurrían lectores como Julio Espinosa (autor de Vidala para mi sombra), Jacobo Regen (joven escritor salteño), José Ríos (ocupó la presidencia del Centro y es autor de numerosas letras folklóricas) y no puedo dejar de lado a un ilustre vecino: el “Barba” Manuel J. Castilla.
Publicado por el autor en: blogpuebloapueblo@gmail.com
Reenviado a SALTA, Nuestra Cultura en Diciembre 08, 2009
JOSE ANTONIO GUTIERREZ
RECORDANDO EL CINTA DE PLATA
Por José Antonio Gutierrez
E mail jagutierrez02@yahoo.com.ar
“Cinta de Plata”: así llamaban al desaparecido tren que transitaba de Salta a Retiro, pasando por las ciudades de Tucumán, Córdoba, Rosario de Santa Fe y llegando a la estación Retiro en Capital Federal.
Los que en él viajamos aún esperamos su regreso. Colgada en la puerta de una oficina, en el andén de la estación de Salta, todavía está la vieja campana con su soga y el clásico reloj ferroviario... sólo falta el empleado uniformado.
En el imaginario viaje recuerdo la llegada de familiares o amigos que retornaban a fin de año. Una multitud llenaba el andén, esperando a los viajeros del Cinta de Plata. Los pitazos de la máquina se hacen oír a la distancia, retumbando en los cerros y recorriendo el último tramo de rieles... en la curva, hace su aparición a paso lento la enorme máquina negra, tirando su vapor y arrastrando su larga cola de vagones. Lejos del andén, quedará la máquina de donde descenderán “sus pilotos”, enfundados en su overol verde y su gorra de cuero. Camareros, guardas, mozos e inspectores se entreveran con los viajeros.
Todo era un desparramo de bultos, valijas, paquetes y personas que corrían para tomar un taxi, pero lo que más sobresalían eran las lágrimas para el hijo que regresa de “la colimba” o el estudiante que viene a pasar las fiestas de fin de año.
Cuando terminaban las vacaciones se producía el regreso a Córdoba, Rosario o Buenos Aires. El retorno se hacía en la noche... otra vez mozos de cordel, las valijas de cuero, mujeres con sus largos camisones, las chinelas. Actualmente, esos que tenían camarote serían clasificados como “vip”, clase que era atendida por un camarero y donde sobresalían los cadetes militares.
Las comidas eran servidas en el salón comedor, previa entrega de una tarjeta que identificaba el turno.
Luego, el convoy se integraba con los vagones de primera clase; aquí el equipaje bajaba de nivel, aparecían los paquetes de comida. Pero tampoco quiero olvidar a otro personaje del tren: El revistero, que cargaba el quiosco encima de su estómago y que se irá renovando según la provincia que atraviese el tren. Al final de esta larga fila de vagones, estaba la segunda clase, los que recibían la tierra que levanta a su paso, sobre todo al cruzar Santiago del Estero. Por lo general, eran los que despachaban bultos identificados con enormes rótulos con el nombre del propietario.
Allí se hacía sentir el olor a comida. Los lujosos uniformes de los cadetes eran reemplazados por los de soldaditos rasos, marineritos y estudiantes.
Momento de partida, nuevamente los anuncios los efectuaba el señor del uniforme gris que indicaba la aproximación de “la hora señalada”. En la máquina, el conductor estiraba su brazo para enganchar una arandela que le entregaban desde la casilla del paso a nivel, indicándole vía libre. Con marcha lenta, “la oruga con ruedas” deja la estación... pañuelos al aire, brazos agitados, besos depositados en la mano y padres orgullosos por el hijo que será “dotor”. El enorme reflector de la máquina ilumina en la noche la vía que se va perdiéndose en el sonar del pito y en la curva... sólo se ven las luces de los vagones y la sombra de sus pasajeros.
Recordando aquel tren nocturno pienso en el treinta y uno de diciembre, cuando los pitos de aquellas máquinas saludaban el nuevo año. Aún sueño con su llegada o su partida y me cae una lágrima al pensar que estará en algún galpón cubierto de tierra esperando que alguien los desempolve.
Publicado por Editor Pueblo a pueblo en Septiembre 26, 2006 6:40 PM
http://weblogs.clarin.com/puebloapueblo/
Reenviado por el autor a SALTA Nuestra Cultura en Diciembre 08, 2009
JOSE ANTONIO GUTIERREZ
E mail jagutierrez02@yahoo.com.ar
“Cinta de Plata”: así llamaban al desaparecido tren que transitaba de Salta a Retiro, pasando por las ciudades de Tucumán, Córdoba, Rosario de Santa Fe y llegando a la estación Retiro en Capital Federal.
Los que en él viajamos aún esperamos su regreso. Colgada en la puerta de una oficina, en el andén de la estación de Salta, todavía está la vieja campana con su soga y el clásico reloj ferroviario... sólo falta el empleado uniformado.
En el imaginario viaje recuerdo la llegada de familiares o amigos que retornaban a fin de año. Una multitud llenaba el andén, esperando a los viajeros del Cinta de Plata. Los pitazos de la máquina se hacen oír a la distancia, retumbando en los cerros y recorriendo el último tramo de rieles... en la curva, hace su aparición a paso lento la enorme máquina negra, tirando su vapor y arrastrando su larga cola de vagones. Lejos del andén, quedará la máquina de donde descenderán “sus pilotos”, enfundados en su overol verde y su gorra de cuero. Camareros, guardas, mozos e inspectores se entreveran con los viajeros.
Todo era un desparramo de bultos, valijas, paquetes y personas que corrían para tomar un taxi, pero lo que más sobresalían eran las lágrimas para el hijo que regresa de “la colimba” o el estudiante que viene a pasar las fiestas de fin de año.
Cuando terminaban las vacaciones se producía el regreso a Córdoba, Rosario o Buenos Aires. El retorno se hacía en la noche... otra vez mozos de cordel, las valijas de cuero, mujeres con sus largos camisones, las chinelas. Actualmente, esos que tenían camarote serían clasificados como “vip”, clase que era atendida por un camarero y donde sobresalían los cadetes militares.
Las comidas eran servidas en el salón comedor, previa entrega de una tarjeta que identificaba el turno.
Luego, el convoy se integraba con los vagones de primera clase; aquí el equipaje bajaba de nivel, aparecían los paquetes de comida. Pero tampoco quiero olvidar a otro personaje del tren: El revistero, que cargaba el quiosco encima de su estómago y que se irá renovando según la provincia que atraviese el tren. Al final de esta larga fila de vagones, estaba la segunda clase, los que recibían la tierra que levanta a su paso, sobre todo al cruzar Santiago del Estero. Por lo general, eran los que despachaban bultos identificados con enormes rótulos con el nombre del propietario.
Allí se hacía sentir el olor a comida. Los lujosos uniformes de los cadetes eran reemplazados por los de soldaditos rasos, marineritos y estudiantes.
Momento de partida, nuevamente los anuncios los efectuaba el señor del uniforme gris que indicaba la aproximación de “la hora señalada”. En la máquina, el conductor estiraba su brazo para enganchar una arandela que le entregaban desde la casilla del paso a nivel, indicándole vía libre. Con marcha lenta, “la oruga con ruedas” deja la estación... pañuelos al aire, brazos agitados, besos depositados en la mano y padres orgullosos por el hijo que será “dotor”. El enorme reflector de la máquina ilumina en la noche la vía que se va perdiéndose en el sonar del pito y en la curva... sólo se ven las luces de los vagones y la sombra de sus pasajeros.
Recordando aquel tren nocturno pienso en el treinta y uno de diciembre, cuando los pitos de aquellas máquinas saludaban el nuevo año. Aún sueño con su llegada o su partida y me cae una lágrima al pensar que estará en algún galpón cubierto de tierra esperando que alguien los desempolve.
Publicado por Editor Pueblo a pueblo en Septiembre 26, 2006 6:40 PM
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JOSE ANTONIO GUTIERREZ
LA DESPEDIDA O EL DIA DE LA INDEPENDENCIA FAMILIAR
Enviado por: José Antonio Gutiérrez (Salta)
E-mail: jagutierrez02@yahoo.com.ar
Pienso, sin temor a equivocarme, que ha medida que nos acercábamos al término de la secundaria, comenzábamos a saborear “el día de la independencia familiar”, que en realidad no era tan así, porque los padres se hacían cruces para poder solventar al futuro profesional. Ese día, la mayoría del estudiantado salteño partía hacia La Docta, que era famosa por su barrio del Clínica. Otros se iban a Rosario y unos pocos, a Buenos Aires o la Plata. Otros cuantos viajaban a Tucumán. La mayoría de estos lo hacía por la empresa La Feroz del Norte, contaban los allegados al gran poeta salteño Don Juan Carlos Dávalos, vecino de esta empresa que salía a hora muy temprana.
Y llegaba el día de la partida, gran alboroto en el barrio, despedidas de amigos, tíos, parientes y alguno que arrimaba unos pesitos para el viaje. Los papás se encargaban de despachar el equipaje del ‘nene’: colchoncito de estopa y de una plaza, roperito y algún destartalado mueble viejo que sobraba en la casa y que de paso se sacaban de encima, con la excusa de que a lo mejor lo necesitaba en su nuevo domicilio. Domicilio que era la casa que venía alquilando el hijo de un amigo, del amigo del papá...
Luego, el viejo o el hermano mayor se encargaban de acomodar la valija. Sin tener sin tener mucha experiencia en viajes (posiblemente sólo la luna de miel), a su cargo estaba acomodar la ropa bien almidonada, que la madre había planchado el día anterior. No podía faltar un botón y, si las medias tenían la punta rota, una de las hermanas prolijamente las zurcía, con la ayuda de un mate dentro del calcetín. Así, se preparaba la valija, generalmente de cartón marrón con flejes de madera, que con el tiempo se iban perdiendo, pero que seguía vigente por años atada con un cinturón o con una soga que también se usaba para colgar las perchas. Mientras tanto, el futuro universitario se iba despidiendo.
Algún familiar se encargaba de identificar el bulto: grandes rótulos con letra de imprenta llevaban el nombre del viajero y su destino. El pegamento casero era engrudo de harina. A hora temprana el día de la despedida, otro familiar comedido partía a la estación, su misión era la de acomodar la valija en el portaequipajes, despachar la cama turca y el roperito, y quedarse sentadito para reservar el asiento y cuidar la valija.
Rumbo a la estación del ferrocarril, nuevamente las caras conocidas aparecían para decir ‘chau’, ‘buen viaje’, ‘hasta la vuelta’, ‘felicidades’ y algún afrancesado amigo que decía ‘bon voayage’. Tampoco podían faltar los galancitos acompañados por el filito, que con voz entrecortada, lagrimitas y moquitos, susurraba ‘ni bien llegues, no te olvides de escribir’. A su vez, los papis repetían ‘hacé un telegrama de cómo has llegao’.
Aquel día, en el andén lleno, se mezclaban viajeros de todo pelaje. “Los pudientes” viajaban en camarote; “los mediopelo”, en primera clase, y “los rascas”, en las tablas de la segunda. Generalmente, coincidían esos viajes de estudiantes universitarios, con los de cadetes de institutos militares, que se paseaban como pavos reales con sus relucientes y coloridos uniformes, haciendo a menos a los futuros doctores o ingenieros. Es de imaginar que las noviecitas harían comparaciones odiosas de lo que les tocó en suerte y de los uniformados. A estos los podríamos incluir entre “los pudientes”. Lo que siempre fue un misterio es dónde se ubicaba “la rama femenina”. Se las contaba con los dedos de la mano a las corajudas. Las madres de aquella época las preferían maestras. Por deducción, entraban en el grupo de los “camaroteros”. Quiero pensar que llevaban un rosario en la mano y recordaban el consejo de mamá: “nada de conversar con gente extraña”.
“Los pudientes” llegaban a la estación casi a la hora de partir y solicitaban los servicios de los changarines o mozos de cordel (no sé porque les llamarían así). Con estos pasajeros llegaban las valijas paquetonas de cuero, elegantes bolsos, cajas cilíndricas con sombrero (porta sombreros). Este grupo, al llegar a Chachapoyas, estación a pocos kilómetros de la ciudad, pasaban al comedor a cenar, porque quedaba bien comer al iniciar el viaje. En cuanto a la comida, no debemos olvidar los canastos que llevaban la viandita con el tintito, que se reponía en el trayecto, al detenerse el tren en algún pueblo. Paquetes con el morfe que preparaban en la casa inundaban con la fragancia del aceite los vagones: eran las clásicas milanesas. El menú de los viajeros se completaba con aquellos pollos a los que les adornaban las patas con una rodaja de tomate, otra de pimiento, una hoja de lechuga en el hueco que queda al sacar el cogote y alrededor, unos cuantos huevos duros, que por supuesto conservaban la cáscara y que golpeándolos en el borde de la ventanilla “los pelábamos”. Por lo general, el pollo era el regalo que hacia el vecino, y que aún conservaba restos de plumas que no se quemaron, al flamearlos con la llama de un papel de diario.
Ya en la hora de la partida, a las veintiuna ó veintidós (lo digo con palabras porque los ferroviarios eran los únicos que a las horas de la tarde las llamaron así), “Los Cancheros”, que eran estudiantes universitarios avanzados, observaban desde el andén, tirando bocanadas de humo y con aire sobrador a “los imberbes” que ya estaban sentaditos. Y llegaba “la tercer campanada” por un señor uniformado y de gorra, que anunciaba la marcha del convoy. Enseguida, con un hiriente pitazo y su brazo derecho en alto como un referí de fútbol, le indicaba al maquinista su salida, con esta multitud de viajeros nocturnos. Con el tren en marcha, recién subían “los cancheros”, mientras que “los imberbes”, con medio cuerpo afuera, trataban de consolar a su adolescente colegial, que seguía trotando junto al tren. Tomaditos de la mano, llegaba el intercambio de fotitos de carné con el clásico “no me olvides” y “ tuya para siempre”. Llorando y suspirando, quedaba paradita al llegar al paso nivel.
Era época de cantores y guitarreros (Chalchaleros y Fronterizos), de modo que no podía faltar la viola, ni la zamba de Anta mi tierra arisca o la Marrupeña, cantando en coro “somos los artilleros que a la par del cañón...” o “lloraré, lloraré...”. Estaban también los habilidosos de la armónica, porque no era cosa de no tener música en el viaje. Todo este espectáculo tenía por escenario los coches de segunda, con brindis y gárgaras para los cantores.
Lagrimones, pañuelos al aire, brazos agitados, besos soplados con la mano abierta y los padres orgullosos al despedir al futuro profesional. Todo eso era la despedida.
Publicado en Mayo 30, 2007 3:24 PM en Pueblo a Pueblo de El Clarín. http://weblogs.clarin.com/puebloapueblo/
Y reenviado por el autor a SALTA, Nuestra Cultura en Diciembre 8, 2009
JOSE ANTONIO GUTIERREZ
E-mail: jagutierrez02@yahoo.com.ar
Pienso, sin temor a equivocarme, que ha medida que nos acercábamos al término de la secundaria, comenzábamos a saborear “el día de la independencia familiar”, que en realidad no era tan así, porque los padres se hacían cruces para poder solventar al futuro profesional. Ese día, la mayoría del estudiantado salteño partía hacia La Docta, que era famosa por su barrio del Clínica. Otros se iban a Rosario y unos pocos, a Buenos Aires o la Plata. Otros cuantos viajaban a Tucumán. La mayoría de estos lo hacía por la empresa La Feroz del Norte, contaban los allegados al gran poeta salteño Don Juan Carlos Dávalos, vecino de esta empresa que salía a hora muy temprana.
Y llegaba el día de la partida, gran alboroto en el barrio, despedidas de amigos, tíos, parientes y alguno que arrimaba unos pesitos para el viaje. Los papás se encargaban de despachar el equipaje del ‘nene’: colchoncito de estopa y de una plaza, roperito y algún destartalado mueble viejo que sobraba en la casa y que de paso se sacaban de encima, con la excusa de que a lo mejor lo necesitaba en su nuevo domicilio. Domicilio que era la casa que venía alquilando el hijo de un amigo, del amigo del papá...
Luego, el viejo o el hermano mayor se encargaban de acomodar la valija. Sin tener sin tener mucha experiencia en viajes (posiblemente sólo la luna de miel), a su cargo estaba acomodar la ropa bien almidonada, que la madre había planchado el día anterior. No podía faltar un botón y, si las medias tenían la punta rota, una de las hermanas prolijamente las zurcía, con la ayuda de un mate dentro del calcetín. Así, se preparaba la valija, generalmente de cartón marrón con flejes de madera, que con el tiempo se iban perdiendo, pero que seguía vigente por años atada con un cinturón o con una soga que también se usaba para colgar las perchas. Mientras tanto, el futuro universitario se iba despidiendo.
Algún familiar se encargaba de identificar el bulto: grandes rótulos con letra de imprenta llevaban el nombre del viajero y su destino. El pegamento casero era engrudo de harina. A hora temprana el día de la despedida, otro familiar comedido partía a la estación, su misión era la de acomodar la valija en el portaequipajes, despachar la cama turca y el roperito, y quedarse sentadito para reservar el asiento y cuidar la valija.
Rumbo a la estación del ferrocarril, nuevamente las caras conocidas aparecían para decir ‘chau’, ‘buen viaje’, ‘hasta la vuelta’, ‘felicidades’ y algún afrancesado amigo que decía ‘bon voayage’. Tampoco podían faltar los galancitos acompañados por el filito, que con voz entrecortada, lagrimitas y moquitos, susurraba ‘ni bien llegues, no te olvides de escribir’. A su vez, los papis repetían ‘hacé un telegrama de cómo has llegao’.
Aquel día, en el andén lleno, se mezclaban viajeros de todo pelaje. “Los pudientes” viajaban en camarote; “los mediopelo”, en primera clase, y “los rascas”, en las tablas de la segunda. Generalmente, coincidían esos viajes de estudiantes universitarios, con los de cadetes de institutos militares, que se paseaban como pavos reales con sus relucientes y coloridos uniformes, haciendo a menos a los futuros doctores o ingenieros. Es de imaginar que las noviecitas harían comparaciones odiosas de lo que les tocó en suerte y de los uniformados. A estos los podríamos incluir entre “los pudientes”. Lo que siempre fue un misterio es dónde se ubicaba “la rama femenina”. Se las contaba con los dedos de la mano a las corajudas. Las madres de aquella época las preferían maestras. Por deducción, entraban en el grupo de los “camaroteros”. Quiero pensar que llevaban un rosario en la mano y recordaban el consejo de mamá: “nada de conversar con gente extraña”.
“Los pudientes” llegaban a la estación casi a la hora de partir y solicitaban los servicios de los changarines o mozos de cordel (no sé porque les llamarían así). Con estos pasajeros llegaban las valijas paquetonas de cuero, elegantes bolsos, cajas cilíndricas con sombrero (porta sombreros). Este grupo, al llegar a Chachapoyas, estación a pocos kilómetros de la ciudad, pasaban al comedor a cenar, porque quedaba bien comer al iniciar el viaje. En cuanto a la comida, no debemos olvidar los canastos que llevaban la viandita con el tintito, que se reponía en el trayecto, al detenerse el tren en algún pueblo. Paquetes con el morfe que preparaban en la casa inundaban con la fragancia del aceite los vagones: eran las clásicas milanesas. El menú de los viajeros se completaba con aquellos pollos a los que les adornaban las patas con una rodaja de tomate, otra de pimiento, una hoja de lechuga en el hueco que queda al sacar el cogote y alrededor, unos cuantos huevos duros, que por supuesto conservaban la cáscara y que golpeándolos en el borde de la ventanilla “los pelábamos”. Por lo general, el pollo era el regalo que hacia el vecino, y que aún conservaba restos de plumas que no se quemaron, al flamearlos con la llama de un papel de diario.
Ya en la hora de la partida, a las veintiuna ó veintidós (lo digo con palabras porque los ferroviarios eran los únicos que a las horas de la tarde las llamaron así), “Los Cancheros”, que eran estudiantes universitarios avanzados, observaban desde el andén, tirando bocanadas de humo y con aire sobrador a “los imberbes” que ya estaban sentaditos. Y llegaba “la tercer campanada” por un señor uniformado y de gorra, que anunciaba la marcha del convoy. Enseguida, con un hiriente pitazo y su brazo derecho en alto como un referí de fútbol, le indicaba al maquinista su salida, con esta multitud de viajeros nocturnos. Con el tren en marcha, recién subían “los cancheros”, mientras que “los imberbes”, con medio cuerpo afuera, trataban de consolar a su adolescente colegial, que seguía trotando junto al tren. Tomaditos de la mano, llegaba el intercambio de fotitos de carné con el clásico “no me olvides” y “ tuya para siempre”. Llorando y suspirando, quedaba paradita al llegar al paso nivel.
Era época de cantores y guitarreros (Chalchaleros y Fronterizos), de modo que no podía faltar la viola, ni la zamba de Anta mi tierra arisca o la Marrupeña, cantando en coro “somos los artilleros que a la par del cañón...” o “lloraré, lloraré...”. Estaban también los habilidosos de la armónica, porque no era cosa de no tener música en el viaje. Todo este espectáculo tenía por escenario los coches de segunda, con brindis y gárgaras para los cantores.
Lagrimones, pañuelos al aire, brazos agitados, besos soplados con la mano abierta y los padres orgullosos al despedir al futuro profesional. Todo eso era la despedida.
Publicado en Mayo 30, 2007 3:24 PM en Pueblo a Pueblo de El Clarín. http://weblogs.clarin.com/puebloapueblo/
Y reenviado por el autor a SALTA, Nuestra Cultura en Diciembre 8, 2009
JOSE ANTONIO GUTIERREZ
viernes, 4 de diciembre de 2009
LIDIA CRISTINA CARRIZO
Nació en la ciudad capital de Salta, República Argentina, como ella expresara, su cuna al arte le fue otorgada por su bisabuelo materno, don José Indalecio Alvarez, mùsico, que estaba integrando el conjunto folclórico, del “Payo Solà y el “Fiero Arias”. Cuando enferma su abuelo y lo trasladan, debido a su gravedad a Buenos Aires, este fallece cuando Lidia Cristina contaba con dos años de edad. Los amigos de entonces conforman una peña folclórica en su homenaje en la casa donde vivía esta artista salteña, en el barrio de Flores. Esta peña perdura durante varios años de su infancia. Se realizaba solo los fines de semana. Allì concurrìan muchos artistas, entre los que se contaban a Mario Amaya “Churrinche” con su esposa la “Chola”, el “Chango Rodríguez”, Jaime Dávalos, que junto a Eduardo Falù y sus hermanas fueron vecinos y compañeros de su madre Manuela Alvarez y su tìo Raùl Alvarez, mucha gente del arte concurría al lugar, tales como la gente del “Rancho de Ochoa” y muchos del folclore que eran conocidos de Salta.
Todos mantenìan en vigencia la memoria de su abuelo José Indalecio. Asì, se fue gestando entre ellos, el amor al arte que profesaba Lidia Cristina Carrizo. Dentro de los contenidos de su obra, se detentaban su amor a la lectura, al conocimiento y su curiosidad por la vida. Es así que sus estudios se orientaron por las Ciencias Biològicas.
Sus trabajos fueron publicados en revistas literarias, pequeños periódicos de distribución barrial y en las siguientes obras:
“Paisajes de vida”; “Los giros del tiempo”; “Bajo la mirada del Cielo”; “Signos y evidencias”; “El color de los dìas”; “Sin antifaz”; “La nieve puede caer en primavera”; “Ronda Literaria” Nª39 Y Nª40"; ”Antologìa Ronda Literaria 2005”; “Antologìa 2005 Entre Todos”, declarado de Interés por la Secretarìa de Cultura de la Municipalidad de Avellaneda y de Interès Cultural por la Sec. de Cultura de la Pcia de Bs As.
El listado de publicaciones sigue con “Ateneo Poètico Argentino 55ªAniversario” Primera Antologìa editada durante su gestión en calidad de Vicepresidente y posteriormente Presidente (2004-2006) del mismo, cargo al que renunció por carecer del apoyo de los asociados a la introducción de fuertes reformas de aperturas.
JOSE ANTONIO GUTIERREZ
Todos mantenìan en vigencia la memoria de su abuelo José Indalecio. Asì, se fue gestando entre ellos, el amor al arte que profesaba Lidia Cristina Carrizo. Dentro de los contenidos de su obra, se detentaban su amor a la lectura, al conocimiento y su curiosidad por la vida. Es así que sus estudios se orientaron por las Ciencias Biològicas.
Sus trabajos fueron publicados en revistas literarias, pequeños periódicos de distribución barrial y en las siguientes obras:
“Paisajes de vida”; “Los giros del tiempo”; “Bajo la mirada del Cielo”; “Signos y evidencias”; “El color de los dìas”; “Sin antifaz”; “La nieve puede caer en primavera”; “Ronda Literaria” Nª39 Y Nª40"; ”Antologìa Ronda Literaria 2005”; “Antologìa 2005 Entre Todos”, declarado de Interés por la Secretarìa de Cultura de la Municipalidad de Avellaneda y de Interès Cultural por la Sec. de Cultura de la Pcia de Bs As.
El listado de publicaciones sigue con “Ateneo Poètico Argentino 55ªAniversario” Primera Antologìa editada durante su gestión en calidad de Vicepresidente y posteriormente Presidente (2004-2006) del mismo, cargo al que renunció por carecer del apoyo de los asociados a la introducción de fuertes reformas de aperturas.
JOSE ANTONIO GUTIERREZ
A MANUEL CASTILLA DE CECILIA NELLA
Estimados lectores:
les dejo gustosamente un poema de mi autoría dedicado al poeta Manuel J. Castilla.
Un enorme cariño.
De tu huella un brote suba a las estrellas
con la pura savia de tu copla en flor.
Así tu romance sediento y morado
se trepe en el aire matando al dolor.
En tu sueño eterno se mire la luna
color de tus cerros, zamba en el adiós.
Gotas del Bermejo tras el monte espeso
lleguen a la orilla de tu corazón…
¡Ay si el sol pudiera volverte a la vida!
¡De envidia reiría el anochecer!
Y en el humo verde de la primavera,
silbando nos calmes, tu ausencia, Manuel.
Germine tu esencia, sangre de arreboles,
en flechas de ocaso se estampe tu voz.
Y en el rojo río, contemple tu indio,
la blanca rodaja de harina y de luz.
En el alba quede prendida tu sombra
y en manos del aire puedas renacer.
Y en un grito intenso quemes de tu tiempo,
todo el vino turbio del atardecer.
CECILIA NELLA, OCTUBRE DE 2006
Enviado por el Dr. José Antonio Gutierrez
les dejo gustosamente un poema de mi autoría dedicado al poeta Manuel J. Castilla.
Un enorme cariño.
De tu huella un brote suba a las estrellas
con la pura savia de tu copla en flor.
Así tu romance sediento y morado
se trepe en el aire matando al dolor.
En tu sueño eterno se mire la luna
color de tus cerros, zamba en el adiós.
Gotas del Bermejo tras el monte espeso
lleguen a la orilla de tu corazón…
¡Ay si el sol pudiera volverte a la vida!
¡De envidia reiría el anochecer!
Y en el humo verde de la primavera,
silbando nos calmes, tu ausencia, Manuel.
Germine tu esencia, sangre de arreboles,
en flechas de ocaso se estampe tu voz.
Y en el rojo río, contemple tu indio,
la blanca rodaja de harina y de luz.
En el alba quede prendida tu sombra
y en manos del aire puedas renacer.
Y en un grito intenso quemes de tu tiempo,
todo el vino turbio del atardecer.
CECILIA NELLA, OCTUBRE DE 2006
Enviado por el Dr. José Antonio Gutierrez
JULIO SANTOS ESPINOSA: CARPINTERO, MUSICO Y ESCRITOR SALTEÑO
Envío del doctor José Antonio Gutiérrez desde Salta. Miércoles 06-05-2009. Recopilación de NIDIA ORBEA ÁLVAREZ DE FONTANINI nidiaorbea@hotmail.com SEPA (Servicio de Educación Por el Arte) contacto@sepaargentina.com.ar
Les hago llegar este artículo que escribieran del amigo, músico, escritor, carpintero y buen amigo, aún conservo una mesa frailera, y los bancos que uso en mi comedor, no sabía música pero alguien de sus amistades, le escribía, mientras el tarareaba. Muy joven ya había escrito la vidala que lo llevó “al estrellato” y viajó a Bs. As. Lamentablemente regresó enfermo y fue su Sra. la que me pidió que lo hiciera atender con algún médico que lo sacara del vicio, lo internaron en el hospital pero el vicio lo llevaba a abandonar el hospital y terminó sus días en el neurosiquiátrico. En una oportunidad llegó Atahualpa Yupanky a Salta y lo invitaron a un asado que un grupo de amigos hacía los viernes, allí estaba Julio, y Yupanky no sabía, de sobremesa el interprete sacó su guitarra y entre las canciones, tocó la vidala, más o menos recuerdo que dijo que él únicamente interpretaba canciones de su autoría pero que esa vidala la tenía incluida en su repertorio.
Les saludo José Antonio
Es las páginas ARGENTINA – Pueblo a Pueblo II, publicaron varias notas elaboradas por el doctor José Antonio Gutiérrez y entre ellas, una titulada Centenaria Institución Salteña refiriéndose a obras del Centro Argentino de Socorros Mutuos y destacando que el 24 de junio de 1917 fue inaugurada “la Biblioteca Popular: ‘Gral. Bartolomé Mitre’, cubriendo una necesidad barrial”. Destacó luego: “En los años que visitaba el Centro, a esta biblioteca concurrían lectores como Julio Espinosa (autor de Vidala para mi sombra), Jacobo Regen (joven escritor salteño), José Ríos (ocupó la presidencia del Centro y es autor de numerosas letras folklóricas) y no puedo dejar de lado a un ilustre vecino: el ‘Barba’ Manuel J. Castilla.”
* * * * * * * * * * *
Julio Santos Espinosa: 63 años de profecías y misterio. Por Jaro Godoy. *
Julio Santos Espinosa (1º de noviembre de 1928-2 de julio de 1989) nació en Salta, cuando un noviembre encendido, se queda para alumbrar el nacimiento de quien seria el hijo predilecto de las musas del territorio salteño, aunque la vida injusta se encargo de sembrar las semillas del olvido, sobre la árida tierra de muchos de sus comprovincianos, las alas inmortales de sus poemas y canciones redimieron tanto olvido y se quedaron para siempre habitando el inconsciente de su gente, aún hoy muchos silban sus canciones sin saber muy bien quien fue su autor.
“Y dónde otro país para esta sombra que los muros y la propia tierra, viniendo conmigo con las lámparas indecisas de la infancia y los corredores de la casa vieja, arrinconarse junto a mí sin preguntarme nunca, cuánto dura este tiempo de estar oyendo los relojes que ensayan el rumbo de mi sombra hasta la última muerte”.
El primer soplo de sombra helada penetra en su alma y bebe de ellas como el elixir que le daría por siempre una nueva vida marcada por las fronteras de los caminos espirituales.
La sangre azul de la poesía corría por sus venas, alimentando su alma de arcanos misterios y sondeaba el corazón de la noche como su propio dueño.
Donde las sombras se rebelan y el olvido tiembla con alas nuevas, donde se esconden las almas y se renuevan los profetas, en el pasaje de sombras con olor a madera nueva, fue gestando una vida que marcaría por siempre sus 63 años de profecías y misterio.
Nace en Salta un olvidado 1º de noviembre, de chico pasa sus días, mirando el lento transcurrir de los hijos de Güemes, va forjando su porvenir entre el olor nuevo del papel y las letras, apuntalando los maderos que sustentarían al gran poeta que empezaba a despuntar mediante escritos que luego se perderían en el humo del tiempo.
Sus siestas pasan en un conventillo de la calle Alvarado al 200, recuerdos que plasmara años mas tarde en el libro “El hombre de barro”, donde reina la felicidad de sus primeros años.
Escribió mucho y se mostró poco, quedan las cenizas de algunos de sus temas, hay otros que trascendieron más allá de las fronteras imaginables, “Pollera de septiembre”, “Anillo de humo”, “Pañuelo de amor”, “Tata Iguazú” (canción Litoraleña) y “Canción para Federico”, sin olvidar su tema más logrado, un tema que mezcla la metafísica, a mitología que ronda las costumbres de un pueblo y que se desliza en sus letras un dejo de pudor típico de gente de alas elevadas.
“A veces sigo a mi sombra a veces viene detrás pobrecita si me muero con quién va a andar. No es que se vuelque mi vino, lo derramo de intención mi sombra bebe y la vida es de los dos.”
Sumido en la pobreza aprendió de joven el arte de trabajar la madera, cincelaba el espíritu del tronco con la ardiente paciencia de quien acaricia una bella poesía, sus entradas y salidas del hospital empezaron su danza macabra, ya el diablo del vino se mezclaba entre los burdeles paganos que ardían en su cabeza, el libro de la noche abría sus hojas para bordar su nombre en luciérnagas de tristes colores.
* Jaro Godoy nació el 27 de julio de 1968 en Mar del Plata (General Pueyrredón, provincia de Buenos Aires). Poeta, periodista y escritor. Dedicado a estudios sobre Folklore y Literatura Salteña. Invitado en distintas circunstancias para referirse a la vida y obra de Manuel J. Castilla, Gustavo Leguizamón, Juan Carlos Dávalos, Julio Santos Espinosa… Publicó su primer libro El lenguaje del viento en enero de 1995, al año siguiente Poemas amarillos; Rituales de amor (1998), La Espada del silencio (2003). Sus obras fueron publicadas en revistas, diarios y antologías; algunas fueron traducidas al inglés y al portugués e incluidas en Antologías. Miembro de la SADE Atlántica (Sociedad Argentina de Escritores) e integrante de Comisión Directiva. Conductor del programa radial América en Movimiento desde Salta 21 (FM Noticias, 88.1). Reflexivo ante sucesivas modificaciones en las expresiones folklóricas del noroeste argentino. Oportuno y coherente, al señalar las características de algunos grupos que generan evidentes discriminaciones en el contexto cultural argentino.
* * * * * * * * *
Anécdotas
Dicen que cuando compuso su “vidala para mi sombra” a los veintisiete años ya miraba de otra manera, ya sé perdía buscando aquel horizonte fantástico donde bailan desnudas las vírgenes de la poesía.
Que Juan Carlos Dávalos le dijo en el año 55 que la vidala estaba predestinada por desconocidos designios ha convertirse en popularmente universal, y así sería nomás, ya que según los registros no tan precisos de Sadaic, la vidala de Espinosa como la llaman algunos es el segundo tema Argentino más grabado ya que arriba está “La cumparsita” y sigue de cerca “El día que me quieras”.
Que él no se la dio a Atahualpa Yupanqui contradiciendo en esto el rumor popular y que cuando la escucho por éste solo atino a decir que no lo convencía del todo la interpretación.
Dicen que su eterno romance con la muerte lo llevo de mano en mano de canción en canción, “Todas mis canciones tienen una señal muy triste, siempre terminan en muerte”. Dicen que Castilla solía corregirle los versos entre vino y vino, y la eterna broma que se repetía, “Este Julito se no va para arriba en cualquier momento”.
Casi todo artista folklórico hizo uso y abuso de tan delicado tema y esto se expandió al rock nacional multiplicando las grabaciones y se sumaron artistas internacionales que pusieron sus voces en esta vidala, algunos con más acercamiento espiritual que otros.
La sombra final
No podía ser de otra manera, tenía que irse en las alas del mismo silencio que lo vio llegar, acobardado por el aire enrarecido del hospital Christofredo Jacob que espantaban las musas de este inigualable creador Salteño, sabía de la música que le gusta a la muerte, sabía de su indiferente impaciencia, sabía que la poesía nunca termina en olvido, cruza los puentes reinventándose cada día, en un silbido de gorrión o en la plaza donde muere un beso apasionado, será por eso que cuando murió se paralizaron las diosas y en delicada armonía despidieron al cantor del pueblo.
Como un Orfeo de cristal nuestro poeta supo desviar los cursos naturales de las palabras y llevarlas hasta el altar mismo de la belleza, descifro el canto encendido de las sirenas y comando la gran caravana de antorchas dispuestas al hechizo.
Espíritu errante de sublime alas nos dejó como un manto divino el mantra sagrado de su pluma, de sus palabras quebradas, esa fibra invisible que nos ensambla a la danza nocturna de los ángeles...
Dicen que cuando murió, aquella tarde apurada, en Salta aparecían las primeras estrellas, y en la televisión empezaba “División Miami” cita obligatoria para muchos Salteños ya que era el único canal que contaban y como Dios ya lo había acomodado muy cerca suyo, quiso darle la justa despedida que merecía tan alto poeta, en aquel viejo capítulo de la serie al entrar en un burdel los protagonistas conversan con el soplón de turno, mientras atrás de ellos, siete mariachis entonan la “Vidala para mi sombra” de Julio Santo Espinosa, el poeta dejaba su tierra entre vítores y alabanzas mientras su sombra se dormía para siempre en el lento ritual de un doloroso adiós.
Noches blancas, astillándose, contra la sangre del horizonte de un vino, de aquel vino fantasmal que se apoderó de todas las sombras, mientras la tinta de su alma, lloraba en silencio por una melodía desconfiada que no volvería a ver, el tímido corazón de una guitarra, que callaba para siempre, dormida en la letanía de un ardido poeta.
Y tal vez deseas quedarte y no me quieras seguir pero, a quién has de arrimarte ¡me tienes tan sólo a mí! Achatadita y callada dónde podrás encontrar una sombra compañera que sufra igual. Sombrita cuidame mucho lo que tengas que dejar cuando me moje hasta adentro la oscuridad”.
* * * * * * * * * * *
Vidala para mi sombra
Por Julio Santos Espinosa (Salta, 1928-1989)
A veces sigo mi sombra
a veces viene detrás
pobrecita si me muero
con quien va a andar.
Achatadita y callada
donde podrás encontrar
una sombra compañera
que siga igual.
A veces sigo mi sombra
a veces viene detrás
pobrecita si me muero
con quien va a andar.
No es que se vuelque mi vino
lo derramo de intención
mi sombra bebe y la vida
es de los dos.
Sombrita cuidame mucho
lo que tenga que dejar
cuando me moje hasta adentro
la oscuridad.
A veces sigo mi sombra
a veces viene detrás
pobrecita si me muero
con quien va a andar
* * * * * * * * * * *
“Pañuelo de amor”
Zamba – Por Julio Santos Espinosa.
Prendido de una traba
tu pañuelito secándose
me llamaba diciendo
me duele mucho, despréndeme.
Que tendrá tu pañuelo
niña de Salta, que yo no sé
si está el tuyo y el mío
tan empapados de padecer.
No quiero que lo traigas
cuando me vengas a despedir
soy como tu pañuelo
viendo tu llanto no he de partir.
Palomita trampeada
tu pañuelito volando fue
andate palomita
nuestro cariño no puede ser.
No sé si en tu pañuelo
mi llanto de hombre pueda caber
cuanto llanto que cabe
en el pañuelo de una mujer.
No quiero que lo traigas
cuando me vengas a despedir
soy como tu pañuelo
viendo tu llanto no he de partir.
* * * * * * * * * * *
“Julio Espinosa en el recuerdo” Por Luis Andolfi *
Para recordar a Julio Espinosa no hace falta preguntar cómo era. Su imagen está en el aire y en las cosas de la ciudad, en su música y en sus coplas. Está en las noches y en las madrugadas, en el perfume de las maderas que habitaban su taller.
Espinosa le cantó a todo lo que existe, y creó formas para que los demás hombres cantaran con él.
Cuando la ciudad era una aldea (ayer, no más), Julio la recorría con su guitarra y con su bohemia, y se demoraba en sus esquinas y bares asiendo fantasmas y decires del pueblo.
Fue compositor, poeta y cantor, y nos legó obras inolvidables como “Pañuelo de amor”, “Pollera de septiembre”, “Anillo de humo”, “Pollerita colorada”, y muchas más, hasta llegar a la cima: “Vidala para mi sombra”, genuina e insoslayable expresión de sus días, anticipado duelo amoroso.
Dije alguna vez, a poco de morir el artista, que “Vidala para mi sombra” tenía destino propio. Mientras su autor permanecía en la pobreza, casi anónimo, solo y enfermo, la vidala alcanzó el reconocimiento internacional.
Grandes músicos, como Eduardo Falú y Atahualpa Yupanqui la interpretaron, floreándose. También fue elegida como fondo de películas estadounidenses, y era asunto de estudio en universidades europeas.
Julio Espinosa, además, incursionó en la narrativa. Y dejó un volumen de cuentos, “El hombre de barro”, como un juego más de sus inquietudes.
En la copla -esa herencia española que tan hondo enraizó entre nosotros-, Espinosa halló espacio para su vuelo.
Ese hombrazo que fue, de modales finos y pausados, se ganaba la vida (aunque la vida le ganó al final), construyendo pupitres, bibliotecas, camas, sillas y ventanas. Y en su taller, que muchas veces quedaba abandonado, solía descubrirnos los duendes de su espíritu entre los juguetes que imaginaba para sus hijos, mientras su guitarra aguardaba, paciente y confiada, su regreso.
Y al cabo, Julio se consumió en soledad y en olvido, en la sed que le imponían los que tantas veces bebieron su vino, en la ingratitud de los que él alegró siempre.
Una tarde de julio de 1989 calló su canto, mientras las cosas y seres de sus sueños se esfumaban entre las cenizas de una carpintería que había muerto mucho antes.
* Luis Andolfi, nació en Salta en 1939. Dirigió el Suplemento Literario del diario “El Intransigente” de Salta. Editorialista y autor de notas literarias, semblanzas de artistas y destacadas personalidades salteñas. Título de obras publicadas: Canciones a Rosalía - El pan que se ha caído - Oda al ocio - Del agua oscura remotamente clara- Antología El agua que más vale. Seleccionado su cuento La aventura, incluido en el libro “Cuentos Semana de Salta”. (Información en el Portal Informativo de Salta.)
* * * * * * * * * *
Interpretación coral de “VIDALA PARA MI SOMBRA”
Versión Coral: Eduardo Vallejo.
Quien disponga de la tecnología necesaria, podrá indicar en “Google” la siguiente trayectoria y escuchar una original interpretación desde “Recurso Coral-Cantoría Lugano”…
http://64.233.163.132/search?q=cache:2Z_NQ7KkIhMJ:www.recursocoral.com.ar/modules/x_movie/x_movie_view.php%3Fcid%3D1%26lid%3D86+%22Vidala+para+mi+sombra%22&cd=7&hl=es&ct=clnk&gl=ar
* * * * * * * * *
En el suplemento “Radar” de Página 12, el domingo 19 de abril de 2009 publicaron una nota de Chacho Echenique (integrante del Dúo Salteño junto a Patricio Jiménez) y es oportuno reiterar algunos párrafos:
Hay una vidala del compositor salteño Julio Espinoza, (sic) “Vidala para mi sombra”, que siempre recuerdo y me acompaña desde mi adolescencia.
La escuché gracias a la mano de algún duende que me llevó al Centro Argentino en Salta. Allí, después de un asado, cantaba Julio Espinoza, que convocaba con su voz, su magia, su poesía y su guitarra a todos los amigos para esos silencios sin aplausos.
Por primera vez me encontré con mi sombra y ahí aprendí a acariciar el tiempo, reconociendo huellas, silencios, demoras...
En esos tiempos mi única ilusión estaba puesta en buscar alguna perspectiva de subsistencia a través del deporte. Jugaba al fútbol en Juventud Antoniana, sin imaginar que años más tarde llegaría a Buenos Aires en un tren a Retiro para integrarme en la Primera División del Club Atlético Lanús. Luego me compró San Lorenzo de Almagro y en ese trajín de la gran ciudad, una guitarra que me regaló mi abuela me acompañó en las largas horas de concentración y soledad con esta “Vidala para mi sombra” y otros temas que cantaba en esos años.
Venía de una infancia de incertidumbre y pobreza, lejos de escuelas y universidades, traía esa necesidad de triunfar para “forjarme un porvenir económico y casarme como Dios manda...”
Esta ilusión fue propia de esa época. /…/ Ese romanticismo frustrado que han padecido muchos de mi generación, posiblemente nos condujo a laberintos de los que cada uno tuvo que salir de alguna forma. Muchos lo hicieron a través de la poesía, la música y todas las expresiones del arte. A mí me llevó coplas como: “De arriba vive lo verde/ del medio la rama dura/ de abajo son las raíces/ por donde nace la altura”. O: “La muerte es descanso ciego/ que se llena de osamenta/ y sólo sirve de abono/ cuando se queda en la tierra”. O las de esta “Vidala para mi sombra”.
Volviendo a Espinoza, este poeta que además era carpintero, querido por algunos e ignorado por otros, murió en un hospital neuropsiquiátrico, preguntando qué le había dejado la vida. La Salta de antes, como la de ahora, dividida en intereses económicos y sociales, se olvidó de su sombra. Menos mal que quedarán siempre esas voces que siguen a su sombra, develando misterios que aquellos dioses escondieron y que aún estamos buscando.
Aquí, la “Vidala para mi sombra” compuesta por el salteño Chacho Echenique y en esta transcripción escribo con “cursiva” los versos de la original de Julio Santos Espinosa:
Y dónde otro país
para esta sombra
que los muros y la propia tierra,
viniendo conmigo con las lámparas
indecisas de la infancia
y los corredores de la casa vieja,
arrinconarse junto a mí
sin preguntarme nunca,
cuánto dura este tiempo
de estar oyendo los relojes
que ensayan el rumbo
de mi sombra hasta la última muerte.
A veces sigo a mi sombra
a veces viene detrás,
pobrecita si me muero
con quién va a andar.
No es que se vuelque mi vino,
lo derramo de intención,
mi sombra bebe y la vida
es de los dos.
Y tal vez deseas quedarte
y no me quieras seguir,
pero a quién has de arrimarte
me tienes tan sólo a mí
Achatadita y callada,
dónde podrás encontrar
una sombra compañera
que siga igual.
Sombrita cuidame mucho
lo que tenga que dejar,
cuando me moje hasta adentro
la oscuridad.
Respetuoso HOMENAJE.
NIDIA ORBEA ÁLVAREZ DE FONTANINI
Santa Fe de la Vera Cruz.
República Argentina.
Les hago llegar este artículo que escribieran del amigo, músico, escritor, carpintero y buen amigo, aún conservo una mesa frailera, y los bancos que uso en mi comedor, no sabía música pero alguien de sus amistades, le escribía, mientras el tarareaba. Muy joven ya había escrito la vidala que lo llevó “al estrellato” y viajó a Bs. As. Lamentablemente regresó enfermo y fue su Sra. la que me pidió que lo hiciera atender con algún médico que lo sacara del vicio, lo internaron en el hospital pero el vicio lo llevaba a abandonar el hospital y terminó sus días en el neurosiquiátrico. En una oportunidad llegó Atahualpa Yupanky a Salta y lo invitaron a un asado que un grupo de amigos hacía los viernes, allí estaba Julio, y Yupanky no sabía, de sobremesa el interprete sacó su guitarra y entre las canciones, tocó la vidala, más o menos recuerdo que dijo que él únicamente interpretaba canciones de su autoría pero que esa vidala la tenía incluida en su repertorio.
Les saludo José Antonio
Es las páginas ARGENTINA – Pueblo a Pueblo II, publicaron varias notas elaboradas por el doctor José Antonio Gutiérrez y entre ellas, una titulada Centenaria Institución Salteña refiriéndose a obras del Centro Argentino de Socorros Mutuos y destacando que el 24 de junio de 1917 fue inaugurada “la Biblioteca Popular: ‘Gral. Bartolomé Mitre’, cubriendo una necesidad barrial”. Destacó luego: “En los años que visitaba el Centro, a esta biblioteca concurrían lectores como Julio Espinosa (autor de Vidala para mi sombra), Jacobo Regen (joven escritor salteño), José Ríos (ocupó la presidencia del Centro y es autor de numerosas letras folklóricas) y no puedo dejar de lado a un ilustre vecino: el ‘Barba’ Manuel J. Castilla.”
* * * * * * * * * * *
Julio Santos Espinosa: 63 años de profecías y misterio. Por Jaro Godoy. *
Julio Santos Espinosa (1º de noviembre de 1928-2 de julio de 1989) nació en Salta, cuando un noviembre encendido, se queda para alumbrar el nacimiento de quien seria el hijo predilecto de las musas del territorio salteño, aunque la vida injusta se encargo de sembrar las semillas del olvido, sobre la árida tierra de muchos de sus comprovincianos, las alas inmortales de sus poemas y canciones redimieron tanto olvido y se quedaron para siempre habitando el inconsciente de su gente, aún hoy muchos silban sus canciones sin saber muy bien quien fue su autor.
“Y dónde otro país para esta sombra que los muros y la propia tierra, viniendo conmigo con las lámparas indecisas de la infancia y los corredores de la casa vieja, arrinconarse junto a mí sin preguntarme nunca, cuánto dura este tiempo de estar oyendo los relojes que ensayan el rumbo de mi sombra hasta la última muerte”.
El primer soplo de sombra helada penetra en su alma y bebe de ellas como el elixir que le daría por siempre una nueva vida marcada por las fronteras de los caminos espirituales.
La sangre azul de la poesía corría por sus venas, alimentando su alma de arcanos misterios y sondeaba el corazón de la noche como su propio dueño.
Donde las sombras se rebelan y el olvido tiembla con alas nuevas, donde se esconden las almas y se renuevan los profetas, en el pasaje de sombras con olor a madera nueva, fue gestando una vida que marcaría por siempre sus 63 años de profecías y misterio.
Nace en Salta un olvidado 1º de noviembre, de chico pasa sus días, mirando el lento transcurrir de los hijos de Güemes, va forjando su porvenir entre el olor nuevo del papel y las letras, apuntalando los maderos que sustentarían al gran poeta que empezaba a despuntar mediante escritos que luego se perderían en el humo del tiempo.
Sus siestas pasan en un conventillo de la calle Alvarado al 200, recuerdos que plasmara años mas tarde en el libro “El hombre de barro”, donde reina la felicidad de sus primeros años.
Escribió mucho y se mostró poco, quedan las cenizas de algunos de sus temas, hay otros que trascendieron más allá de las fronteras imaginables, “Pollera de septiembre”, “Anillo de humo”, “Pañuelo de amor”, “Tata Iguazú” (canción Litoraleña) y “Canción para Federico”, sin olvidar su tema más logrado, un tema que mezcla la metafísica, a mitología que ronda las costumbres de un pueblo y que se desliza en sus letras un dejo de pudor típico de gente de alas elevadas.
“A veces sigo a mi sombra a veces viene detrás pobrecita si me muero con quién va a andar. No es que se vuelque mi vino, lo derramo de intención mi sombra bebe y la vida es de los dos.”
Sumido en la pobreza aprendió de joven el arte de trabajar la madera, cincelaba el espíritu del tronco con la ardiente paciencia de quien acaricia una bella poesía, sus entradas y salidas del hospital empezaron su danza macabra, ya el diablo del vino se mezclaba entre los burdeles paganos que ardían en su cabeza, el libro de la noche abría sus hojas para bordar su nombre en luciérnagas de tristes colores.
* Jaro Godoy nació el 27 de julio de 1968 en Mar del Plata (General Pueyrredón, provincia de Buenos Aires). Poeta, periodista y escritor. Dedicado a estudios sobre Folklore y Literatura Salteña. Invitado en distintas circunstancias para referirse a la vida y obra de Manuel J. Castilla, Gustavo Leguizamón, Juan Carlos Dávalos, Julio Santos Espinosa… Publicó su primer libro El lenguaje del viento en enero de 1995, al año siguiente Poemas amarillos; Rituales de amor (1998), La Espada del silencio (2003). Sus obras fueron publicadas en revistas, diarios y antologías; algunas fueron traducidas al inglés y al portugués e incluidas en Antologías. Miembro de la SADE Atlántica (Sociedad Argentina de Escritores) e integrante de Comisión Directiva. Conductor del programa radial América en Movimiento desde Salta 21 (FM Noticias, 88.1). Reflexivo ante sucesivas modificaciones en las expresiones folklóricas del noroeste argentino. Oportuno y coherente, al señalar las características de algunos grupos que generan evidentes discriminaciones en el contexto cultural argentino.
* * * * * * * * *
Anécdotas
Dicen que cuando compuso su “vidala para mi sombra” a los veintisiete años ya miraba de otra manera, ya sé perdía buscando aquel horizonte fantástico donde bailan desnudas las vírgenes de la poesía.
Que Juan Carlos Dávalos le dijo en el año 55 que la vidala estaba predestinada por desconocidos designios ha convertirse en popularmente universal, y así sería nomás, ya que según los registros no tan precisos de Sadaic, la vidala de Espinosa como la llaman algunos es el segundo tema Argentino más grabado ya que arriba está “La cumparsita” y sigue de cerca “El día que me quieras”.
Que él no se la dio a Atahualpa Yupanqui contradiciendo en esto el rumor popular y que cuando la escucho por éste solo atino a decir que no lo convencía del todo la interpretación.
Dicen que su eterno romance con la muerte lo llevo de mano en mano de canción en canción, “Todas mis canciones tienen una señal muy triste, siempre terminan en muerte”. Dicen que Castilla solía corregirle los versos entre vino y vino, y la eterna broma que se repetía, “Este Julito se no va para arriba en cualquier momento”.
Casi todo artista folklórico hizo uso y abuso de tan delicado tema y esto se expandió al rock nacional multiplicando las grabaciones y se sumaron artistas internacionales que pusieron sus voces en esta vidala, algunos con más acercamiento espiritual que otros.
La sombra final
No podía ser de otra manera, tenía que irse en las alas del mismo silencio que lo vio llegar, acobardado por el aire enrarecido del hospital Christofredo Jacob que espantaban las musas de este inigualable creador Salteño, sabía de la música que le gusta a la muerte, sabía de su indiferente impaciencia, sabía que la poesía nunca termina en olvido, cruza los puentes reinventándose cada día, en un silbido de gorrión o en la plaza donde muere un beso apasionado, será por eso que cuando murió se paralizaron las diosas y en delicada armonía despidieron al cantor del pueblo.
Como un Orfeo de cristal nuestro poeta supo desviar los cursos naturales de las palabras y llevarlas hasta el altar mismo de la belleza, descifro el canto encendido de las sirenas y comando la gran caravana de antorchas dispuestas al hechizo.
Espíritu errante de sublime alas nos dejó como un manto divino el mantra sagrado de su pluma, de sus palabras quebradas, esa fibra invisible que nos ensambla a la danza nocturna de los ángeles...
Dicen que cuando murió, aquella tarde apurada, en Salta aparecían las primeras estrellas, y en la televisión empezaba “División Miami” cita obligatoria para muchos Salteños ya que era el único canal que contaban y como Dios ya lo había acomodado muy cerca suyo, quiso darle la justa despedida que merecía tan alto poeta, en aquel viejo capítulo de la serie al entrar en un burdel los protagonistas conversan con el soplón de turno, mientras atrás de ellos, siete mariachis entonan la “Vidala para mi sombra” de Julio Santo Espinosa, el poeta dejaba su tierra entre vítores y alabanzas mientras su sombra se dormía para siempre en el lento ritual de un doloroso adiós.
Noches blancas, astillándose, contra la sangre del horizonte de un vino, de aquel vino fantasmal que se apoderó de todas las sombras, mientras la tinta de su alma, lloraba en silencio por una melodía desconfiada que no volvería a ver, el tímido corazón de una guitarra, que callaba para siempre, dormida en la letanía de un ardido poeta.
Y tal vez deseas quedarte y no me quieras seguir pero, a quién has de arrimarte ¡me tienes tan sólo a mí! Achatadita y callada dónde podrás encontrar una sombra compañera que sufra igual. Sombrita cuidame mucho lo que tengas que dejar cuando me moje hasta adentro la oscuridad”.
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Vidala para mi sombra
Por Julio Santos Espinosa (Salta, 1928-1989)
A veces sigo mi sombra
a veces viene detrás
pobrecita si me muero
con quien va a andar.
Achatadita y callada
donde podrás encontrar
una sombra compañera
que siga igual.
A veces sigo mi sombra
a veces viene detrás
pobrecita si me muero
con quien va a andar.
No es que se vuelque mi vino
lo derramo de intención
mi sombra bebe y la vida
es de los dos.
Sombrita cuidame mucho
lo que tenga que dejar
cuando me moje hasta adentro
la oscuridad.
A veces sigo mi sombra
a veces viene detrás
pobrecita si me muero
con quien va a andar
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“Pañuelo de amor”
Zamba – Por Julio Santos Espinosa.
Prendido de una traba
tu pañuelito secándose
me llamaba diciendo
me duele mucho, despréndeme.
Que tendrá tu pañuelo
niña de Salta, que yo no sé
si está el tuyo y el mío
tan empapados de padecer.
No quiero que lo traigas
cuando me vengas a despedir
soy como tu pañuelo
viendo tu llanto no he de partir.
Palomita trampeada
tu pañuelito volando fue
andate palomita
nuestro cariño no puede ser.
No sé si en tu pañuelo
mi llanto de hombre pueda caber
cuanto llanto que cabe
en el pañuelo de una mujer.
No quiero que lo traigas
cuando me vengas a despedir
soy como tu pañuelo
viendo tu llanto no he de partir.
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“Julio Espinosa en el recuerdo” Por Luis Andolfi *
Para recordar a Julio Espinosa no hace falta preguntar cómo era. Su imagen está en el aire y en las cosas de la ciudad, en su música y en sus coplas. Está en las noches y en las madrugadas, en el perfume de las maderas que habitaban su taller.
Espinosa le cantó a todo lo que existe, y creó formas para que los demás hombres cantaran con él.
Cuando la ciudad era una aldea (ayer, no más), Julio la recorría con su guitarra y con su bohemia, y se demoraba en sus esquinas y bares asiendo fantasmas y decires del pueblo.
Fue compositor, poeta y cantor, y nos legó obras inolvidables como “Pañuelo de amor”, “Pollera de septiembre”, “Anillo de humo”, “Pollerita colorada”, y muchas más, hasta llegar a la cima: “Vidala para mi sombra”, genuina e insoslayable expresión de sus días, anticipado duelo amoroso.
Dije alguna vez, a poco de morir el artista, que “Vidala para mi sombra” tenía destino propio. Mientras su autor permanecía en la pobreza, casi anónimo, solo y enfermo, la vidala alcanzó el reconocimiento internacional.
Grandes músicos, como Eduardo Falú y Atahualpa Yupanqui la interpretaron, floreándose. También fue elegida como fondo de películas estadounidenses, y era asunto de estudio en universidades europeas.
Julio Espinosa, además, incursionó en la narrativa. Y dejó un volumen de cuentos, “El hombre de barro”, como un juego más de sus inquietudes.
En la copla -esa herencia española que tan hondo enraizó entre nosotros-, Espinosa halló espacio para su vuelo.
Ese hombrazo que fue, de modales finos y pausados, se ganaba la vida (aunque la vida le ganó al final), construyendo pupitres, bibliotecas, camas, sillas y ventanas. Y en su taller, que muchas veces quedaba abandonado, solía descubrirnos los duendes de su espíritu entre los juguetes que imaginaba para sus hijos, mientras su guitarra aguardaba, paciente y confiada, su regreso.
Y al cabo, Julio se consumió en soledad y en olvido, en la sed que le imponían los que tantas veces bebieron su vino, en la ingratitud de los que él alegró siempre.
Una tarde de julio de 1989 calló su canto, mientras las cosas y seres de sus sueños se esfumaban entre las cenizas de una carpintería que había muerto mucho antes.
* Luis Andolfi, nació en Salta en 1939. Dirigió el Suplemento Literario del diario “El Intransigente” de Salta. Editorialista y autor de notas literarias, semblanzas de artistas y destacadas personalidades salteñas. Título de obras publicadas: Canciones a Rosalía - El pan que se ha caído - Oda al ocio - Del agua oscura remotamente clara- Antología El agua que más vale. Seleccionado su cuento La aventura, incluido en el libro “Cuentos Semana de Salta”. (Información en el Portal Informativo de Salta.)
* * * * * * * * * *
Interpretación coral de “VIDALA PARA MI SOMBRA”
Versión Coral: Eduardo Vallejo.
Quien disponga de la tecnología necesaria, podrá indicar en “Google” la siguiente trayectoria y escuchar una original interpretación desde “Recurso Coral-Cantoría Lugano”…
http://64.233.163.132/search?q=cache:2Z_NQ7KkIhMJ:www.recursocoral.com.ar/modules/x_movie/x_movie_view.php%3Fcid%3D1%26lid%3D86+%22Vidala+para+mi+sombra%22&cd=7&hl=es&ct=clnk&gl=ar
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En el suplemento “Radar” de Página 12, el domingo 19 de abril de 2009 publicaron una nota de Chacho Echenique (integrante del Dúo Salteño junto a Patricio Jiménez) y es oportuno reiterar algunos párrafos:
Hay una vidala del compositor salteño Julio Espinoza, (sic) “Vidala para mi sombra”, que siempre recuerdo y me acompaña desde mi adolescencia.
La escuché gracias a la mano de algún duende que me llevó al Centro Argentino en Salta. Allí, después de un asado, cantaba Julio Espinoza, que convocaba con su voz, su magia, su poesía y su guitarra a todos los amigos para esos silencios sin aplausos.
Por primera vez me encontré con mi sombra y ahí aprendí a acariciar el tiempo, reconociendo huellas, silencios, demoras...
En esos tiempos mi única ilusión estaba puesta en buscar alguna perspectiva de subsistencia a través del deporte. Jugaba al fútbol en Juventud Antoniana, sin imaginar que años más tarde llegaría a Buenos Aires en un tren a Retiro para integrarme en la Primera División del Club Atlético Lanús. Luego me compró San Lorenzo de Almagro y en ese trajín de la gran ciudad, una guitarra que me regaló mi abuela me acompañó en las largas horas de concentración y soledad con esta “Vidala para mi sombra” y otros temas que cantaba en esos años.
Venía de una infancia de incertidumbre y pobreza, lejos de escuelas y universidades, traía esa necesidad de triunfar para “forjarme un porvenir económico y casarme como Dios manda...”
Esta ilusión fue propia de esa época. /…/ Ese romanticismo frustrado que han padecido muchos de mi generación, posiblemente nos condujo a laberintos de los que cada uno tuvo que salir de alguna forma. Muchos lo hicieron a través de la poesía, la música y todas las expresiones del arte. A mí me llevó coplas como: “De arriba vive lo verde/ del medio la rama dura/ de abajo son las raíces/ por donde nace la altura”. O: “La muerte es descanso ciego/ que se llena de osamenta/ y sólo sirve de abono/ cuando se queda en la tierra”. O las de esta “Vidala para mi sombra”.
Volviendo a Espinoza, este poeta que además era carpintero, querido por algunos e ignorado por otros, murió en un hospital neuropsiquiátrico, preguntando qué le había dejado la vida. La Salta de antes, como la de ahora, dividida en intereses económicos y sociales, se olvidó de su sombra. Menos mal que quedarán siempre esas voces que siguen a su sombra, develando misterios que aquellos dioses escondieron y que aún estamos buscando.
Aquí, la “Vidala para mi sombra” compuesta por el salteño Chacho Echenique y en esta transcripción escribo con “cursiva” los versos de la original de Julio Santos Espinosa:
Y dónde otro país
para esta sombra
que los muros y la propia tierra,
viniendo conmigo con las lámparas
indecisas de la infancia
y los corredores de la casa vieja,
arrinconarse junto a mí
sin preguntarme nunca,
cuánto dura este tiempo
de estar oyendo los relojes
que ensayan el rumbo
de mi sombra hasta la última muerte.
A veces sigo a mi sombra
a veces viene detrás,
pobrecita si me muero
con quién va a andar.
No es que se vuelque mi vino,
lo derramo de intención,
mi sombra bebe y la vida
es de los dos.
Y tal vez deseas quedarte
y no me quieras seguir,
pero a quién has de arrimarte
me tienes tan sólo a mí
Achatadita y callada,
dónde podrás encontrar
una sombra compañera
que siga igual.
Sombrita cuidame mucho
lo que tenga que dejar,
cuando me moje hasta adentro
la oscuridad.
Respetuoso HOMENAJE.
NIDIA ORBEA ÁLVAREZ DE FONTANINI
Santa Fe de la Vera Cruz.
República Argentina.
JOSE ANTONIO GUTIERREZ
Navegando en la web -lo digo tan sencillo y sorondo, como si fuera un marinero cibernético y apenas me muevo en estas aguas- decía, encontré una carta publicada en el Diario El Clarín de Buenos Aires que tocaba temas de nuestra querida tierra salteña y, sobre todo, de la ciudad al pie del San Bernardo -cerro querido pero poco homenajeado por poetas y músicos- Este artículo, pintaba a grandes trazos el siglo que hace ya casi una década nos dejara; la pluma ágil y memoriosa de este ex alumno de la escuela Justo José de Urquiza, claustro de las primeras letras de varios distinguidos de nuestra ciudad, me llevó a reflexionar como los usos y costumbres cambian, se misturan o desaparecen completamente.
El dueño de estas palabras que despertaron comentarios en todo los rincones, incluso se leía lo escrito por el conocido "Bocha" Urquiza -que siempre me preguntaban: ¿Qué sos del "Bocha"? y yo decía no soy nada; aunque siempre me preguntaba ¿cómo puede ser tan recordada una persona que se fuera hace tanto tiempo?- Bien, decía que el dueño de estas palabras era don José Antonio Gutiérrez...
Le escribí a Gutiérrez solicitando su autorización para publicar en el blog esa carta escrita en el querido barrio de Palermo (B. Aires), aclarándole que si realmente no eran sus deseos de acceder a mi pedido, le pedía disculpas por las molestias, quedando a su disposición para cuestiones similares. Su respuesta no tardó en llegar, me dijo:
"Estoy sorprendido por su pedido por cuanto las notas publicadas fueron escritas con el interés de que se conozca La SALTA que viví y que me permitió contactactarme con un gran número de argentinos de diversos lugares. Hasta tuve entrevistas radiales, por Radio Continental y otras entre las que se cuentan a la de San Nicolas y de Córdoba. También coseché elogios de gente muy importante, como la Sra. Rita GERBAUDO de Jovita (Córdoba), o la Sra. Nidia ORBEA de FONTANINI de la ciudad de Santa Fé. cuyos antecedentes los puede ver en Google. Y llegamos al día de hoy, donde Ud. me solicita autorización para publicar. Es para mí una distinción ,que agradezco el que me haya tenido en cuenta. Desde ya agradezco su pedido y quedo a su disposición. Soy bioquimico de profesión y deseo que conozcan a una salteña residente en Buenos Aires: Lidia CARRIZO, escritora y nieta de un músico de la época del "Fiero" ARIAS; como así a otra poetisa de Gonet (La Plata), admiradora de nuestro poeta CASTILLA y compositora junto a Nito NEBIA: Cecilia NELLA, no es familiar del escitor. atte. JAG"
Le agradecemos a don José Antonio Gutiérrez y le damos la bienvenida a Salta, Nuestra Cultura...
El dueño de estas palabras que despertaron comentarios en todo los rincones, incluso se leía lo escrito por el conocido "Bocha" Urquiza -que siempre me preguntaban: ¿Qué sos del "Bocha"? y yo decía no soy nada; aunque siempre me preguntaba ¿cómo puede ser tan recordada una persona que se fuera hace tanto tiempo?- Bien, decía que el dueño de estas palabras era don José Antonio Gutiérrez...
Le escribí a Gutiérrez solicitando su autorización para publicar en el blog esa carta escrita en el querido barrio de Palermo (B. Aires), aclarándole que si realmente no eran sus deseos de acceder a mi pedido, le pedía disculpas por las molestias, quedando a su disposición para cuestiones similares. Su respuesta no tardó en llegar, me dijo:
"Estoy sorprendido por su pedido por cuanto las notas publicadas fueron escritas con el interés de que se conozca La SALTA que viví y que me permitió contactactarme con un gran número de argentinos de diversos lugares. Hasta tuve entrevistas radiales, por Radio Continental y otras entre las que se cuentan a la de San Nicolas y de Córdoba. También coseché elogios de gente muy importante, como la Sra. Rita GERBAUDO de Jovita (Córdoba), o la Sra. Nidia ORBEA de FONTANINI de la ciudad de Santa Fé. cuyos antecedentes los puede ver en Google. Y llegamos al día de hoy, donde Ud. me solicita autorización para publicar. Es para mí una distinción ,que agradezco el que me haya tenido en cuenta. Desde ya agradezco su pedido y quedo a su disposición. Soy bioquimico de profesión y deseo que conozcan a una salteña residente en Buenos Aires: Lidia CARRIZO, escritora y nieta de un músico de la época del "Fiero" ARIAS; como así a otra poetisa de Gonet (La Plata), admiradora de nuestro poeta CASTILLA y compositora junto a Nito NEBIA: Cecilia NELLA, no es familiar del escitor. atte. JAG"
Le agradecemos a don José Antonio Gutiérrez y le damos la bienvenida a Salta, Nuestra Cultura...
EN PALERMO ME ACORDE DE SALTA Y DEL SIGLO QUE SE IBA
Este borrador lo escribí en la Capital Federal, una tarde de 3l de diciembre, cuando íbamos dejando el siglo XX para entrar al XXI. Por motivos familiares, nos trasladamos a la Ciudad de Buenos Aires, a festejar este cambio de siglo y nos instalamos en el barrio de Palermo Viejo. Llegó el 31 de diciembre y en un atardecer caliente comencé a caminar por esas callecitas de Buenos Aires, que tienen un no sé que.. (como dice el tango) y enfilé por Avenida Del Libertador hasta llegar a Sarmiento, frente al monumento a Los Españoles. Cansado de tanto andar, me senté en la pared que sostiene la verja del Zoológico y en esta improvisada platea me quedé pensando y tratando de hacer un resumen de lo que viví, de lo que pasó, y de lo que se iba con el siglo XX.
Mientras iba despidiendo el año, recordaba mi niñez en la escuela primaria, mi querida Escuela Urquiza de la ciudad de Salta, dibujando palotes en un cuaderno de cuadrícula inclinada, para continuar por la cuadrícula vertical, pasando luego por la doble raya, hasta llegar al vigente rayado. Con curvas y palotes fui armando mis primeras palabras, que no podían ser otras que Mamá y Papá, para continuar con ala, oso, mesa, tiza, casa, con letra de carta y con letra de imprenta, y con agudos alaridos en un coro de voces infantiles repetíamos las palabras escritas en el pizarrón y que la maestra nos indicaba con un puntero: ALA CON LETRA DE CARTA, ALA CON LETRA DE IMPRENTA, como deseando ser escuchados en todo el valle de Lerma. Con maíces, porotos o botones que llevábamos en una bolsita de fabricación casera y alternando con aquel contador de bolitas de colores, iniciábamos tareas contables para sumar y restar. Con el correr de los años, incorporamos las letras mayúsculas, letras góticas, números romanos y las manchas de tinta en las manos y el almidonado guardapolvo blanco, que con tanto esmero planchaban las madres, con aquella humeante plancha metálica alimentada con carbón. Aún la recuerdo a mi madre soplando de a ratos la plancha, para que no se apagaran las brasas y la veo humedeciendo uno de sus dedos para tener una idea de la temperatura de este artefacto, que en algunos hogares hoy es adorno. Dificulto que niños de mi generación, no se enchastraran en esta tarea escolar del uso de la lapicera con pluma metálica y el tinterito que tenía por soporte la caja de polvos que había usado la mamá y un “ponchito” de tela que le ponían a fin de que descargaran el exceso de tinta antes de escribir.
A pocos metros de “mi segundo hogar”, la escuela, estaba mi primer hogar, donde mi padre tenía su negocio, almacén y bar. Una esquina, que para la época, funcionaba como terminal de los ómnibus que iban a los pueblos vecinos. Por una circunstancia especial, aquel almacén tuvo clientes que les llamaríamos “vip”. En la década del 40 se filmaba una película que hasta el día de hoy es famosa, por muchos motivos, pero quiero recordar a sus actores que en horas de la mañana venían desde su alojamiento en un hotel céntrico, distante a una cuadra y casi siempre entraban en el negocio para hacer alguna comprita, y ante la curiosidad nuestra, mi padre nos comentó que esos señores estaban filmando una película que se llamó “La Guerra Gaucha”. Hoy tan solo recuerdo a Don Enrique Muiño, pero sus acompañantes eran nada más ni nada menos que Francisco Petrone, Sebastián Chiola, Angel Magaña y su director Lucas Demare. Pasaban por el boliche, porque enfrente estaba el Comando Militar y desde allí los transportaban a una finca cercana, donde filmaban. Otro cliente “vip”, quizás en aquellos años no sería tan famoso, fue Don Atahualpa Yupanqui, que en horas de la tarde entraba al negocio junto con su guitarra, para seguir rumbo a la única radio que tenía Salta, donde él actuaba.
Alternando las horas de clase con sus descansos y vacaciones, teníamos nuestros juegos de muy bajo costo que vale la pena recordar: la payana (con piedritas), el tilín campana, saltar a la soga, la escondida, el balero (de madera o con una latita de picadillo), el rango, las bolillas, el trompo, la cometa, la pelota de trapo, el auto de carrera fabricado con latas de aceite, las tapitas (con cajitas de fósforos y con las tapas de cartón encerado de las botellas de leche), larga es la lista. Poco a poco, fue llegando la industria del juguete: el tren eléctrico, el mecano, el manomóvil, los patines, el triciclo, la bicicleta, el monopatín, los soldaditos de plomo y aquella muñequita de trapo, de fabricación casera, con su ropita artesanal y que pintaban las mamás, fue reemplazada por Marilú (por ahí quedan algunas “vivientes”, que en sus mocedades, las madres como sinónimo de muñequita les pusieron Marilú – y así están) y quedaron para la historia del juguete, o en la repisa de alguna abuela cuidadosa que aún la tiene sentadita junto a su bebote de carey. El consumismo reemplazó a Marilú por la Barbie, con su costoso vestuario y accesorios, los patines por los rollers, la bicicleta por las todoterreno.
Los deportes se fueron sumando con éxitos dispares, al fútbol de Titonel y Alberti o Salomón que las oficiaban de bacs, de Rodolfi centrojá, de Lángara centrofobal, les fui perdiendo sus posiciones, sólo sé que el hombrecito que está debajo de los tres palos se llama arquero, quiero que alguien me diga que es el stopper. El boxeo sigue igual, el mismo lenguaje: cros, apercat, hubo campeones nacionales y mundiales como Pascual Pérez, Carlos Monzón y sigue la serie. El ciclismo continúa su pedaleo; en nuestros pagos, hubo carreras en rutas donde participaron figuras nacionales: Sevillano, Bertola y otros, en la Vuelta del Norte – en varias etapas - La doble Jujuy, La Cafayateña, o en las 12 horas a la Americana, en una pista ya desaparecida, o la Clásica 1º de mayo que a través de los años, ya está en el calendario internacional. Al Basquet lo recuerdo con el campeonato donde un Señor Furlong fue figura destacada, hoy veo que sigue en ascenso. Al Rugby no le presté mucha atención, sólo sé que existen Los Pumas, lo mismo que al softbol, béisbol, hockey, polo, bochas o natación, que perdió su waterpolo, una especie de básquet acuático con arquero. De mi adolescencia recuerdo con gran emoción, aquella carrera de autos en ruta: la Buenos Aires- Caracas. Partían de la Capital Federal a la cero hora y llegaban a nuestra ciudad pasado el mediodía, por caminos polvorientos y en autos preparados por habilidosos mecánicos argentinos. Esta competencia paralizaba la actividad salteña, mis coterráneos con “la oreja” pegada a la radio del “ojo mágico” y con el relato de Luis Elías Sojit seguían a los punteros, que al llegar a localidades cercanas a la ciudad nos llevaron a tomar ubicación en “el portezuelo” -la entrada a Salta- y ver pasar a Fangio, los hermanos Gálvez, Marimón, y hasta un “pollo” salteño el Doctor Mesples. Suponíamos que eran ellos, porque el barro y el polvo cubrían los autos. Descansaban en Salta, primera etapa, hoteles y talleres se llenaban de curiosos por ver a los ídolos. Luego, seguirían a La Paz -Bolivia- pasando por Jujuy. Nuevamente los salteños amontonados en la madrugada de la partida. Partieron y nunca más se repitió esta carrera. Poco a poco aquellas simpáticas “cupecitas” desaparecieron de las rutas argentinas y las carreras se trasladaron a las improvisadas pistas, circuitos callejeros, la de Retiro, Mar del Plata, o la del Parque Independencia en Rosario. Es aquí, cuando llegan los “monstruos” del automovilismo europeo: Luigi Villoresi, Aquile Varsi, Giuseppe Farina, y aparecen en escena aquellos intrépidos de las rutas argentinas, Fangio, Gálvez, González y terminando este siglo Reuteman. Y voy dejando lo poco que memorizo de deportes para cerrar con aquella Telefoto que publicaron la tapa de los diarios con la figura de Delfo Cabrera, ganador de la Maratón en las Olimpíadas de Londres.
Desde aquella histórica telefoto, el mundo se nos acerca rápidamente, hasta llegar a la TV de nuestros días, y comenzamos a incorporar una catarata de palabras raras : windo, maus, escáner, bafle, ecualizador, longpley, compac, casette, etcétera. La electrónica también nos trajo adelantos muy importantes para la ciencia y las comunicaciones: electrocardiograma, densitometría, tomografía, ecografía y muchas “grafías “ más.
Hablando de vehículos motorizados, recordaba mis viajes a Tucumán en aquellos ómnibus que llevaban el equipaje en el techo y lo cubrían con lona por la dudas lloviera, y pasamos al bus cama, el leyton; la vuatiré pasó a ser cupé, apareció el yip, la 4 x 4, el unimoc, y al viejo y querido tranvía, lo reemplazó el troleybus. Hoy si queremos viajar en el tranvía iremos a Puerto Madero, pero no será igual al que me transportaba en Tucumán con sus asientos de tablas. El tren fue otro “difunto” en esta zona y quedan rieles cubiertos de yuyos, y postes de aquel viejo telégrafo que el jefe usaba para transmitir el paso del convoy. Aquel ferroviario hoy estará jugando con sus nietos, con el tiqui – tiqui – taca del alfabeto morse, y el telegrafista del correo ya no enviará “los telegramas de lujo” para el casamiento de pariente o felicitando en el cumpleaños al amigo. Con aquel tren se fue también el cochemotor que era una “oruga metálica plateada” en que viajaban, estudiantes y maestros a los pueblos vecinos. En la década del cuarenta, nuestros comprovincianos ya utilizaban el avión comercial, una línea aérea que se llamaba Panagra, que iba hasta Lima, y nuevamente otras palabras se incorporaron a nuestro lenguaje: azafata, bisness clas, catering. Los viajes en barco quedaron para los pudientes o para aquellos que retornaban a visitar a sus parientes en Europa, los de tierra adentro recordamos a esos enormes paquebotes en las películas. El apuro nos llevó al boing, al yumbo o al veloz avión francés ya desaparecido.
El fiao del almacenero, en la libreta de tapa de hule negro, quedó de lado cuando se empezó a hablar de cuenta corriente, tarjeta de crédito y débito. Del ventilador de techo – al que volvimos – pasamos al aire acondicionado, “del maestro panadero” al horno rotativo, del teléfono con manija, al celular. Viper, radiollamada, fax, se fueron sumando para comunicarnos hasta que llegó el mail, y el tiempo se llevó el telegrama y a la operadora que nos daba línea para larga distancia .La onda corta y larga partieron al llegar el satélite y la AM y FM. Ahora lo grande es mega y lo chico es mini, lo muy grande hiper y el mercado es market o shopping. El viejo cabaret quedó en la penumbra, con sus gorditas de descoloridos trajes brillosos, rotas lentejuelas y mostacillas, sus traposas portaligas y “corridas” medias negras, es que surgió la competencia, primero fue la buat que en poco tiempo se convirtió en la disco y terminó en boliche.
Aquel señor tan distinguido, luciendo su siempre bien planchado traje oscuro y sobretodo en días de invierno, que alternaba con otro abrigo que llamaban perramus, lo fue llevando el tiempo, hoy parece volver, sobre todo en los funcionarios, letrados o gerentes. Pero fueron abandonando el sombrero que debía estar a tono con el traje. Al llegar el verano, el traje blanco de hilo debía ser acompañado por el sombrero de Panamá o el “rancho y paja”. A estos señores los calificaban como gentleman. El atuendo no terminaba en el traje y el sombrero, se sumaban anchos tiradores, y ligas para sujetar las medias hasta que llegó el strich, camisas con endurecidos cuellos y puños acartonados por el almidón permitían al doble ojal lucir gemelos con iniciales del portador. A veces, al pasar por una céntrica esquina de mi Salta querida, imagino al sastre que estaba sentadito en la puerta de su negocio, la cinta métrica envolviendo su cuello, en uno de sus brazos una almohadilla cubierta de alfileres, y sobre sus piernas una prenda llena de hilvanes, con la compañía de aquella figura descabezada y sin brazos que llamaban “manequín”. Estos artesanos de las prendas masculinas, fueron desapareciendo con la industria del vestido. De política mejor no hablar, dejo para los entendidos y los historiadores este capítulo.
Ya la tarde se fue y dos raros animalitos, huéspedes del Zoológico, por su curiosidad, me hicieron compañía y partieron a su cucha (parecen liebres, pero no lo son). Despidiéndome de estos raros bichos que caminan, vi pasar a jóvenes de este siglo que se va, y no le temen al peligro, montados en este artefacto de dos ruedas que le llaman enduro, mientras veloces conductores presurosos por despedir al año, buscan llegar a sus hogares.
Estaba anocheciendo, e iba dejando la improvisada platea y un año más . Los niños de esta década, pronto serán del siglo pasado y si “duramos” seré del pasado siglo.
Como salteño que soy, mientras caminaba por Libertador, emprendí el regreso al hogar, a ratos tarareando y a ratos silbando aquella zamba que escribiera Jaime Dávalos: “Busco al fondo de la calle un cerro pero encuentro un cielo y nada más...”
JOSÉ ANTONIO GUTIERREZ (Salta)
Mientras iba despidiendo el año, recordaba mi niñez en la escuela primaria, mi querida Escuela Urquiza de la ciudad de Salta, dibujando palotes en un cuaderno de cuadrícula inclinada, para continuar por la cuadrícula vertical, pasando luego por la doble raya, hasta llegar al vigente rayado. Con curvas y palotes fui armando mis primeras palabras, que no podían ser otras que Mamá y Papá, para continuar con ala, oso, mesa, tiza, casa, con letra de carta y con letra de imprenta, y con agudos alaridos en un coro de voces infantiles repetíamos las palabras escritas en el pizarrón y que la maestra nos indicaba con un puntero: ALA CON LETRA DE CARTA, ALA CON LETRA DE IMPRENTA, como deseando ser escuchados en todo el valle de Lerma. Con maíces, porotos o botones que llevábamos en una bolsita de fabricación casera y alternando con aquel contador de bolitas de colores, iniciábamos tareas contables para sumar y restar. Con el correr de los años, incorporamos las letras mayúsculas, letras góticas, números romanos y las manchas de tinta en las manos y el almidonado guardapolvo blanco, que con tanto esmero planchaban las madres, con aquella humeante plancha metálica alimentada con carbón. Aún la recuerdo a mi madre soplando de a ratos la plancha, para que no se apagaran las brasas y la veo humedeciendo uno de sus dedos para tener una idea de la temperatura de este artefacto, que en algunos hogares hoy es adorno. Dificulto que niños de mi generación, no se enchastraran en esta tarea escolar del uso de la lapicera con pluma metálica y el tinterito que tenía por soporte la caja de polvos que había usado la mamá y un “ponchito” de tela que le ponían a fin de que descargaran el exceso de tinta antes de escribir.
A pocos metros de “mi segundo hogar”, la escuela, estaba mi primer hogar, donde mi padre tenía su negocio, almacén y bar. Una esquina, que para la época, funcionaba como terminal de los ómnibus que iban a los pueblos vecinos. Por una circunstancia especial, aquel almacén tuvo clientes que les llamaríamos “vip”. En la década del 40 se filmaba una película que hasta el día de hoy es famosa, por muchos motivos, pero quiero recordar a sus actores que en horas de la mañana venían desde su alojamiento en un hotel céntrico, distante a una cuadra y casi siempre entraban en el negocio para hacer alguna comprita, y ante la curiosidad nuestra, mi padre nos comentó que esos señores estaban filmando una película que se llamó “La Guerra Gaucha”. Hoy tan solo recuerdo a Don Enrique Muiño, pero sus acompañantes eran nada más ni nada menos que Francisco Petrone, Sebastián Chiola, Angel Magaña y su director Lucas Demare. Pasaban por el boliche, porque enfrente estaba el Comando Militar y desde allí los transportaban a una finca cercana, donde filmaban. Otro cliente “vip”, quizás en aquellos años no sería tan famoso, fue Don Atahualpa Yupanqui, que en horas de la tarde entraba al negocio junto con su guitarra, para seguir rumbo a la única radio que tenía Salta, donde él actuaba.
Alternando las horas de clase con sus descansos y vacaciones, teníamos nuestros juegos de muy bajo costo que vale la pena recordar: la payana (con piedritas), el tilín campana, saltar a la soga, la escondida, el balero (de madera o con una latita de picadillo), el rango, las bolillas, el trompo, la cometa, la pelota de trapo, el auto de carrera fabricado con latas de aceite, las tapitas (con cajitas de fósforos y con las tapas de cartón encerado de las botellas de leche), larga es la lista. Poco a poco, fue llegando la industria del juguete: el tren eléctrico, el mecano, el manomóvil, los patines, el triciclo, la bicicleta, el monopatín, los soldaditos de plomo y aquella muñequita de trapo, de fabricación casera, con su ropita artesanal y que pintaban las mamás, fue reemplazada por Marilú (por ahí quedan algunas “vivientes”, que en sus mocedades, las madres como sinónimo de muñequita les pusieron Marilú – y así están) y quedaron para la historia del juguete, o en la repisa de alguna abuela cuidadosa que aún la tiene sentadita junto a su bebote de carey. El consumismo reemplazó a Marilú por la Barbie, con su costoso vestuario y accesorios, los patines por los rollers, la bicicleta por las todoterreno.
Los deportes se fueron sumando con éxitos dispares, al fútbol de Titonel y Alberti o Salomón que las oficiaban de bacs, de Rodolfi centrojá, de Lángara centrofobal, les fui perdiendo sus posiciones, sólo sé que el hombrecito que está debajo de los tres palos se llama arquero, quiero que alguien me diga que es el stopper. El boxeo sigue igual, el mismo lenguaje: cros, apercat, hubo campeones nacionales y mundiales como Pascual Pérez, Carlos Monzón y sigue la serie. El ciclismo continúa su pedaleo; en nuestros pagos, hubo carreras en rutas donde participaron figuras nacionales: Sevillano, Bertola y otros, en la Vuelta del Norte – en varias etapas - La doble Jujuy, La Cafayateña, o en las 12 horas a la Americana, en una pista ya desaparecida, o la Clásica 1º de mayo que a través de los años, ya está en el calendario internacional. Al Basquet lo recuerdo con el campeonato donde un Señor Furlong fue figura destacada, hoy veo que sigue en ascenso. Al Rugby no le presté mucha atención, sólo sé que existen Los Pumas, lo mismo que al softbol, béisbol, hockey, polo, bochas o natación, que perdió su waterpolo, una especie de básquet acuático con arquero. De mi adolescencia recuerdo con gran emoción, aquella carrera de autos en ruta: la Buenos Aires- Caracas. Partían de la Capital Federal a la cero hora y llegaban a nuestra ciudad pasado el mediodía, por caminos polvorientos y en autos preparados por habilidosos mecánicos argentinos. Esta competencia paralizaba la actividad salteña, mis coterráneos con “la oreja” pegada a la radio del “ojo mágico” y con el relato de Luis Elías Sojit seguían a los punteros, que al llegar a localidades cercanas a la ciudad nos llevaron a tomar ubicación en “el portezuelo” -la entrada a Salta- y ver pasar a Fangio, los hermanos Gálvez, Marimón, y hasta un “pollo” salteño el Doctor Mesples. Suponíamos que eran ellos, porque el barro y el polvo cubrían los autos. Descansaban en Salta, primera etapa, hoteles y talleres se llenaban de curiosos por ver a los ídolos. Luego, seguirían a La Paz -Bolivia- pasando por Jujuy. Nuevamente los salteños amontonados en la madrugada de la partida. Partieron y nunca más se repitió esta carrera. Poco a poco aquellas simpáticas “cupecitas” desaparecieron de las rutas argentinas y las carreras se trasladaron a las improvisadas pistas, circuitos callejeros, la de Retiro, Mar del Plata, o la del Parque Independencia en Rosario. Es aquí, cuando llegan los “monstruos” del automovilismo europeo: Luigi Villoresi, Aquile Varsi, Giuseppe Farina, y aparecen en escena aquellos intrépidos de las rutas argentinas, Fangio, Gálvez, González y terminando este siglo Reuteman. Y voy dejando lo poco que memorizo de deportes para cerrar con aquella Telefoto que publicaron la tapa de los diarios con la figura de Delfo Cabrera, ganador de la Maratón en las Olimpíadas de Londres.
Desde aquella histórica telefoto, el mundo se nos acerca rápidamente, hasta llegar a la TV de nuestros días, y comenzamos a incorporar una catarata de palabras raras : windo, maus, escáner, bafle, ecualizador, longpley, compac, casette, etcétera. La electrónica también nos trajo adelantos muy importantes para la ciencia y las comunicaciones: electrocardiograma, densitometría, tomografía, ecografía y muchas “grafías “ más.
Hablando de vehículos motorizados, recordaba mis viajes a Tucumán en aquellos ómnibus que llevaban el equipaje en el techo y lo cubrían con lona por la dudas lloviera, y pasamos al bus cama, el leyton; la vuatiré pasó a ser cupé, apareció el yip, la 4 x 4, el unimoc, y al viejo y querido tranvía, lo reemplazó el troleybus. Hoy si queremos viajar en el tranvía iremos a Puerto Madero, pero no será igual al que me transportaba en Tucumán con sus asientos de tablas. El tren fue otro “difunto” en esta zona y quedan rieles cubiertos de yuyos, y postes de aquel viejo telégrafo que el jefe usaba para transmitir el paso del convoy. Aquel ferroviario hoy estará jugando con sus nietos, con el tiqui – tiqui – taca del alfabeto morse, y el telegrafista del correo ya no enviará “los telegramas de lujo” para el casamiento de pariente o felicitando en el cumpleaños al amigo. Con aquel tren se fue también el cochemotor que era una “oruga metálica plateada” en que viajaban, estudiantes y maestros a los pueblos vecinos. En la década del cuarenta, nuestros comprovincianos ya utilizaban el avión comercial, una línea aérea que se llamaba Panagra, que iba hasta Lima, y nuevamente otras palabras se incorporaron a nuestro lenguaje: azafata, bisness clas, catering. Los viajes en barco quedaron para los pudientes o para aquellos que retornaban a visitar a sus parientes en Europa, los de tierra adentro recordamos a esos enormes paquebotes en las películas. El apuro nos llevó al boing, al yumbo o al veloz avión francés ya desaparecido.
El fiao del almacenero, en la libreta de tapa de hule negro, quedó de lado cuando se empezó a hablar de cuenta corriente, tarjeta de crédito y débito. Del ventilador de techo – al que volvimos – pasamos al aire acondicionado, “del maestro panadero” al horno rotativo, del teléfono con manija, al celular. Viper, radiollamada, fax, se fueron sumando para comunicarnos hasta que llegó el mail, y el tiempo se llevó el telegrama y a la operadora que nos daba línea para larga distancia .La onda corta y larga partieron al llegar el satélite y la AM y FM. Ahora lo grande es mega y lo chico es mini, lo muy grande hiper y el mercado es market o shopping. El viejo cabaret quedó en la penumbra, con sus gorditas de descoloridos trajes brillosos, rotas lentejuelas y mostacillas, sus traposas portaligas y “corridas” medias negras, es que surgió la competencia, primero fue la buat que en poco tiempo se convirtió en la disco y terminó en boliche.
Aquel señor tan distinguido, luciendo su siempre bien planchado traje oscuro y sobretodo en días de invierno, que alternaba con otro abrigo que llamaban perramus, lo fue llevando el tiempo, hoy parece volver, sobre todo en los funcionarios, letrados o gerentes. Pero fueron abandonando el sombrero que debía estar a tono con el traje. Al llegar el verano, el traje blanco de hilo debía ser acompañado por el sombrero de Panamá o el “rancho y paja”. A estos señores los calificaban como gentleman. El atuendo no terminaba en el traje y el sombrero, se sumaban anchos tiradores, y ligas para sujetar las medias hasta que llegó el strich, camisas con endurecidos cuellos y puños acartonados por el almidón permitían al doble ojal lucir gemelos con iniciales del portador. A veces, al pasar por una céntrica esquina de mi Salta querida, imagino al sastre que estaba sentadito en la puerta de su negocio, la cinta métrica envolviendo su cuello, en uno de sus brazos una almohadilla cubierta de alfileres, y sobre sus piernas una prenda llena de hilvanes, con la compañía de aquella figura descabezada y sin brazos que llamaban “manequín”. Estos artesanos de las prendas masculinas, fueron desapareciendo con la industria del vestido. De política mejor no hablar, dejo para los entendidos y los historiadores este capítulo.
Ya la tarde se fue y dos raros animalitos, huéspedes del Zoológico, por su curiosidad, me hicieron compañía y partieron a su cucha (parecen liebres, pero no lo son). Despidiéndome de estos raros bichos que caminan, vi pasar a jóvenes de este siglo que se va, y no le temen al peligro, montados en este artefacto de dos ruedas que le llaman enduro, mientras veloces conductores presurosos por despedir al año, buscan llegar a sus hogares.
Estaba anocheciendo, e iba dejando la improvisada platea y un año más . Los niños de esta década, pronto serán del siglo pasado y si “duramos” seré del pasado siglo.
Como salteño que soy, mientras caminaba por Libertador, emprendí el regreso al hogar, a ratos tarareando y a ratos silbando aquella zamba que escribiera Jaime Dávalos: “Busco al fondo de la calle un cerro pero encuentro un cielo y nada más...”
JOSÉ ANTONIO GUTIERREZ (Salta)
jueves, 3 de diciembre de 2009
DOCTOR PABLO MESPLES – EL CABALLERO DEL CAMINO
Su nombre está ligado a la Época de Oro del Automovilismo Argentino, lo llamaban “El Caballero del Camino”, porque este salteño nacido en General Güemes, (según la fuente consultada), era capaz de parar en medio de la competencia, sobre las polvorientas rutas argentinas y sudamericanas, para socorrer a los otros competidores, tanto en su calidad de médico, como mecánico conocedor de los vehículos que peleaban por un lugar en el podio o, simplemente, para remolcarlos hasta un lugar seguro. Esto de no aferrarse al vértigo que produce el éxito, bien le valió el respeto y la amistad de todos sus compañeros.
Mesples corría los grandes premios a bordo de su Ford 1938. En una entrevista, en el año 1968, concedida a periodistas del Diario El Tribuno de Salta, en su casa de calle Rivadavia 757 de nuestra ciudad, el Caballero del Camino recordaba: “Era ya médico, cuando corrí mi primera carrera en el año 1938 en el Gran Premio de las 14 Provincias… Enorme fue la cantidad de problemas de índole familiar que tuve que vencer para estar presente en esto que fue una pasión de mi vida.” Agregando después que “En 1939 tomé parte de otro Gran Premio que se interrumpió a raíz de las lluvias. No había nada que hacerle, los grandes premios me gustaban de alma…”
En dicha entrevista, continuaba diciendo que: “Aquellos eran años bravos, las máquinas –preparadas a puro pulmón- daban de 140 a 150 kilómetros por hora, con un promedio de 80 a 90 según las etapas… claro que alguna vez uno se metía en una nube de polvo y solo Dios sabía lo que podía pasar.” Los admirados periodistas del matutino salteño le preguntan entonces: “¿Además de una buena colocación en las carreras, qué es lo que más importancia tenía para usted?” A lo que el Doctor Pablo Mesples respondió nostálgico: “Lo que más me satisfacía era andar bien, brindarle a la hinchada una buena performance”.
Respondiendo a la pregunta sobre a raíz de cual hecho se lo conoció como El Caballero del Camino, el Dr. Mesples respondió: “A partir del Gran Premio a Lima auxilié y con muchísimo gusto, a un gran número de corredores que sufrían el mal de las alturas. Por ejemplo a Lo Valvo y su acompañante Spampinatto que se apunaron y tuvieron que abandonar en La Quiaca; también a Fangio y a Marimón. Al último no lo asistí como médico, lo hice remolcándolo hasta el final de la etapa (Nazca, en Perú), cuando rompió la caja de velocidades en el camino.”
Hablando de sus accidentes serios, dijo: “Tuve varios, pero los más fieritos -como decimos los salteños- fueron en el Internacional a Lima, en 1940, al salir de una curva dimos una cantidad de vueltas y fuimos a parar a las vías de un ferrocarril. En la misma carrera, cuando volvíamos y después de parar en La Quiaca me llevé un caballo por delante. El coche parecía una coctelera y nosotros un licuado perfecto. ¡Ah!... Hay otra. En tierras peruanas, corriendo casi sin luz, salí de una polvareda y uno de los caños de la baranda de un puente roto, se metió entre la rueda delantera y el chasis. Salir de esa situación fue una verdadera hazaña. En el Gran Premio a Caracas, intervine en inferioridad de condiciones, razón por la cual, después de una serie de inconvenientes mecánicos, decidí desertar cuando llegué a Antofagasta.”
De los amigos ganados en los caminos, Mesples recuerda con cariño: “Ciertamente que hice muchos amigos. Puedo decirle que con Fangio, Marimón, Víctor García, Pascuali y Blanco nos une una amistad imperecedera.” Y con respecto a los motivos que lo llevaron a su retiro definitivo del automovilismo, dijo: “Bueno, cuando ya las cosas se inclinaron por la vía de lo especializado, cuando lo que hasta ese momento era un hobby, una necesidad espiritual para muchos de los que corríamos, se tornó en profesión y obligaba una dedicación plena.” Parece que ese era el momento de retirarse para Mesples, pues lo suyo era el turismo, la aventura, la necesidad de interactuar, pero para nada una obligación que las nuevas épocas iban perfilando.
Al hablar de sus copilotos, Mesples expresó: “Quiero aprovechar la oportunidad de esta visita de ustedes para hacer un recuerdo cariñoso de todos los que fueron mis acompañantes y, si es posible, nombrarlos: Altobelli, Braga, Aravena, Galipó, Cisterna, Garnier y Tapia. Lo mismo para mis familiares y amigos, que después de los primeros NO –por la negativa a que Mesples corra- siempre me pusieron el hombro para que las cosas salieran lo mejor posible. Y, por último, mi sencillo afecto para toda esa extraordinaria hinchada de la época, siempre presente en la ayuda desinteresada y fraternal, ya en las buenas o en las malas.”
Los periodistas preguntan: “¿Completamente feliz ahora, por lo que fue El Caballero del Camino?”
“Muy feliz, pero… siempre hay un pero, en este caso es mi autito… No le digo la marca porque después pueden creer que lo hago por desacreditarla… pero imagínese, yo que no toleraba a nadie delante de mi coche, hoy no llego a los 70, con viento a favor y en cuesta abajo…” Sonrió cordialmente el legendario automovilista.
Miro la fotografía de Mesples, tomada en 1968, un hombre sonriente, entrado en años y muy elegante me transmite la misma admiración que sintieron los periodistas de El Tribuno en su momento. Veo las famosas y recordadas “coupé” levantando polvareda en esos peligrosos caminos y pienso cuan difícil debió de ser un verdadero caballero en aquellas competencias…
FUENTE CONSULTADA
Diario El Tribuno de Salta del 12 de agosto de 1968, contratapa.
Mesples corría los grandes premios a bordo de su Ford 1938. En una entrevista, en el año 1968, concedida a periodistas del Diario El Tribuno de Salta, en su casa de calle Rivadavia 757 de nuestra ciudad, el Caballero del Camino recordaba: “Era ya médico, cuando corrí mi primera carrera en el año 1938 en el Gran Premio de las 14 Provincias… Enorme fue la cantidad de problemas de índole familiar que tuve que vencer para estar presente en esto que fue una pasión de mi vida.” Agregando después que “En 1939 tomé parte de otro Gran Premio que se interrumpió a raíz de las lluvias. No había nada que hacerle, los grandes premios me gustaban de alma…”
En dicha entrevista, continuaba diciendo que: “Aquellos eran años bravos, las máquinas –preparadas a puro pulmón- daban de 140 a 150 kilómetros por hora, con un promedio de 80 a 90 según las etapas… claro que alguna vez uno se metía en una nube de polvo y solo Dios sabía lo que podía pasar.” Los admirados periodistas del matutino salteño le preguntan entonces: “¿Además de una buena colocación en las carreras, qué es lo que más importancia tenía para usted?” A lo que el Doctor Pablo Mesples respondió nostálgico: “Lo que más me satisfacía era andar bien, brindarle a la hinchada una buena performance”.
Respondiendo a la pregunta sobre a raíz de cual hecho se lo conoció como El Caballero del Camino, el Dr. Mesples respondió: “A partir del Gran Premio a Lima auxilié y con muchísimo gusto, a un gran número de corredores que sufrían el mal de las alturas. Por ejemplo a Lo Valvo y su acompañante Spampinatto que se apunaron y tuvieron que abandonar en La Quiaca; también a Fangio y a Marimón. Al último no lo asistí como médico, lo hice remolcándolo hasta el final de la etapa (Nazca, en Perú), cuando rompió la caja de velocidades en el camino.”
Hablando de sus accidentes serios, dijo: “Tuve varios, pero los más fieritos -como decimos los salteños- fueron en el Internacional a Lima, en 1940, al salir de una curva dimos una cantidad de vueltas y fuimos a parar a las vías de un ferrocarril. En la misma carrera, cuando volvíamos y después de parar en La Quiaca me llevé un caballo por delante. El coche parecía una coctelera y nosotros un licuado perfecto. ¡Ah!... Hay otra. En tierras peruanas, corriendo casi sin luz, salí de una polvareda y uno de los caños de la baranda de un puente roto, se metió entre la rueda delantera y el chasis. Salir de esa situación fue una verdadera hazaña. En el Gran Premio a Caracas, intervine en inferioridad de condiciones, razón por la cual, después de una serie de inconvenientes mecánicos, decidí desertar cuando llegué a Antofagasta.”
De los amigos ganados en los caminos, Mesples recuerda con cariño: “Ciertamente que hice muchos amigos. Puedo decirle que con Fangio, Marimón, Víctor García, Pascuali y Blanco nos une una amistad imperecedera.” Y con respecto a los motivos que lo llevaron a su retiro definitivo del automovilismo, dijo: “Bueno, cuando ya las cosas se inclinaron por la vía de lo especializado, cuando lo que hasta ese momento era un hobby, una necesidad espiritual para muchos de los que corríamos, se tornó en profesión y obligaba una dedicación plena.” Parece que ese era el momento de retirarse para Mesples, pues lo suyo era el turismo, la aventura, la necesidad de interactuar, pero para nada una obligación que las nuevas épocas iban perfilando.
Al hablar de sus copilotos, Mesples expresó: “Quiero aprovechar la oportunidad de esta visita de ustedes para hacer un recuerdo cariñoso de todos los que fueron mis acompañantes y, si es posible, nombrarlos: Altobelli, Braga, Aravena, Galipó, Cisterna, Garnier y Tapia. Lo mismo para mis familiares y amigos, que después de los primeros NO –por la negativa a que Mesples corra- siempre me pusieron el hombro para que las cosas salieran lo mejor posible. Y, por último, mi sencillo afecto para toda esa extraordinaria hinchada de la época, siempre presente en la ayuda desinteresada y fraternal, ya en las buenas o en las malas.”
Los periodistas preguntan: “¿Completamente feliz ahora, por lo que fue El Caballero del Camino?”
“Muy feliz, pero… siempre hay un pero, en este caso es mi autito… No le digo la marca porque después pueden creer que lo hago por desacreditarla… pero imagínese, yo que no toleraba a nadie delante de mi coche, hoy no llego a los 70, con viento a favor y en cuesta abajo…” Sonrió cordialmente el legendario automovilista.
Miro la fotografía de Mesples, tomada en 1968, un hombre sonriente, entrado en años y muy elegante me transmite la misma admiración que sintieron los periodistas de El Tribuno en su momento. Veo las famosas y recordadas “coupé” levantando polvareda en esos peligrosos caminos y pienso cuan difícil debió de ser un verdadero caballero en aquellas competencias…
FUENTE CONSULTADA
Diario El Tribuno de Salta del 12 de agosto de 1968, contratapa.
MI FORD - POEMA DE JAIME DÁVALOS
Este poema de don Jaime Dávalos, dedicado a su hijo Jaime Arturo, lo recita siempre, junto a "La Muerte del Toro", José Luis Maradona Gómez en los concurridos asados organizados en la casa de Jorge Fontana, de la avenida Pizarro, en los pagos de San Ramón de la Nueva Orán. Yo lo conocí a Jaime Arturo en su casa de piedras en la "Loma de los Dávalos" en El Encón. Conocí la calidez de su amistad y la sencillez de su buen trato y cordialidad... Por eso pensaba en Jaime Arturo y en José Luis, dos extremos de una misma cuerda, el uno perteneciente a una familia de poetas y artistas, hacedores de las letras y, el otro, difusor de estos poemas, transmisor de la cultura salteña, para que la misma no duerma olvidada en libros cerrados de nuestras bibliotecas. Pero aun hay más coincidencias, la señora de Jaime Arturo era compañera de trabajo y muy amiga de los padres de José Luis en la recordada Caja de Jubilaciones que quedaba en la galería frente a la Plaza 9 de Julio de nuestra ciudad... Ahora si, disfrutemos de la poesía.
Con el escape libre para escuchar mejor el canto del motor ,
me voy a los campos montado en mi Ford.
Mi Ford es sencillo como el Clavileño de Alonso Quijano. Dócil a mi empeño,
va donde yo quiera, por valles y cuestas por cerros y lomas y verdes florestas .
Yo no tengo apuros, negocios ni estancias,
mas el que me vea, veloz como el viento,
tragar las distancias
rigiendo mi Ford,
cree que me protestan algún documento
o me ocurre un caso de fuerza mayor .
Nadie se figura,
nadie se imagina, ninguno sospecha,
el goce salvaje, rayano en locura,
de andar como flecha.
El hombre es un bípedo pesado, sotreta,
y por andar algo más que la tortuga,
domó los caballos y la bicicleta
inventó las máquinas de ponerse en fuga.
Por un cuesta abajo me largo en segunda,
mi alma en un vértigo tremendo se abisma,
y a medida que corro me inunda
un afán de romperme la crisma!
El Ford cruje entero,
ya parece saltar en pedazos!
y por el volante me sube a los brazos
una fragorosa vibración de acero!
Un pollo suicida se pasa en mi ruta y bajo las ruedas lo dejo extrachato .
Que no me perturbe la recta absoluta
ni perro ni gato,
pues voy sin disputa
sembrando el julepe y el asesinato.
Oh, Ford, auto cabra!
Auto mula, sencillo y liviano! Última palabra
del machinatismo norteamericano.
Con el escape libre para escuchar mejor el canto del motor ,
me voy a los campos montado en mi Ford.
Mi Ford es sencillo como el Clavileño de Alonso Quijano. Dócil a mi empeño,
va donde yo quiera, por valles y cuestas por cerros y lomas y verdes florestas .
Yo no tengo apuros, negocios ni estancias,
mas el que me vea, veloz como el viento,
tragar las distancias
rigiendo mi Ford,
cree que me protestan algún documento
o me ocurre un caso de fuerza mayor .
Nadie se figura,
nadie se imagina, ninguno sospecha,
el goce salvaje, rayano en locura,
de andar como flecha.
El hombre es un bípedo pesado, sotreta,
y por andar algo más que la tortuga,
domó los caballos y la bicicleta
inventó las máquinas de ponerse en fuga.
Por un cuesta abajo me largo en segunda,
mi alma en un vértigo tremendo se abisma,
y a medida que corro me inunda
un afán de romperme la crisma!
El Ford cruje entero,
ya parece saltar en pedazos!
y por el volante me sube a los brazos
una fragorosa vibración de acero!
Un pollo suicida se pasa en mi ruta y bajo las ruedas lo dejo extrachato .
Que no me perturbe la recta absoluta
ni perro ni gato,
pues voy sin disputa
sembrando el julepe y el asesinato.
Oh, Ford, auto cabra!
Auto mula, sencillo y liviano! Última palabra
del machinatismo norteamericano.
martes, 1 de diciembre de 2009
ÍÑIGO, ÍÑIGUEZ, ÍÑIQUIZ, YÑIGO, YÑIGUEZ e YÑIQUIZ
Algunas personas sostienen que los apellidos ÍÑIGO e YÑIGO proceden de un apellido común, en este caso ÍÑIGO, los mismos se valen de varias teorías, son ejemplo de ellas las siguientes:
1º En algunos libro de temática heráldica y genealógica, tratan a ÍÑIGO e YÑIGO como un mismo apellido, con la salvedad de que en épocas de la conquista americana, varios apellidos a la hora de ser asentado, fueron asentado mal. Esto se puede ver a lo largo de América. He más ahí casos, en lo que miembros de una misma familia están asentados con diferentes apellidos.
2º Otra teoría afirma que los dos apellidos no tiene un nexo en común, es decir, que los dos apellidos tiene orígenes distintos. Aunque las dos teorías se contradicen, a la vez son ciertas. Además no debemos olvidar las variaciones de los dos apellidos como ser: ÍÑIGUEZ – ÍÑIQUIZ por un lado e YÑIGUEZ – YÑIQUIZ por el otro.
- Ahora, si bien leído e investigado todo lo que tuve a mano, me veo en la postura de remarcar que ÍÑIGO – ÍÑIGUEZ – ÍÑIQUIZ son los mismo apellidos con distinta grafía, pero de un origen común, esto también se ve reflejado en YÑIGO – YÑIGUEZ – YÑIQUIZ.
- El punto es que no hay que mezclar ÍÑIGO con YÑIGO ni sus variantes.
Aquí se presenta una peculiaridad, ya que las variaciones de YÑIGO que son YÑIGUEZ – YÑIQUIZ. Se puede apreciar en los blasones que non tiene relación alguna. Cosa que no se da en el otro apellido.
El apellido Yñigo procede del valle de Baztán, Navarra (España), no pertenece al País Vasco, sino que es la provincia (autonomía), cuyo reino fue el primero de España.
Íñigo, Íñiguez, Íñiquiz, Yñigo, Yñiguez e Yñíquiz es un apellido patronímico castellano que significa ‘hijo de Íñigo’. Se extiende tanto en la Península Ibérica como en las Américas.
El sufijo ez es la forma patronímica de indicar la filiación. Tanto en la España visigótica, como en otras culturas germánicas, era común formar el apellido de un individuo añadiendo al primer nombre del padre una de las formas patronímicas az, ez, iz u oz. De esa manera tenemos a Fernández (‘hijo de Fernando’), Ramírez (‘hijo de Ramiro’), etcétera.

Las primeras referencias de Íñigo en lengua castellana se remontan al siglo XI y las de Íñiguez al siglo XII, estableciéndose que antes de estas fechas y siguiendo los usos de la época, los escritos oficiales se realizaban en latín o en lengua latina autóctona. En esta misma época, los ingleses utilizaban el latín o el romance normando del norte de Francia, mientras que las entidades políticas alemanas utilizaban la lengua latina o los romances italianos para redactar sus documentos.
De esta forma encontramos que Íñigo es la forma castellanizada de Enneco, mientras que Íñiguez lo es de Enneconis. Cabe señalar que posiblemente Enneco y Enneconis sean las formas medievales de los nombres ibéricos Enneges y Ennegensis, respectivamente. Estos nombres aparecen mencionados por primera vez en el Bronce de Ascoli del año 89 d.C. Dicho bronce es una tabla que recoge los nombres de los jinetes del escuadrón de caballería Turma Salluitana, reclutados por el cónsul Pompeyo Estrabón en la localidad hispana de Salduie (más tarde Cæsaraugusta, hoy Zaragoza) en el valle medio del Ebro, para hacer frente a los itálicos sublevados contra Roma durante la Guerra Social o de los Aliados (91-89 a. e. c.). Como recompensa por tomar la ciudad de Ascoli, el cónsul les concedió la ciudadanía romana y registró el hecho por escrito en una tabla de bronce. Entre los jinetes hispanos figuran Elandus hijo de Enneges y Ennegensis Beles, hijo de Umarbeles.
IGNACIO DE LOYOLA
Usualmente se ha interpretado que Íñigo es equivalente a Ignacio, o que el primero es la forma castellana del segundo, sin embargo este un error muy común que se explica porque a los seguidores de san Ignacio de Loyola se les llamaba iñiguistas, no porque Ignacio fuese equivalente a Íñigo sino porque éste era su nombre antes de ser sacerdote. Cuando Íñigo Óñez de Loyola se consagra a Dios, adopta el nombre de Ignacio de Loyola en recuerdo de san Ignacio de Antioquía, discípulo de los apóstoles Juan, Pedro y Pablo.
Como se ha explicado el origen de Íñigo es Enneco, de raíz nativa prerromana, mientras que el de Ignacio es Ignatius (latín) < Ignêtes (en griego) ‘innato’ (A. D., H.), también ‘nombre de los habitantes originarios de la antigua Rhodas’ (Simmias 11, H.). Otra etimología da cuenta de Ignacio < Ignatius < ignis (‘fuego’ en latín) < *egni (protoindoeuropeo o PIE), {compárese con agni (‘fuego, fuego ceremonial’ en sánscrito), ogni (eslavo antiguo, del siglo IX), ugnis (‘fuego’ en lituano)}.
La otra fuente de confusión en darle la misma equivalencia a Íñigo e Ignacio, está en que Enneco evolucionó, en lengua vasca, a Iñaki, y Sabino Arana propuso la traducción de Iñaki por Ignacio en castellano.
De acuerdo a lo expuesto, Íñigo en ningún caso debiera ser equivalente a Ignacio.
Entre las personas mencionadas en la Edad Media que usaron el nombre Enneco (Íñigo) encontramos en las primeras crónicas de Navarra al jefe vascón Enneco Aritza (Íñigo Arista, 824-851) y su hijo Garsea Enneconis (García Íñiguez de Pamplona, 851-880) reyes de Navarra y Sobrarbe.
A san Enneconis (san Íñigo), abad benedictino, del Monasterio de Oña, quien murió el 1º de junio de 1068 (se le recuerda en el mismo día).
A Enneco Fortunones (Íñigo Fortines, 1044-1050 y 1072-1075) señor de Arrendó, en La Rioja.
Actualmente en el país vasco se encuentran los siguientes apellidos con raíz Enneco-Enneconis: Enneco (Íñigo), Enekoola (‘cabaña de Íñigo’), Enekotegui (‘paraje de Íñigo’), Enecoitz (‘peñón del valle’), Enekoiz (‘pastizal’), Necochea o Nekotxea (‘casa de Eneko’)
ARMAS:
* Armas: Los Iñigo de Vizcaya, y la casa vizcaína de Iñiguez del lugar de Zaya, en el Valle de Arcentales, la montañesa del Valle de Toranzo (Cantabria), y la de Álava, traen: Escudo cuartelado: 1º, y 4º, en campo de plata, una cruz floreteada, de sable; y 2º y 3º, en campo de azur, una flor de lis de oro; bordura general de gules con ocho sotueres de oro.
* Armas: Los Iñigo y los Iñiguez, de Navarra, traen: En campo de oro, un palo, de gules; bordura de sinople, con ocho calderas, de oro, barradas de sable.
* Armas: Los Iñigo y los Iñiguez, de Guipúzcoa, traen: Escudo cuartelado: 1º, y 4º, en campo de oro, una cruz de gules, floreteada, y 2º y 3º, en campo de plata, dos lobos de sable, andantes, lampasados de gules y puestos en palo.
* Armas: Los Iñiguez, de Baeza, traen: En campo de gules, cinco torres de plata, puestas en sotuer; bordura de gules, con ocho aspas, de oro.
* Armas: Los Iñigo de Aragón, Elche y Alicante; y también los Iñiguez de la casa de Jaca y los de Sarrión, Villarroya de los Pinares y Zaragoza, en Aragón, traen: En campo de oro, un león rampante, de gules, que lleva en sus manos un ramo, de sinople.
* Armas: Iñigo radicado en Toledo: En campo de gules, una faja, caída, de oro; bordura de plata, con ocho armiños de sable.
* Armas: Otros Iñigo, traen: En campo de azur, una escala, de cuerda, de oro.
* Armas: Los Iñigo, de León, traen: En campo de sinople, un león rampante, de gules, acompañado de dos saetas, de azur.
* Armas: Los Iñigo, de Palencia, traen: Escudo partido: 1º, en gules, un ala, de oro, y 2º, en plata, tres lises bien ordenadas.
* Armas: Otros, Iñigo, traen: En campo de oro, un árbol de sinople y un león de gules, empinante al tronco.
* Armas: Iñiguez, radicado en Laguna de Cameros (Logroño) y extendido a Soria y Zaragoza: En campo de oro, cinco banderas, de gules, puestas en aspa.
* Armas: Otros Iñiguez, traen: Escudo partido: 1º, en sinople, una torre de plata acompañada de una estrella de lo mismo en la diestra y de una venera de plata en la siniestra; 2º, en gules, dos pájaros, afrontados, de plata.
* Armas: Los Iñiguez, de Navarra, traen: En campo de plata, una encina, de sinople, superada de una lis, de azur.
* Armas: Los Iñiguez, de Soria, traen: En campo de oro, un avellano, de sinople, arrancado.
* Armas: Otros Iñiguez, traen: En campo de oro, seis panelas de sinople, puestas cinco en aspa y una en punta.
* Otros, Iñigo originarios de Almeria, traen: En campo de plata, un girasol, de sinople y oro.
* Radicado en Madrid: En campo de plata, dos campanas, de azur, puestas en palo, y entre ellas una faja recortada, de sable.
* La Casa de Yñigo de Argentina trae: Escudo cuartelado: 1º y 4º de plata, una flor de lis de sable; 2º y 3º de azur, una cruz flordelisada de oro. Bordura de gules cargada con ocho sotueres de oro. Cimera: Una taruca de su color. Divisa: “Potivs Mori Qvam Foedari”
* Otros Yñigo: En plata, una fuente de azur, sobre terraza de sinople.
* Otros Yñigo: En azur, tres calderas de sable, puestas en palo.
* Otros Yñiguez: En plata, dos lobos de sable andantes, puestos en palo y superados de una estrella de azur.
* Otros Yñiguez: En gules, una cruz flordelisada de oro.
* Otros Yñiguez: En sinople, un cencerro oro.
ROLANDO JULIO JOSE DE YÑIGO y GENIO
Estudiante de Historia en el I.S.P.S.
Investigador de Heráldicas y Genealogías
1º En algunos libro de temática heráldica y genealógica, tratan a ÍÑIGO e YÑIGO como un mismo apellido, con la salvedad de que en épocas de la conquista americana, varios apellidos a la hora de ser asentado, fueron asentado mal. Esto se puede ver a lo largo de América. He más ahí casos, en lo que miembros de una misma familia están asentados con diferentes apellidos.
2º Otra teoría afirma que los dos apellidos no tiene un nexo en común, es decir, que los dos apellidos tiene orígenes distintos. Aunque las dos teorías se contradicen, a la vez son ciertas. Además no debemos olvidar las variaciones de los dos apellidos como ser: ÍÑIGUEZ – ÍÑIQUIZ por un lado e YÑIGUEZ – YÑIQUIZ por el otro.
- Ahora, si bien leído e investigado todo lo que tuve a mano, me veo en la postura de remarcar que ÍÑIGO – ÍÑIGUEZ – ÍÑIQUIZ son los mismo apellidos con distinta grafía, pero de un origen común, esto también se ve reflejado en YÑIGO – YÑIGUEZ – YÑIQUIZ.
- El punto es que no hay que mezclar ÍÑIGO con YÑIGO ni sus variantes.
Aquí se presenta una peculiaridad, ya que las variaciones de YÑIGO que son YÑIGUEZ – YÑIQUIZ. Se puede apreciar en los blasones que non tiene relación alguna. Cosa que no se da en el otro apellido.
El apellido Yñigo procede del valle de Baztán, Navarra (España), no pertenece al País Vasco, sino que es la provincia (autonomía), cuyo reino fue el primero de España.
Íñigo, Íñiguez, Íñiquiz, Yñigo, Yñiguez e Yñíquiz es un apellido patronímico castellano que significa ‘hijo de Íñigo’. Se extiende tanto en la Península Ibérica como en las Américas.
El sufijo ez es la forma patronímica de indicar la filiación. Tanto en la España visigótica, como en otras culturas germánicas, era común formar el apellido de un individuo añadiendo al primer nombre del padre una de las formas patronímicas az, ez, iz u oz. De esa manera tenemos a Fernández (‘hijo de Fernando’), Ramírez (‘hijo de Ramiro’), etcétera.

Las primeras referencias de Íñigo en lengua castellana se remontan al siglo XI y las de Íñiguez al siglo XII, estableciéndose que antes de estas fechas y siguiendo los usos de la época, los escritos oficiales se realizaban en latín o en lengua latina autóctona. En esta misma época, los ingleses utilizaban el latín o el romance normando del norte de Francia, mientras que las entidades políticas alemanas utilizaban la lengua latina o los romances italianos para redactar sus documentos.
De esta forma encontramos que Íñigo es la forma castellanizada de Enneco, mientras que Íñiguez lo es de Enneconis. Cabe señalar que posiblemente Enneco y Enneconis sean las formas medievales de los nombres ibéricos Enneges y Ennegensis, respectivamente. Estos nombres aparecen mencionados por primera vez en el Bronce de Ascoli del año 89 d.C. Dicho bronce es una tabla que recoge los nombres de los jinetes del escuadrón de caballería Turma Salluitana, reclutados por el cónsul Pompeyo Estrabón en la localidad hispana de Salduie (más tarde Cæsaraugusta, hoy Zaragoza) en el valle medio del Ebro, para hacer frente a los itálicos sublevados contra Roma durante la Guerra Social o de los Aliados (91-89 a. e. c.). Como recompensa por tomar la ciudad de Ascoli, el cónsul les concedió la ciudadanía romana y registró el hecho por escrito en una tabla de bronce. Entre los jinetes hispanos figuran Elandus hijo de Enneges y Ennegensis Beles, hijo de Umarbeles.
IGNACIO DE LOYOLA
Usualmente se ha interpretado que Íñigo es equivalente a Ignacio, o que el primero es la forma castellana del segundo, sin embargo este un error muy común que se explica porque a los seguidores de san Ignacio de Loyola se les llamaba iñiguistas, no porque Ignacio fuese equivalente a Íñigo sino porque éste era su nombre antes de ser sacerdote. Cuando Íñigo Óñez de Loyola se consagra a Dios, adopta el nombre de Ignacio de Loyola en recuerdo de san Ignacio de Antioquía, discípulo de los apóstoles Juan, Pedro y Pablo.
Como se ha explicado el origen de Íñigo es Enneco, de raíz nativa prerromana, mientras que el de Ignacio es Ignatius (latín) < Ignêtes (en griego) ‘innato’ (A. D., H.), también ‘nombre de los habitantes originarios de la antigua Rhodas’ (Simmias 11, H.). Otra etimología da cuenta de Ignacio < Ignatius < ignis (‘fuego’ en latín) < *egni (protoindoeuropeo o PIE), {compárese con agni (‘fuego, fuego ceremonial’ en sánscrito), ogni (eslavo antiguo, del siglo IX), ugnis (‘fuego’ en lituano)}.
La otra fuente de confusión en darle la misma equivalencia a Íñigo e Ignacio, está en que Enneco evolucionó, en lengua vasca, a Iñaki, y Sabino Arana propuso la traducción de Iñaki por Ignacio en castellano.
De acuerdo a lo expuesto, Íñigo en ningún caso debiera ser equivalente a Ignacio.
Entre las personas mencionadas en la Edad Media que usaron el nombre Enneco (Íñigo) encontramos en las primeras crónicas de Navarra al jefe vascón Enneco Aritza (Íñigo Arista, 824-851) y su hijo Garsea Enneconis (García Íñiguez de Pamplona, 851-880) reyes de Navarra y Sobrarbe.
A san Enneconis (san Íñigo), abad benedictino, del Monasterio de Oña, quien murió el 1º de junio de 1068 (se le recuerda en el mismo día).
A Enneco Fortunones (Íñigo Fortines, 1044-1050 y 1072-1075) señor de Arrendó, en La Rioja.
Actualmente en el país vasco se encuentran los siguientes apellidos con raíz Enneco-Enneconis: Enneco (Íñigo), Enekoola (‘cabaña de Íñigo’), Enekotegui (‘paraje de Íñigo’), Enecoitz (‘peñón del valle’), Enekoiz (‘pastizal’), Necochea o Nekotxea (‘casa de Eneko’)
ARMAS:
* Armas: Los Iñigo de Vizcaya, y la casa vizcaína de Iñiguez del lugar de Zaya, en el Valle de Arcentales, la montañesa del Valle de Toranzo (Cantabria), y la de Álava, traen: Escudo cuartelado: 1º, y 4º, en campo de plata, una cruz floreteada, de sable; y 2º y 3º, en campo de azur, una flor de lis de oro; bordura general de gules con ocho sotueres de oro.
* Armas: Los Iñigo y los Iñiguez, de Navarra, traen: En campo de oro, un palo, de gules; bordura de sinople, con ocho calderas, de oro, barradas de sable.
* Armas: Los Iñigo y los Iñiguez, de Guipúzcoa, traen: Escudo cuartelado: 1º, y 4º, en campo de oro, una cruz de gules, floreteada, y 2º y 3º, en campo de plata, dos lobos de sable, andantes, lampasados de gules y puestos en palo.
* Armas: Los Iñiguez, de Baeza, traen: En campo de gules, cinco torres de plata, puestas en sotuer; bordura de gules, con ocho aspas, de oro.
* Armas: Los Iñigo de Aragón, Elche y Alicante; y también los Iñiguez de la casa de Jaca y los de Sarrión, Villarroya de los Pinares y Zaragoza, en Aragón, traen: En campo de oro, un león rampante, de gules, que lleva en sus manos un ramo, de sinople.
* Armas: Iñigo radicado en Toledo: En campo de gules, una faja, caída, de oro; bordura de plata, con ocho armiños de sable.
* Armas: Otros Iñigo, traen: En campo de azur, una escala, de cuerda, de oro.
* Armas: Los Iñigo, de León, traen: En campo de sinople, un león rampante, de gules, acompañado de dos saetas, de azur.
* Armas: Los Iñigo, de Palencia, traen: Escudo partido: 1º, en gules, un ala, de oro, y 2º, en plata, tres lises bien ordenadas.
* Armas: Otros, Iñigo, traen: En campo de oro, un árbol de sinople y un león de gules, empinante al tronco.
* Armas: Iñiguez, radicado en Laguna de Cameros (Logroño) y extendido a Soria y Zaragoza: En campo de oro, cinco banderas, de gules, puestas en aspa.
* Armas: Otros Iñiguez, traen: Escudo partido: 1º, en sinople, una torre de plata acompañada de una estrella de lo mismo en la diestra y de una venera de plata en la siniestra; 2º, en gules, dos pájaros, afrontados, de plata.
* Armas: Los Iñiguez, de Navarra, traen: En campo de plata, una encina, de sinople, superada de una lis, de azur.
* Armas: Los Iñiguez, de Soria, traen: En campo de oro, un avellano, de sinople, arrancado.
* Armas: Otros Iñiguez, traen: En campo de oro, seis panelas de sinople, puestas cinco en aspa y una en punta.
* Otros, Iñigo originarios de Almeria, traen: En campo de plata, un girasol, de sinople y oro.
* Radicado en Madrid: En campo de plata, dos campanas, de azur, puestas en palo, y entre ellas una faja recortada, de sable.
* La Casa de Yñigo de Argentina trae: Escudo cuartelado: 1º y 4º de plata, una flor de lis de sable; 2º y 3º de azur, una cruz flordelisada de oro. Bordura de gules cargada con ocho sotueres de oro. Cimera: Una taruca de su color. Divisa: “Potivs Mori Qvam Foedari”
* Otros Yñigo: En plata, una fuente de azur, sobre terraza de sinople.
* Otros Yñigo: En azur, tres calderas de sable, puestas en palo.
* Otros Yñiguez: En plata, dos lobos de sable andantes, puestos en palo y superados de una estrella de azur.
* Otros Yñiguez: En gules, una cruz flordelisada de oro.
* Otros Yñiguez: En sinople, un cencerro oro.
ROLANDO JULIO JOSE DE YÑIGO y GENIO
Estudiante de Historia en el I.S.P.S.
Investigador de Heráldicas y Genealogías
CULTURA ALIMENTARIA EN SALTA
Para poder comprender nuestros hábitos alimentarios en la provincia de Salta, es menester recorrer el pasado de nuestro territorio. Recordar, por ejemplo, que los pueblos ándidos hace más de tres mil años domesticaron el maíz, junto a la llama y el cuis. Y, desde ese momento, comenzó la vida sedentaria y el abandono progresivo, sobretodo de la recolección que le imprimía la característica nómade, y en menor medida de la caza y la pesca.
Fue la mujer la encargada de conservar la cultura de los pueblos indígenas; era ella la que inculcaba en sus niños las costumbres tradicionales, la forma de vestirse y la lengua que le proporcionaba la identidad; pero también fue ella la que, eligiendo las mejores semillas, realizó el primer manejo de los granos hasta llegar a optimizar las mazorcas. Fue ella también la primera sembradora y productora, debido a que el hombre ocupaba varias horas en actividades de caza y pesca.
Más tarde los mitos explicaron la presencia en el espacio andino de los incas; recordamos el “Mito de los Hermanos Ayar” que nos explica la presencia de los mismos en el Cusco, buscando tierras aptas para la siembra del maíz, las que se comprobaban con una vara de plata… En los montes de la llanura Chaco-Salteña otra etnia, los Wichis, explicaban en sus mitos un tiempo edénico en el que todos los peces del mundo se encontraban en el interior de un Yuchán o Palo Borracho, solo había que introducir en el árbol un brazo y extraer el pez deseado. Siempre respetando de no sacar el pez prohibido: el dorado. En ese mismo tiempo, los hombres Wichis, lanzando una flecha al suelo, hacían crecer inmediatamente una esbelta planta de maíz y de esa manera saciaban fácilmente sus necesidades alimentarias; pero, el héroe cultural “Towaj”, desobedeciendo las leyes, extrajo un dorado del generoso yuchán, el cual dejó caer las aguas de su interior, formando los ríos del mundo y, con respecto al maíz, ya no crecería inmediatamente, por lo que el paraíso dejaba de existir, haciendo muy difícil la búsqueda del sustento diario.
El encuentro cultural, más parecido a un desencuentro, trajo aparejado algunos problemas, tales como el alimentario. Al castellano no le gustaba el maíz del indio y su paladar le exigía el trigo, por lo que, poco a poco, la actividad agrícola fue mudando. Fueron los españoles quienes trajeron el ganado caballar, vacuno y cabrío, como así las gallinas de castilla, legumbres y hortalizas, realizando una fusión cultural alimentaria en nuestra región.
Claro que esto tuvo su costo, pues al decir de Mellafé, en el primer contacto hubo despojo de alimentos y destrucción de sembradíos; el reparto de tierras entre españoles, mermaron las posibilidades de la agricultura indígena, rompiendo el equilibrio entre población y producción, produciendo en consecuencia, la baja de la producción agrícola doméstica.
A partir de la conquista se crea una economía de auto subsistencia, mediante el uso de la fuerza laboral indígena y la introducción de plantas y animales europeos. Assadourian; Beato y Chiaramonti, dicen que en el Tucumán el caballo ingresa con Diego de Rojas y con Núñez del Prado quien a su vez introduce también cabras y cerdos; en 1556 Santiago del Estero recibe desde Coquimbo simientes de trigo, algodón, frutales, sarmientos de vid y ganado. Siendo el algodón el que lo llevará a la hegemonía de las regiones comerciales satelitales del gran Potosí.
En las “Relaciones de Sotelo de Narváez” de 1582 observamos que Salta, a ocho meses de su poblamiento, cuenta con ganado ovejuno y vacuno, viñas, trigo, maíz y cebada, legumbres y otras semillas, como así también árboles de Castilla.
En 1605, Fray Reginaldo Lizárraga, escribe que en Salta se encuentran todos “los árboles frutales nuestros”, como así también viñas, maíz y trigo. En éste siglo se desarrollan los viajes por las ciudades españolas, en medios de transportes casi rústicos y pesados, como las carretas y carros, tirados mayormente por bueyes, debido a la fuerza que estos poseen. En este caso, especies nativas como el Algarrobo, (llamado Taco o Tacú en quechua), actuaban como las actuales estaciones de servicios, pues brindaban sombra para el descanso; madera para fuego y reparación de los carromatos; su fruto, la algarroba, servía de alimento para los animales de tiro, brindándole la suficiente energía y también para alimentos humanos como el arrope, la aloja, la añapa, etc.
Sara Matas de López nos dice que hacia fines del siglo XVIII, las huertas próximas a la ciudad de Salta, tenían variados árboles frutales entre los que se contaban durazneros, (del que se utilizaba hasta la madera para leña), manzanos, membrillos, perales, nogales, higueras, naranjos y limoneros; se fabricaban jabones para el consumo local y grasas. También se conocía la existencia de la sal, traída de los salares de la puna. Se elaboraron quesos de las zonas lecheras, se produjo trigo, maíz, cebolla, garbanzos y papas. Los vinos eran traídos de los pueblos del valle Calchaquí, la carne del curato de Anta que se caracterizaba especialmente por la ganadería, aunque también se la distribuía desde el valle de Lerma, principal proveedor agrícola de la ciudad de Salta.
Claro que para esta época la cultura alimentaria comienza a diferenciarse entre ricos y pobres; como el caso del mate dulce y el chocolate que eran restringido para los más encumbrados, al igual que el té, por supuesto que esto se degustaba en una excelente artesanía en plata.
La carne asada comienza a hacerse popular, aunque se la seguía conservando con la preparación de charqui a base de la sal traída de los salares de San Antonio. El hombre de campo comía, por costumbre, la carne macerada.
La época independentista nos encuentra en un conglomerado social compuesto por europeos, criollos, mestizos, negros y pardos, quienes contribuyen culturalmente en los hábitos alimentarios. Es de gusto popular la elaboración de empanadas, pasteles, locros, mazamorras, carbonadas, humitas, tamales, pucheros, etc., también el asado a las brasas, la guatia y la cabeza guatiada. Los usos y costumbres se misturan en las cocinas donde no falta el discutido mate.
El siglo XIX introduce la inmigración, recibiendo mayormente Salta la influencia española, italiana y de Siria y El Líbano, a los que generalmente los llamaron “gallegos” (gaitas), “tanos” y “turcos” respectivamente. Estas oleadas de inmigrantes, realizaron su aporte cultural en lo que respecta a las costumbres alimentarias, introduciéndose en el menú familiar cotidiano comidas como ñoquis, tallarines, pizzas, cazuelas, paellas, albóndigas, tripas rellenas, niños envueltos, guisos varios, etc. A modo de anécdota recordamos el famoso “Dorado a la San Martín” con el que homenajeara la joven Juana Manuela Gorriti al libertador; o las no menos conocidas empanadas de “viejas del agua” que hicieron famosa a la Estación Mojotoro hacia 1896.
A fines de ese siglo, estas nuevas especialidades están asentadas en la cultura alimentaria de Salta, las que se desarrollan y entraman complejamente a lo largo del siglo XX.
Hoy, debido quizás a la globalización, podemos comer en cualquier esquina salteña, hamburguesas, panchos, sándwiches de milanesas y lomitos, juntamente con empanadas, humitas y tamales en una convivencia total de lo autóctono con lo adquirido. En un restaurante podemos comer locro o paella y no es difícil encontrar chucrut, tacos, pizzas o baclawa, este último como postre, al igual que el lemon pie.
Podemos concluir que Salta, al igual que todo el actual territorio argentino, a sufrido diversas influencias en su cultura alimentaria; desde la conquista, pasando por la importación de usos y costumbres en la época criolla independentista, la inmigración posterior y la internacionalización de hábitos culturales que trajo aparejado el desarrollo de los medios de comunicación en lo que se ha dado en llamar globalización… Estas influencias mencionadas le imprimieron a la cultura alimentaria de Salta, características muy diferentes a las primigenias. Pero, aun así, la población ha podido conservar a través de los siglos, algunos rasgos primitivos en lo que llamamos “Comida Regional”, muy buscada en la actualidad debido a la ausencia de ingredientes con manejos genéticos (transgénicos), lo que le brinda la calidad de comida sana y natural.
FUENTES CONSULTADAS:
ASSADOURIAN, BEATO Y CHIARAMONTE DE LA CONQUISTA A LA INDEPENDENCIA. Ed. Paidos. Bs. Aires: 1996.
MATA DE LÓPEZ, Sara E. TIERRA Y PODER EN SALTA: EL NOROESTE ARGENTINO EN VISPERA DE LA INDEPENDENCIA. Ed. CEPHIA. Salta: 2005
MELLAFE, Rolando PROBLEMAS DEMOGRÁFICOS E HISTORIA COLONIAL HISPANOAMERICANA. Ed. Nova-Americana. París: 1965.
NAVAMUEL, Ercilia APUNTES DE CLASES DE PREHISTORIA. I.S.P.S. Salta: 2008.
TANDETER, Enrique NUEVA HISTORIA ARGENTINA, LA SOCIEDAD COLONIAL. Ed. Sudamericana. Bs. Aires: 2005.
URIBURU RIVAS, Carlos APUNTES DE CLASES DE HISTORIA
Fue la mujer la encargada de conservar la cultura de los pueblos indígenas; era ella la que inculcaba en sus niños las costumbres tradicionales, la forma de vestirse y la lengua que le proporcionaba la identidad; pero también fue ella la que, eligiendo las mejores semillas, realizó el primer manejo de los granos hasta llegar a optimizar las mazorcas. Fue ella también la primera sembradora y productora, debido a que el hombre ocupaba varias horas en actividades de caza y pesca.
Más tarde los mitos explicaron la presencia en el espacio andino de los incas; recordamos el “Mito de los Hermanos Ayar” que nos explica la presencia de los mismos en el Cusco, buscando tierras aptas para la siembra del maíz, las que se comprobaban con una vara de plata… En los montes de la llanura Chaco-Salteña otra etnia, los Wichis, explicaban en sus mitos un tiempo edénico en el que todos los peces del mundo se encontraban en el interior de un Yuchán o Palo Borracho, solo había que introducir en el árbol un brazo y extraer el pez deseado. Siempre respetando de no sacar el pez prohibido: el dorado. En ese mismo tiempo, los hombres Wichis, lanzando una flecha al suelo, hacían crecer inmediatamente una esbelta planta de maíz y de esa manera saciaban fácilmente sus necesidades alimentarias; pero, el héroe cultural “Towaj”, desobedeciendo las leyes, extrajo un dorado del generoso yuchán, el cual dejó caer las aguas de su interior, formando los ríos del mundo y, con respecto al maíz, ya no crecería inmediatamente, por lo que el paraíso dejaba de existir, haciendo muy difícil la búsqueda del sustento diario.
El encuentro cultural, más parecido a un desencuentro, trajo aparejado algunos problemas, tales como el alimentario. Al castellano no le gustaba el maíz del indio y su paladar le exigía el trigo, por lo que, poco a poco, la actividad agrícola fue mudando. Fueron los españoles quienes trajeron el ganado caballar, vacuno y cabrío, como así las gallinas de castilla, legumbres y hortalizas, realizando una fusión cultural alimentaria en nuestra región.
Claro que esto tuvo su costo, pues al decir de Mellafé, en el primer contacto hubo despojo de alimentos y destrucción de sembradíos; el reparto de tierras entre españoles, mermaron las posibilidades de la agricultura indígena, rompiendo el equilibrio entre población y producción, produciendo en consecuencia, la baja de la producción agrícola doméstica.
A partir de la conquista se crea una economía de auto subsistencia, mediante el uso de la fuerza laboral indígena y la introducción de plantas y animales europeos. Assadourian; Beato y Chiaramonti, dicen que en el Tucumán el caballo ingresa con Diego de Rojas y con Núñez del Prado quien a su vez introduce también cabras y cerdos; en 1556 Santiago del Estero recibe desde Coquimbo simientes de trigo, algodón, frutales, sarmientos de vid y ganado. Siendo el algodón el que lo llevará a la hegemonía de las regiones comerciales satelitales del gran Potosí.
En las “Relaciones de Sotelo de Narváez” de 1582 observamos que Salta, a ocho meses de su poblamiento, cuenta con ganado ovejuno y vacuno, viñas, trigo, maíz y cebada, legumbres y otras semillas, como así también árboles de Castilla.
En 1605, Fray Reginaldo Lizárraga, escribe que en Salta se encuentran todos “los árboles frutales nuestros”, como así también viñas, maíz y trigo. En éste siglo se desarrollan los viajes por las ciudades españolas, en medios de transportes casi rústicos y pesados, como las carretas y carros, tirados mayormente por bueyes, debido a la fuerza que estos poseen. En este caso, especies nativas como el Algarrobo, (llamado Taco o Tacú en quechua), actuaban como las actuales estaciones de servicios, pues brindaban sombra para el descanso; madera para fuego y reparación de los carromatos; su fruto, la algarroba, servía de alimento para los animales de tiro, brindándole la suficiente energía y también para alimentos humanos como el arrope, la aloja, la añapa, etc.
Sara Matas de López nos dice que hacia fines del siglo XVIII, las huertas próximas a la ciudad de Salta, tenían variados árboles frutales entre los que se contaban durazneros, (del que se utilizaba hasta la madera para leña), manzanos, membrillos, perales, nogales, higueras, naranjos y limoneros; se fabricaban jabones para el consumo local y grasas. También se conocía la existencia de la sal, traída de los salares de la puna. Se elaboraron quesos de las zonas lecheras, se produjo trigo, maíz, cebolla, garbanzos y papas. Los vinos eran traídos de los pueblos del valle Calchaquí, la carne del curato de Anta que se caracterizaba especialmente por la ganadería, aunque también se la distribuía desde el valle de Lerma, principal proveedor agrícola de la ciudad de Salta.
Claro que para esta época la cultura alimentaria comienza a diferenciarse entre ricos y pobres; como el caso del mate dulce y el chocolate que eran restringido para los más encumbrados, al igual que el té, por supuesto que esto se degustaba en una excelente artesanía en plata.
La carne asada comienza a hacerse popular, aunque se la seguía conservando con la preparación de charqui a base de la sal traída de los salares de San Antonio. El hombre de campo comía, por costumbre, la carne macerada.
La época independentista nos encuentra en un conglomerado social compuesto por europeos, criollos, mestizos, negros y pardos, quienes contribuyen culturalmente en los hábitos alimentarios. Es de gusto popular la elaboración de empanadas, pasteles, locros, mazamorras, carbonadas, humitas, tamales, pucheros, etc., también el asado a las brasas, la guatia y la cabeza guatiada. Los usos y costumbres se misturan en las cocinas donde no falta el discutido mate.
El siglo XIX introduce la inmigración, recibiendo mayormente Salta la influencia española, italiana y de Siria y El Líbano, a los que generalmente los llamaron “gallegos” (gaitas), “tanos” y “turcos” respectivamente. Estas oleadas de inmigrantes, realizaron su aporte cultural en lo que respecta a las costumbres alimentarias, introduciéndose en el menú familiar cotidiano comidas como ñoquis, tallarines, pizzas, cazuelas, paellas, albóndigas, tripas rellenas, niños envueltos, guisos varios, etc. A modo de anécdota recordamos el famoso “Dorado a la San Martín” con el que homenajeara la joven Juana Manuela Gorriti al libertador; o las no menos conocidas empanadas de “viejas del agua” que hicieron famosa a la Estación Mojotoro hacia 1896.
A fines de ese siglo, estas nuevas especialidades están asentadas en la cultura alimentaria de Salta, las que se desarrollan y entraman complejamente a lo largo del siglo XX.
Hoy, debido quizás a la globalización, podemos comer en cualquier esquina salteña, hamburguesas, panchos, sándwiches de milanesas y lomitos, juntamente con empanadas, humitas y tamales en una convivencia total de lo autóctono con lo adquirido. En un restaurante podemos comer locro o paella y no es difícil encontrar chucrut, tacos, pizzas o baclawa, este último como postre, al igual que el lemon pie.
Podemos concluir que Salta, al igual que todo el actual territorio argentino, a sufrido diversas influencias en su cultura alimentaria; desde la conquista, pasando por la importación de usos y costumbres en la época criolla independentista, la inmigración posterior y la internacionalización de hábitos culturales que trajo aparejado el desarrollo de los medios de comunicación en lo que se ha dado en llamar globalización… Estas influencias mencionadas le imprimieron a la cultura alimentaria de Salta, características muy diferentes a las primigenias. Pero, aun así, la población ha podido conservar a través de los siglos, algunos rasgos primitivos en lo que llamamos “Comida Regional”, muy buscada en la actualidad debido a la ausencia de ingredientes con manejos genéticos (transgénicos), lo que le brinda la calidad de comida sana y natural.
FUENTES CONSULTADAS:
ASSADOURIAN, BEATO Y CHIARAMONTE DE LA CONQUISTA A LA INDEPENDENCIA. Ed. Paidos. Bs. Aires: 1996.
MATA DE LÓPEZ, Sara E. TIERRA Y PODER EN SALTA: EL NOROESTE ARGENTINO EN VISPERA DE LA INDEPENDENCIA. Ed. CEPHIA. Salta: 2005
MELLAFE, Rolando PROBLEMAS DEMOGRÁFICOS E HISTORIA COLONIAL HISPANOAMERICANA. Ed. Nova-Americana. París: 1965.
NAVAMUEL, Ercilia APUNTES DE CLASES DE PREHISTORIA. I.S.P.S. Salta: 2008.
TANDETER, Enrique NUEVA HISTORIA ARGENTINA, LA SOCIEDAD COLONIAL. Ed. Sudamericana. Bs. Aires: 2005.
URIBURU RIVAS, Carlos APUNTES DE CLASES DE HISTORIA
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