domingo, 28 de marzo de 2010

POR CONTROL REMOTO

22.

Todo había andado bien hasta que se le ocurrió pasar esa maldita tarde por el viejo hospital Del Milagro. Venía caminando tranquilo por la platabanda de la Entre Ríos, cuando sintió la mano sobre su hombro. Se dio vuelta, entre contento y sorprendido, para saludar a quien lo tocaba, pero no vio a nadie…

Cruzó la avenida y encaró por la Sarmiento. Ya no era una mano, sino que varias manos lo acariciaban por el cuerpo. Era imposible seguir caminando. A duras penas se trataba de sacar las invisibles manos que le hacían múltiples cosquillas, lo excitaban, lo torturaban… lo enajenaban.

Se puso de espaldas en contra de la pared, puesto que no contentándose con tocarles los genitales, una de las manos se le había asentado insistentemente en las nalgas:

-¡Eeeeh! ¡Cheee! ¡Eso no, déjense de molestar! ¡Me cacho…!

Los taxistas, que se habían juntado para conversar lo miraban mientras se sonreían. Una señora que pasaba con un niño, se hizo a un lado asustada. Otros, ni siquiera querían mirar para allí a fin de no tener problemas.


Las manos, que no se veían, ya lo tenían arrinconado, de cuclillas contra la pared y casi sin resistencia. La situación lo turbaba y estaba a punto de dejarse vencer entregándose al ataque invisible de ese montón de manos; pero su orgullo pudo más y, sin saber de donde sacó las fuerzas suficientes, salió corriendo como perseguido por un enjambre de abejas.

Dobló por la Leguizamón hacia el centro y recién a la media cuadra, se le soltó la última mano que le iba pellizcando la cola.

En la 25 de Mayo se paró a descansar. Se encontraba jadeando, con la boca reseca por el susto. Continuó caminando cansadísimo hasta la 20 de Febrero, donde tomó el colectivo para ir a su casa. Sentado, pensaba que eso no quedaría así nomás. Tenía que buscar testigos para poder radicar la denuncia correspondiente:

-¡Claro! ¡Los testigos son importantes!

A las tres cuadras de haber subido al micro, se bajó corriendo ante la mirada molesta del chofer. Corrió camino de vuelta al hospital, pensando en entrevistarse aunque sea con los taxistas, quienes podrían corroborar lo acontecido.

Ingresó a la zona de peligro muy despacio por la Rivadavia, como tanteando al aire. Cuando casi lograba llegar triunfante a la Sarmiento, teniendo a la vista a los taxistas, recibió otro feroz ataque a su intimidad. La retirada se hizo a toda carrera. Era inútil, no podría acercarse al lugar.

Pero… ¿Cómo podría ocurrirle eso? ¿Por qué lo atacaban así? No, no era justo. Tenía que poner en conocimiento de las autoridades tan alucinante caso.

Se dirigió a la comisaría primera de policía. Subió las escaleras y se entrevistó con un uniformado, el que le pidió que espere sentado en una banca, hasta que el oficial pueda atenderlo. No le gustó nada la mirada burlona del agente cuando le hizo una referencia de lo ocurrido. Al rato, miraba a los policías que pasaban junto a él, observándolo con risitas y haciéndose silenciosos comentarios. A pesar de todo, no le importaban lo que piensen, estaba decidido a denunciar el abuso del que fuera objeto.

Cuando lo hicieron pasar ante el oficial, éste lo atendió sin levantar la vista de los papeles que tenía en su pequeño escritorio. Empezó su relato, angustiado por lo ocurrido, mientras el uniformado anotaba en una hojita de papel blanco con una birome azul.

Cuando terminó de narrar los hechos, recién entonces el policía lo miró a los ojos y le recomendó que vaya al Christofredo Jacob a fines que fuese examinado psiquiátricamente. Asintió contrariado:

-Éste me cree chiflado. –pensó.

Salió de la dependencia policial con bronca:

-¡Canas del diablo! ¡Yo sabía que no me iban a hacer justicia!

La noche se asomaba por el cerro San Bernardo y el horizonte se incendiaba por la cordillera, mucho más allá de las lomas de Medeiros. Al pasar por la legislatura, recién comprendió porqué en el dintel de la fachada del edificio, la justicia se representaba sin las vendas sobre los ojos y con la balanza inclinada.


¡No iba a regresar a su casa! En la plaza Güemes, encontró unos cartones que les eran útiles para hacerse justicia por si mismo.

Mientras recogía los cartones, trataba de organizar su mente. Paso a paso reconstruía los hechos ocurridos en la tarde. Alguna explicación tenía que haber:

-¡Ya está! ¡El asunto está dentro del hospital Del Milagro!

¡Claro! ¿Cómo no se había dado cuenta antes? Alguien, vaya a saber quien, desde el interior del viejo edificio lo manoseaba por control remoto:

-Pero… ¿Quién? ¿Por qué? Seguro que para matarse de risa nomás. Pero ya va a ver cuando lo descubra. ¡La paliza que se va a recibir!

La oscuridad de la noche le permitió ingresar por los jardines del monoblock Salta. Caminó hasta la playa de estacionamiento, donde se metió todos los cartones que pudo entre sus ropas. Revisó las zonas pudientes, en las que reforzó la armadura; después las piernas, los brazos, el pecho y la espalda. También se hizo una máscara, previendo en dejar los agujeritos para los ojos. Respiró profundo y se largó para el hospital.


Le resultaba difícil caminar de esa manera, pero gracias a dios no se cruzó con nadie en el camino.

La primera mano rebotó en el cartón de su trasero; las otras restantes, chocaron en su coraza hechiza, haciendo un barullo bárbaro. Pero ninguna podía llegarle a su cuerpo venciendo su armadura. Eso le dio más fuerzas.

En un pasillo en penumbras se introdujo sigiloso. Ingresó en una sala donde los pacientes dormían y, agazapado, llegó hasta los consultorios. Abría puertas y más puertas, pero no encontraba al infeliz que lo manoseaba por control remoto.

Al abrir una de las tantas puertas, encontró el tendido de los cables que conducían hacia la maquinaria infernal. Enloquecido de venganza, arrancó la maraña de cables haciendo un chisperío terrible. Parece que estaba dando en la tecla, porque ya quedaban pocas manos que lo molestaban.

Salió corriendo hasta desembocar en un pasillo oscuro y, al final del mismo, había una puerta entreabierta. El sonido y las luces de las pantallas del televisor, lo alertaron de que allí se encontraba el impúdico. Tenía que sorprenderlo; romperle todo el sádico equipo y darle unos buenos golpes. ¡Le iba a enseñar a reírse de la gente!

Tenía que actuar rápido, porque seguro que el demente lo estaba ubicando por medio del televisor. De pronto descubrió el extinguidor detrás del vidrio. De un codazo rompió los cristales y con el artefacto en las manos ingresó como una tromba en la habitación.

No lo podía creer. ¡Era el mismo policía que lo había atendido en la comisaría! ¡Con razón no había hecho nada!

-¡Nadaaaa!

Ahora se encontraba en el calabozo. No le importaba cuanto tiempo lo tengan adentro. Lo importante fue que se había hecho su propia justicia rompiéndole la cabeza al cana de un tubazo.

-¡Ese ya no jode más!

Ya estaba por dormirse cansado por la dura jornada, cuando una mano le toca el trasero.

-¡Nóooooo!



NOTA:
Cuento de Quebracho, ganador del 1º Premio en el Concurso Literario – Categoría Narrativa – organizado por la Escuela Superior de Policía dependiente de la Dirección de Instrucción Policial, con motivo del 183º Aniversario de la Policía de la Provincia de Salta. 25 de marzo del año 2008.

Foto Antiguo Hospital Del Milagro extraído de:
http://www.nuevodiariodesalta.com.ar/diario/imagenesdin/noticias_comunes/tumbs/12-1-261-1.jpg

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